Parcere subiectis et debellare superbos.

Virgilio

La verdadera justicia no nace exclusivamente de un código penal, sino de la integridad del espíritu. Escribo no solo desde la teoría jurídica, sino también desde la herida de mi propia historia, tras haber enfrentado durante años un despojo sistemático y cruel, en el que redes de complicidad, paradójicamente femeninas, fueron utilizadas por varones para silenciar y arrebatar.

Viví en carne propia cómo se da continuidad a la patología de exclusión que intentamos erradicar en este país, pero ese proceso transformó mi dolor en una lente de claridad: mi historia es el reflejo de lo que sufren hoy miles de investigadores, académicos y hombres honestos en un México que, tras máscaras de progreso, aún arrastra lastres de racismo y clasismo. Es imperativo denunciar cómo el poder institucional es instrumentalizado por figuras que confunden el servicio público con un botín personal, lo que evidencia una alarmante falta de ética en ciertos políticos que, carentes de ideas propias, operan bajo una dinámica de depredación.

Que se ponga el saco a quien le quede.

Esta patología se manifiesta con crudeza en las sombras que rodean al Día Nacional del Pulque, las rutas turísticas y los congresos temáticos, donde el extractivismo intelectual se ha normalizado como una forma dolosa de tratar a quienes dedican su vida al estudio de nuestras tradiciones.

El «síndrome de las abejas reinas» describe a la perfección este comportamiento de élite: una casta de privilegio donde mujeres en posiciones de autoridad, a menudo amantes de políticos influyentes o parte de contubernios mercantiles, actúan bajo la premisa de “porque puedo, por eso hurto y violento a los varones”. Estas figuras instrumentalizan a investigadores, antropólogos e historiadores para extraer ideas que luego son plagiadas para generar negocios sustanciosos sin crédito ni remuneración alguna.

A veces, ni para los viáticos les alcanza.

El modus operandi incluye el uso de la efeméride cultural como cortina de humo para el saqueo de propiedad intelectual y la creación de narrativas legales falsas, recurriendo a la «peyorización», la calumnia y el hostigamiento cibernético para invalidar la voz de quien ha sido saqueado, peor aún, discriminado por su carrera, su vestimenta, su color de piel o por pertenecer a una escuela en particular.

Tras este extractivismo, se despliega una estrategia de silenciamiento que busca la «muerte civil» del investigador mediante el desprestigio y el uso de acusaciones fabricadas como actos legaloides y para garantizar la impunidad de quienes los acosan. Muchos académicos varones prefieren guardar silencio, pues en México el varón calla y se traga la pena ante funcionarias que actúan con total impunidad al amparo de sus redes de influencia. Lease en la página del gobierno. Los hombres guardan silencio.

En la base de esta pirámide se encuentran los invisibles de la tierra: los pequeños productores y tlachiqueros, quienes sufren el desamparo histórico más absoluto por no poseer apellidos de «virreinato académico» o haciendas. Ellos son abandonados por el sistema legal mientras la burocracia ve el folclor solo como mercancía; su pulque es comprado a precios irrisorios para ser revendido a precio de pequeño burgués. El hartazgo ha llegado al punto en que algunos regalan su producto y otros lo tiran en protesta, como ocurrió de forma contundente en la Expo Feria 2026 de Tepeapulco, Hidalgo, donde los tlachiqueros derramaron el pulque en el ruedo frente a la opresión política de la ficción turística.

Es urgente implementar protocolos que blinden la propiedad intelectual y frenen la precarización, recordando que la sororidad no es ni debe ser un pacto de silencio para delinquir. Resulta hipócrita la postura de colectivos del pulque, supuestamente famosos, que señalan como «demoníaco» a quien denuncia o pone límite; olvidando que el deber de un profesional es servir y no aplaudir, cual esclavo, los caprichos de las abejas reinas dueñas de foros culturales; tal como lo han señalado las voces de famosas escritoras como Camille Paglia, Rita Segato o Esther Vilar, el uso del victimismo como arma de depredación es un peligro para la civilización.

La ley en México no tiene género y los Códigos Penales ya tipifican como delitos de violencia familiar, patrimonial y hostigamiento estas conductas, las cuales no distinguen género en su aplicación técnica, aunque algunas abogadas finjan ignorarlo o incluso lo utilicen tramposamente a su favor. Afortunadamente, estados como Coahuila, CDMX, Nuevo León, Estado de México y Jalisco demuestran que la justicia es posible, ganando sentencias por ciberacoso y restituyendo patrimonios robados bajo tráfico de influencias. Existen fiscalías para denunciar a las servidoras públicas que no se conducen con ética.
Hoy, la Justicia Federal, el Amparo y la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural son los escudos contra el abuso local, pues la Suprema Corte obliga a los jueces a juzgar sin estereotipos para desmantelar estas estrategias de despojo que antes gozaban de complicidad oficial. Quien instrumentaliza el poder para despojar al que trabaja y silenciar al que sabe, renuncia a su dignidad para convertirse en un parásito de la memoria colectiva, transformando la cultura en un feudo de alcoba clasista.

A ti, investigador, estudiante o tlachiquero que vives el calvario del hostigamiento: tu dignidad no es negociable; acude a la Contraloría o la Secretaría de la Función Pública y busca guía en la Línea para Hombres del consejo ciudadano. Mi paso de víctima a activista es la prueba de que la verdad siempre encuentra su camino; la justicia no es un privilegio de género o de apellido, es un derecho humano universal.

*Estudiosa del Derecho, la Criminología y docente de instituciones penitenciarias