Por: Sydne Mariel Mendoza Mera

En un mundo donde la tecnología nos permite explorar el cosmos y editar genes para curar enfermedades ancestrales, un fenómeno cultural inquietante gana visibilidad entre adolescentes: el therianismo. Jóvenes que afirman identificarse espiritualmente con animales —lobos, felinos, criaturas míticas— y que adoptan conductas simbólicas como caminar a cuatro patas o reivindicar el “instinto” como forma de autenticidad.
La pregunta no es moralista, sino evolutiva: ¿estamos ante una expresión lúdica de identidad o ante una romantización del retroceso?
Hace aproximadamente 3.9 millones de años, un homínido como Australopithecus afarensis —representado por el célebre fósil Lucy— consolidó un cambio radical: la bipedestación. Erguirse no fue un gesto trivial; fue una mutación estratégica. Liberó las manos para fabricar herramientas, amplió el horizonte visual en la sabana y desencadenó transformaciones anatómicas que favorecieron la expansión cerebral.
Más tarde, Homo erectus dominó el fuego; Homo neanderthalensis desarrolló estrategias cooperativas de caza; y finalmente Homo sapiens produjo arte rupestre, sistemas filosóficos y ciencia experimental. Cada paso erguido representó algo más que locomoción: simbolizó la transición del impulso inmediato hacia la deliberación consciente.
La evolución humana no eliminó el instinto; lo subordinó al razonamiento. La corteza prefrontal nos permitió planificar, inhibir respuestas automáticas, anticipar consecuencias y construir normas éticas. La ley reemplazó a la fuerza bruta. La educación moduló el impulso. El diálogo sustituyó al rugido.
Frente a este recorrido milenario, el discurso que exalta el “retorno al instinto” merece examen crítico. El instinto es eficaz para la supervivencia de un lobo en la tundra; pero insuficiente para la complejidad de una sociedad que depende de acuerdos, instituciones y responsabilidad compartida.
El fenómeno therian, amplificado por redes sociales, parece insertarse en un contexto más amplio de búsqueda identitaria. En una generación atravesada por la hiperconectividad, la ansiedad social y la fragmentación cultural, adoptar una identidad animal puede ofrecer sensación de pertenencia, singularidad o escape simbólico. No conviene ridiculizar esa necesidad. Pero sí preguntarnos si la respuesta fortalece o debilita la construcción de una identidad humana madura.
La autenticidad no consiste en ceder al impulso, sino en integrarlo bajo el gobierno de la razón. La madurez no es negar la dimensión biológica, sino trascenderla sin despreciarla.
Caminar a cuatro patas puede ser un juego; convertirlo en paradigma identitario es otra cosa. La evolución no fue una línea recta ni un destino garantizado: fue una acumulación frágil de ventajas cognitivas que nos permitieron cooperar, crear cultura y proteger a los más vulnerables.
La postura erguida no es solo una adaptación anatómica; es una metáfora ética. Significa mirar más lejos que la inmediatez del deseo. Significa elegir diálogo en lugar de reacción. Significa asumir responsabilidad por el mundo que heredamos y el que dejaremos.
En tiempos donde las máscaras digitales proliferan, quizá el desafío no sea buscar colmillos simbólicos, sino fortalecer aquello que nos hizo verdaderamente humanos: la capacidad de pensar antes de actuar.
Erguirse fue nuestra conquista. Pensar antes de caer en el impulso es la responsabilidad de cada generación. ¡Hasta pronto!