Por: Sydne Mariel Mendoza Mera.

En las últimas semanas el mundo ha vuelto a mirar con preocupación hacia Medio Oriente. Las tensiones geopolíticas, los discursos de confrontación y el riesgo permanente de escaladas militares nos recuerdan una constante incómoda: la humanidad ha tenido avances extraordinarios en ciencia, tecnología y conocimiento, pero no ha tenido la capacidad para evitar el conflicto.
Después de milenios de civilización ¿Hemos aprendido a convivir sin destruirnos?
Si observamos a otras especies, los enfrentamientos suelen responder a necesidades inmediatas: alimento, territorio o reproducción. En cambio, los conflictos humanos rara vez son tan simples; nuestras guerras muchas veces surgen por identidades, ideologías, migración, recursos estratégicos, vecindad, aunado a esto, a lo largo de los siglos las sociedades no han eliminado la violencia; más bien han aprendido a organizarla, administrarla y, en muchos casos, sofisticarla.
Georg Simmel sostenía que el conflicto no es una anomalía dentro de la vida social. Sino una forma de interacción entre individuos y grupos. Desde esta perspectiva, la confrontación no es un accidente histórico, sino parte de la forma en que las sociedades se estructuran y redefinen sus estructuras de poder.
Esta idea se complementa con la reflexión de Max Weber, quien definía al Estado moderno como una institución que posee el monopolio legítimo de la violencia. En otras palabras, la civilización no eliminó la fuerza como mecanismo político; la institucionalizó. Los conflictos dejaron de ser exclusivamente enfrentamientos caóticos entre grupos para convertirse en herramientas reguladas dentro de estructuras de poder.
A lo anterior, se suma el concepto de “violencia estructural”, desarrollado por Johan Galtung, para Galtung, la violencia no sólo aparece en las guerras o en los campos de batalla; también se manifiesta cuando las instituciones y las estructuras sociales generan desigualdad, exclusión o dominación. En este sentido, muchas formas de violencia permanecen invisibles, integradas en la forma misma que funcionan nuestras sociedades.
Así, el problema no es únicamente la guerra, sino la profunda capacidad humana para reproducir conflictos en múltiples niveles: políticos, económicos, culturales y simbólicos.
En medio de este panorama, emerge una nueva pregunta, profundamente contemporánea: ¿Qué sucede cuando las tecnologías que desarrollamos comienzan a aprender de nosotros? La inteligencia artificial, uno de los desarrollos más influyentes de nuestro tiempo, se alimenta precisamente de la información que generamos como sociedad: imágenes, textos, discursos, debates, toma de decisiones, registros económicos e históricos. En otras palabras, aprende de nuestros patrones culturales, de nuestras formas de organización e inevitablemente de nuestras tensiones.
Esto introduce una inquietud que trasciende lo tecnológico y nos lleva al terreno filosófico. Muchas tradiciones religiosas sostienen que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de una entidad superior. La historia de nosotros sugiere una dinámica inversa igualmente poderosa: todo lo que el ser humano crea refleja algo de su propia naturaleza.
Las ciudades que construimos reflejan nuestras jerarquías sociales, las instituciones políticas expresan nuestras concepciones de poder, las tecnologías que desarrollamos responden a nuestras prioridades estratégicas, económicas y culturales; no sería extraño, entonces, que las inteligencias artificiales también terminen reproduciendo ciertos rasgos del entorno humano del que aprenden.
La historia tecnológica ofrece precedentes reveladores: innovaciones diseñadas inicialmente para el progreso civil han tenido implicaciones militares o estratégicas tales como la energía nuclear, la aviación, los satélites o el internet, todos ellos nacieron en contextos donde la competencia y la seguridad nacional jugaron un papel decisivo. Entonces, la tecnología rara vez es neutral; suele insertarse en las mismas dinámicas de poder que caracterizan a las sociedades que las producen.
En este contexto, la inteligencia artificial plantea un desafío que va más allá de los algoritmos o capacidades tecnológicas, la cuestión central no es únicamente qué tan inteligentes serán las “máquinas”, sino qué tipo de mundo y a través de qué humanos están aprendiendo a interpretar.
Si nuestras sociedades continúan organizándose alrededor de rivalidades geopolíticas, tensiones económicas y disputas por poder, las tecnologías que desarrollemos inevitablemente reflejarán ese entorno. No porque las máquinas tengan voluntad propia, sino porque los datos con los que aprenden provienen precisamente de nuestras decisiones colectivas. El desafío de la inteligencia artificial, por lo tanto, no es solamente técnico, es ético y profundamente humano.
Antes de preguntarnos qué hará la inteligencia artificial en el futuro, será necesario preguntarnos qué estamos mostrando sobre nosotros mismos en el presente, porque si en algún momento las inteligencias artificiales terminan pareciéndose demasiado a nosotros, el problema difícilmente será la tecnología, el problema, como tantas veces en la historia, será ver nuestro reflejo a completa imagen y semejanza.
¡Hasta pronto!