Esta semana conmemoramos el 21 de marzo, Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, una fecha proclamada por la Organización de las Naciones Unidas para recordar la Masacre de Sharpeville ocurrida en 1960, cuando la policía sudafricana asesinó a 69 personas que protestaban pacíficamente contra las leyes del apartheid, que restringían la libertad de movimiento de la población afrodescendiente. Este hecho conmocionó al mundo y llevó a la comunidad internacional a reforzar la lucha global contra el racismo.
Hoy, el racismo rara vez aparece en forma de leyes abiertamente segregacionistas, como en el apartheid, pero sigue presente en prácticas cotidianas, estructuras institucionales y prejuicios culturales. La discriminación racial puede manifestarse cuando una persona es rechazada en un empleo por su apariencia o tono de piel, cuando comunidades indígenas o afrodescendientes enfrentan mayores barreras para acceder a servicios de salud o justicia, o cuando los discursos públicos y mediáticos reproducen estereotipos que vinculan a ciertos grupos con la pobreza, la delincuencia o la ignorancia. También aparece en formas aparentemente “sutiles”: burlas por rasgos físicos, comentarios sobre “mejorar la raza”, vigilancia excesiva hacia personas racializadas o la exclusión social en espacios educativos y laborales.
Otra forma contemporánea de racismo es el racismo estructural, que se produce cuando las instituciones reproducen desigualdades históricas. Esto puede observarse en comunidades que viven durante generaciones con menor acceso a educación, vivienda digna o representación política, debido a su origen étnico o racial. A nivel global, millones de personas siguen experimentando discriminación sistemática basada en el color de su piel, su ascendencia o su pertenencia a un pueblo indígena o afrodescendiente.
Frente a este panorama, el 21 de marzo no es solo una fecha conmemorativa: es un recordatorio de que el racismo no desaparece por sí solo. Combatirlo implica reconocerlo, cuestionar prejuicios profundamente arraigados y construir políticas públicas que garanticen igualdad real. Desde una perspectiva de derechos humanos, eliminar la discriminación racial significa asegurar que ninguna persona vea limitada su dignidad, sus oportunidades o su libertad por el color de su piel, su origen o su identidad cultural.
Finalmente, recordar que la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Hidalgo (CDHEH) interviene en casos de discriminación —incluida la motivada por racismo— a través de la recepción de quejas, la investigación de posibles violaciones a derechos humanos y la emisión de recomendaciones dirigidas a autoridades, cuando se acredita responsabilidad. Su actuación se fundamenta en el artículo 1° de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que prohíbe toda forma de discriminación, así como en la Ley de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Hidalgo y en instrumentos internacionales como la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial. Además de su función correctiva, la CDHEH desarrolla acciones preventivas mediante capacitación, promoción de la igualdad y acompañamiento institucional, buscando no solo atender casos concretos, sino transformar las prácticas que reproducen la exclusión y garantizar que el principio de no discriminación se materialice en la vida cotidiana de las personas.
El desafío sigue siendo enorme, pero también es una oportunidad colectiva: transformar sociedades marcadas por la exclusión en comunidades donde la diversidad no sea motivo de discriminación, sino una fuente de riqueza y convivencia democrática.



















