El retiro del apoyo del gobierno de Chile a la candidatura de la expresidenta de ese país, Michelle Bachelet, a la Secretaría General de Naciones Unidas (ONU), dificulta que esa organización sea dirigida por vez primera por una mujer, pero sobre todo es un ejemplo más de su crisis que parece carecer de salida, y puede significar el avance del proyecto que busca más que modernizarla o inyectarle eficiencia, reorientarla al apoyo de los objetivos de un solo país, específicamente Estados Unidos de Donald Trump.
A los 74 años de edad, la egresada de la carrera de Medicina de la Universidad de Chile, tiene una carrera dentro del sistema de Naciones Unidas que la capacita por completo para dirigirla, pues encabezó ONU Mujeres y fue Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, más su experiencia como presidenta del país conosureño por dos periodos, de 2006 a 2010 y de 2014 a 2018.
En el camino superó a la actual responsable mexicana de Ecología, la bióloga Alicia Bárcena, exsecretaria ejecutiva de la CEPAL, exsubsecretaria general de Gestión, Jefa de Gabinete y Jefa Adjunta del secretario general de la ONU, además de que antes de su puesto actual, fue titular de la Cancillería mexicana, una trayectoria que también la avalaba para el principal puesto de Naciones Unidas, aunque el gobierno mexicano decidió apoyar a la chilena junto con el de Brasil, requisito indispensable.
Hacia la última semana de marzo, suman cinco los candidatos confirmados para la secretaría general, cuatro con respaldo de algún gobierno, aunque aún es tiempo para la llegada de otros.
Argentina tiene dos aspirantes, pero su gobierno, que solo puede postular a uno, respalda a Rafael Mariano Grossi, director general de la Agencia Internacional de Energía Atómica, puesto que le da una posición clave en el actual conflicto en Medio Oriente.
Por su parte la también argentina, Virginia Gamba, con carrera dentro de la organización, necesita de la postulación oficial de un gobierno.
Figura también Rebeca Grynspan, postulada por el gobierno de Costa Rica, quien despacha como secretaria general de la ONU sobre Comercio y Desarrollo, además de exvicepresidenta de su país y ex directora regional para América Latina y el Caribe del Programa de la UNU para el Desarrollo.
A la cuarteta latinoamericana se suma el expresidente y exprimer ministro de Senegal, Macky Sall, quien ya recibió el apoyo del gobierno de Burundi, pero sin trayectoria internacional relevante de acuerdo a su curriculum.
El ministerio chile de Asuntos Exteriores dio tres razones para retirar el apoyo a Bachellet: el contexto de la elección, las diferencias con algunos de los actores relevantes que definen el proceso y la dispersión de candidaturas de países de América Latina. Las dos primeras razones resultan cripticas y dan vuelo a la imaginación, mientras que la tercera muestra que, en efecto, predomina la desunión latinoamericana en este asunto.
La ONU sugirió que ante el hecho de que su secretaría general nunca ha sido ocupada por una mujer, se postularan de manera preferente mujeres, y también se considerara que nuestra región solo ha presidido la ONU en una ocasión, cuando la encabezó Javier Pérez de Cuéllar, de 1982 a 1991.
La división latinoamericana abre la puerta a que triunfe la actual visión de Estados Unidos sobre lo que debe de ser la ONU.
Coincidentemente con el retiro gubernamental del apoyo a Bachelet, el embajador estadunidense ante la ONU, Mike Waltz, delineó la organización ideal para la Casa Blanca: una que haga menos pero lo haga mejor, a través del recorte al número de empleados y funcionarios así como la fusión de las entidades que la componen.
Un ejemplo de la búsqueda de Washington son su visión de las Misiones de Paz, encargadas de mantener la paz en zonas de conflicto, las cuales pretende ligar a procesos políticos para que resuelvan conflictos y reducir su número.
Y desde luego, asegurar que cada dólar sea gastado de manera responsable, lo que se lograría ligando la ayuda que da Washington da a los países, a que estos apoyen los intereses estadunidenses en Naciones Unidas.
En esa línea es muy probable que Bachellet sea la peor vista por Washington, lo que reduce sus posibilidades, no así las de Grossi o Grynspan, pero el hecho es que la llegada a la secretaría general de cualquiera de estas tres candidaturas mantendría dividida a la región y sería poco productivo que la titularidad de la ONU estuviera en manos de alguien de la zona latinoamericana.
Todo este proceso deja de lado los grandes problemas y retos de la ONU, en particular que las decisiones verdaderamente de peso, sea tomadas o evadidas en el Consejo de Seguridad manteniendo el derecho de veto de las cinco potencias ganadoras de la II Guerra Mundial: China, Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Rusia.
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