Hace unas semanas estaba muy enojada. Veía las noticias y hablaban de accidentes, desapariciones e injusticias. Apagué la televisión y fui por el vaso de agua que suelo dejar sobre mi mesita de noche.

A la mañana siguiente tomé mi celular y abrí Instagram, sin ningún propósito en realidad, pero lo hacía de todas formas. Amigos compartían la ficha de búsqueda de alguien que parecía conocer. Continué deslizando en la pantalla hasta que me harté y me dispuse a bañarme.

Por la tarde, desconecté el ventilador de la oficina. El ruido constante de la calle, los motores y mis propios pensamientos me aturdían sin darme cuenta de que lo hacían. Hasta que me descubrí escondiéndome en el almacén. Una angosta habitación con el olor de papeles antiguos y polvosos. Un espacio silencioso y oscuro. Un lugar curiosamente lleno de adjetivos que me inspiraban a quedarme callada.

La conocía de la escuela. Era amiga de amigas. La conocía, superficialmente. ¿O solo la ubicaba? ¿Entonces no la conocía?

Esa tarde (como todas) me había sumergido en una laguna de noticias. Continuaba «formando callo», es verdad. Muchas cosas ya no me parecían tan alarmantes como antes, pero otras que antes no me preocupaban, ahora sí.

Sin embargo, esto, insensible o no, siempre me preocupó sobremanera. Descubrirme acechada, descubrir que él siempre está presente.

Cuando sucede una desgracia de este tipo, el miedo aparece de forma instintiva. Como si con cada paso que uno da, el peligro se acercase dos.

La conocía y eso me enojaba.

Me enfurecía saber que no estamos exentas, que el horror no se quedó atrapado en la televisión, ni en las letras de las notas que leía día con día.

Me destrozaba no poder ignorar la realidad y el fuego rapaz que consume los sueños y las metas. La conocía y me enojaba, me enfurecía, me destrozaba no poder recuperarla de sus garras.

Las garras de la injusticia. De él, el horror.