Las calles de esta ciudad se siguen inundando. Al salir de casa sabemos que lloverá en algún punto del día y que debemos cargar una chamarra extra; lo sabemos, los que vivimos aquí.

Sé, por ejemplo, que por la noche los taxistas cobrarán el impuesto nocturno más el impuesto por lluvia. Sé que deberé cubrirme la cabeza con una bolsa de plástico porque siempre olvido la sombrilla, y que los puestos ambulantes levantarán rápido cuando el agua empiece a arreciar.

Muchos de esos puestos son negocios de una sola persona, generalmente adultos mayores. Gente que siempre se moja junto con las cajetillas de cigarro que venden en la hora pico de la ciudad. Lo sé porque los veo. Cuando no me alcanza para el taxi y tengo que caminar diez minutos hacia el paradero de las combis, paso justo a su lado.

En ese instante, nos envuelve la misma oscuridad, la ciudad nos arropa. Hasta que los coches irrumpen a toda velocidad y nos empapan con el agua estancada de los baches. 

Este lugar parece no pertenecernos más, nos despojan externos. Las calles se inundan y poco quedará de la memoria a pie, más que las interminables carreteras y aquellos que no comprenden el privilegio de costear un taxi. El resto habremos de resistir con chamarras e impermeables, caminando a prisa con los zapatos ahogados, hasta encontrar otra orilla en donde nos mojemos menos.

Ig: dianaabt
dbautistatrejo4@gmail.com

Compartir
Artículo anteriorEl pozo (hasta el fondo)
Artículo siguienteTus derechos