Sería oportuno regresar a los salones de clase para recordar que la división de la estructura del Estado en tres poderes cumple alrededor de dos siglos y es la común en los gobiernos occidentales, incluida América Latina. Algunos, muchos, como en Israel, lo olvidan.
Desde otra perspectiva, también conviene preguntarse si renace el absolutismo, es decir, la concentración del poder político en un solo hombre, y si estamos en un regreso político al pasado, o bien, ante la incultura de muchos titulares del poder Ejecutivo, que bien harían en repasar algunos textos.
Israel, pero no solo, es un ejemplo de lo anterior.
La situación, que entró a un paréntesis, es percibida por los israelíes con preocupación e inclusive temor de una guerra civil, miedo que se suma a la posibilidad de que se agentes externos traten de meter las manos y azuzar el conflicto.
¿Pero de que se trata?
Recordemos que el pasado diciembre Benjamin Netanyahu regresó como primer ministro en su sexta gestión, luego de las elecciones del 1 de noviembre, mediante una coalición encabezada por el Likud, que él mismo representa, más dos partidos ultraortodoxos y tres de ultraderecha.
La coalición tiene una agenda que va desde el hasta ahora “deseo” del partido Noam por cancelar el desfile anual del orgullo gay, hasta que Bezalel Smotrich, del Partido de Sionismo Religioso, sea de la idea de que Israel se extienda del Mediterráneo hasta el río Jordán, porque ese es su “territorio bíblico”.
Algunas leyes aprobadas al inicio de esta legislatura israelí muestran a la coalición de gobierno como la aprobación de una ley que permitía a Aryeh Deri, líder ultraortodoxo, ocupar el ministerio de Finanzas, a pesar de haber sido declarado culpable de delitos fiscales, nombramiento anulado por la Corte.
El punto que ha despertado protestas inéditas en ese país es el de la reforma judicial, que busca disminuir las atribuciones del Tribunal Supremo de Israel. Un elemento central para entender el problema es que el país carece de Constitución, mientras su Legislativo lo integran solo la Cámara de Diputados (Knesset).
Lo anterior quiere decir que las leyes son elaboradas y aprobadas por una sola cámara, sin que exista la habitual revisora, como en otras partes del mundo. Por ello la falta de Constitución hace más relevante la interpretación jurídica que hacen los miembros de la Corte Suprema.
El Superior Tribunal de Justicia a la fecha tiene 3 miembros, pero en casos que se valoran importantes o cuando se toma una decisión que va en sentido diferente a una anterior sobre el mismo caso o tema, se puede ampliar el número de jueces, pero siempre en número impar.
El centro de las reformas de la coalición gobernante es que la Corte ya no analice las decisiones del gobierno, las declare “irracionales” y las anule, lo cual aprobó la Knesset. La reforma entró en pausa hasta otoño, cuando se analice y lleve a votación una nueva forma de elegir a los jueces, en la cual el gobierno tendría más injerencia.
El conflicto entre el gobierno y el poder judicial es también una pugna social. La reforma ha sido propuesta por partidos religiosos y conservadores, y rechazada por sectores de la sociedad laicos y liberales.
Por ello no es descabellado que 56 por ciento de israelíes entrevistados para una encuesta del canal 13 de ese país haya mostrado temor de una posible guerra civil, con el 39 por ciento descartando esa posibilidad. La mayoría -55 por ciento- quiere que las negociaciones sigan, y 26 por ciento se pronunció en contra.
Hasta medio millón de manifestantes han salido a la calle para protestar por esta reforma, las más concurridas en la joven historia de Israel que, inclusive han generado malestar entre los reservistas del Ejército, mientras los vecinos palestinos, Irán o Rusia, siguen con atención los sucesos, con el riesgo de que vayan a azuzar las divisiones, que se harían más profundas porque podría darse el caso de que la propia Corte tuviera que calificar y pronunciarse sobre esas reformas.
De salida: En España el Partido Popular y el ultraderechista Vox sí consiguieron el mayor número de votos y diputados en los comicios del pasado domingo, pero no los suficientes para formar gobierno, mientras el gobernante Partido Socialista Obrero Español y SUMAR mostraron mucho mejor actuación que la esperada. ¿Lecciones? Entender que las encuestas son la fotografía de un momento, no la verdad absoluta. Que hay un empate social –como en Israel- entre aquellos que se van a posiciones conservadoras y aquellos que muestran más tolerancia. Y que ante ese empate social, la política debe mostrarse como la lámpara que busque las opciones posibles para gobernar a todos, sin pretender la imposición de verdades únicas, que por cierto no existen.
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