En la filosofía una de sus ramas estudia el ser: la Ontología, nos permite identificar el ser, desde el Yo mismo, hasta el ser de las cosas. En otras reflexiones hemos visto el reto que implica la soledad en donde, como diría Nietzsche “el Yo y el Mí mismo dialogan con demasiada vehemencia”, la importancia de darnos ese espacio en donde fortalecemos nuestra personalidad implica un reto ontológico.

A diferencia del idioma inglés, en donde una sola expresión: “to be” denota el “ser” y el “estar”; en el castellano, no es lo mismo ser, que estar. Incluso en las vertientes filosóficas el darse cuenta de la existencia, en palabras de Jean Paul Sartre, deviene en la náusea. El hacernos presentes y tomas conciencia de nosotros mismos, puede ser insoportable, de ahí la constante evasión para iniciar el soliloquio que nos permite reconocer esa existencia.

Más allá del solo vivir y estar, el reto de ser es hacernos presentes, no es menor esa palabra, nos trae al ahora, en vez de la nostalgia o el rencor del pasado o la ansiedad por el futuro, nos obliga a sentir el momento. Los instantes que se agotan se pueden aprovechar mejor si los tenemos latentes y existimos a la par de ellos. La ausencia mental en muchas facetas de la vida nos impide disfrutar el momento, dejar pasar las oportunidades e incluso genera la frustración por lo que no concretizamos o perdimos.

En estos tiempos de incertidumbre, se hace necesario vivir el día a día, fijarnos pequeñas metas que nos obliguemos a cumplir para no caer en el abandono, de igual manera, nos orientan sobre lo que si nos podemos hacer cargo y soltar aquello que en escenarios inciertos se convierten en lastres. Actuar una rutuna, poner una variante, darnos un espacio (aunque sea breve) para hacer un alto durante el día y simplemente respirar, sentir como late el corazón y preguntarnos como nos sentimos en ese momento.

Camus, a diferencia de Sartre hace del humanismo (desde otra vertiente) la esencia del existencialismo. La determinación y la realización del ser como proyecto existencial, la concreción del ser con el ejercicio de la libertad, pero no como un acto egoísta que busque simplemente el hedonismo, sino como una respuesta al absurdo de la vida (que será un tema recurrente en toda su obra), que no se concibe sin el reconocimiento de la importancia del otro. El buscar vivir dignamente.

Lo anterior se plantea con base en la reflexión sobre el sentido de la vida. Justo de ahí se plantea el absurdo y el sinsentido de fincar en una meta o realización impuesta, nuestra propia existencia. El ser trágico deviene en esa parte que tan bien describe con el mito de Sísifo que analizaremos en nuestra próxima entrega. Al reconocer que la vida no tiene sentido, nos da el momento liberador que rompe el determinismo social y de la época.

Esta forma de concebir nuestra existencia no es fácil, preferimos la fatalidad para poder echar la culpa de nuestras consecuencias a alguien más, así no tenemos que asumir el resultado de las decisiones que tomamos y de las cuales muchas veces preferimos ceder en las causas para no asumir los efectos. Solución irreal ya que finalmente padecemos las mismas, aunque nos las queramos reconocer.

Salirnos de los moldes establecidos puede ser desestabilizador, pero la crisis que detona es el mejor contexto para la autorrealización y decodificador de manera diferente de aquello de lo que pareciera estamos predestinados sin que participemos de enfocarnos en esa realización. No es lo mismo coincidir con aquello que venía como imposición, a simplemente dejarnos llevar por la vorágine de acciones y conductas que cuando volteamos, deja una estela de momentos que se padecieron o actuaron para satisfacción de otras personas.

Seguiremos la reflexión con el complemento de lo que implica el “ser trágico” y el devenir, no sin antes entrar al escenario que metafóricamente nos presenta Sísifo. La existencia es en sí un reto fascinante en todo tipo de pensamiento.

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