En los últimos días he tenido la oportunidad de platicar con algunos de mis amigos, acerca del acontecer político y social de nuestro entorno. Lo que me conminó de manera indirecta a observar todo aquello que me rodea y tratar de entender que todo lo cuanto nos acontece en la vida, es producto y resultado de nuestra elección personal; pues nos podemos encontrar con vecinos alegres; otros desordenados y taciturnos e incluso con cara de pocos amigos; con gente agradable, positiva y segura de sí misma; o con jóvenes que sin importar a lo que se dedican, caminan felizmente, y otros que saludan con alegría o incluso, otros más que miran con recelo para todos lados. O en otros momentos, cuando tropezamos con infantes juguetones, caprichudos, alegres, llorones o simplemente, absortos en sus cosas.

El saludar a personas que nos respondan con una sonrisa, con un buenos días, algunos más con cara de sorprendidos y algunos otros que responden con un murmullo o levantando una ceja en señal de aprobación. Sin olvidar a la gente mayor que, al observar a detalle, le encontramos la alegría de haber vivido, la nostalgia de un pasado y la esperanza de un futuro.

Cierto estoy que esto llega a un punto que nos resulta cotidiano y poco interesante, como también lo pueden ser: el llegar a alguna oficina y ver a la recepcionista alegre o mal encarada que da los buenos días, en algún otro escritorio a un hombre que habla sin parar. En otros a empleados con la torta y la garnacha. Y claro está, los empleados que nunca faltan, cumpliendo con su responsabilidad. O simplemente lo que acontece en nuestro hogar, al salir por la mañana cuando se despide la amorosa esposa o los cariñosos hijos al salir al trabajo.

Lo anterior es tan “normal” y simple en nuestra vida, que olvidamos que esos detalles son los que le dan coloración a todo cuanto vivimos. Por eso la importancia de reconocer que nuestra vida no solo debe reducirse a la interrelación diaria con los demás.

Porque para bien o para mal, por el ayer no se puede hacer nada, por el mañana que no sabemos si va a existir, y es solo por hoy, cuando debemos esforzarnos y luchar haciendo bien las cosas para ser felices.

Tan solo existen dos posibilidades personalísimas por ejercer: realizo todo acto o acepto cada hecho. Haciendo de la incertidumbre un reto por vencer y con ello, lograr mis propósitos. O por el contrario, me lleno de inseguridad, falta de fe, temor, permito que baje o bajen mi autoestima, logrando con ello, que nuestra vida sea obscura y carente de toda belleza y candor, y lo más grave, que lo que es realmente nuestro, el hoy, transcurra sin sentido, dirección, ni valor. Llevándonos a un borrascoso otoño o gélido y triste invierno.

Ahora bien, es conveniente reflexionar: si bien es cierto que somos tan diversos e individuales por nuestro origen que implica educación, cultura y valores: ¿Qué puede definir nuestra felicidad? Sin duda alguna, la respuesta debiera ser: nuestro estado de ánimo. Pues bien vale la pena subrayar que el color de la vida se lo asignamos cada quien a aquello que nos rodea, al sentir por nosotros mismos, y de manera especial, a la percepción que tenemos por todos aquellos que nos rodean y a su forma de resolver o alcanzar una vida mejor. Como consecuencia, cada uno de nosotros decide cual es la vida que desea tener: buena o mala, mejor o peor o feliz o infeliz.

Quizá nos ha faltado analizar a profundidad acerca del tema, pues no existe ningún instrumento, mecanismo, medicamento o factor conocido que impulse a la auto decisión. Razón que genera una similitud entre el que husmea por la calle para encontrar alimento, con el que trabaja incansablemente para lograr el sustento familiar, o con el docente que comparte lo que sabe a los demás, o aquel que ostenta la fama, el poder, la riqueza material.  Siendo entonces que lo que diferencia su éxito o fracaso de todos ellos es, su capacidad para entender que no depende de nada, ni nadie hacer algo por nosotros mismos; que nuestro destino está exclusivamente en nuestras manos, y no en las de la “suerte”, “destino” o “protección divina”. Porque estas “justificaciones”, lo único que amparan o protegen es a la pereza, orden, flojera, ineptitud, falta de compromiso diligencia y disciplina. Por tanto, la falta de oportunidades no justifica el fracaso, pues como seres humanos, estamos dotados de herramientas intelectuales y físicas para crearla… a nuestro antojo y necesidades. Eso también es: “Dar de sí, antes de pensar en Sí.

Porelplacerdeservir@hotmail.com

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