Por Ángelo Gutiérrez Hernández
La política exterior de un país debería ser motivo de orgullo. Debería reflejar dignidad, prudencia y altura de miras. Pero lo ocurrido en Barcelona, durante la reunión de líderes de la izquierda internacional a la que asistió la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, terminó provocando exactamente lo contrario: repudio.
Repudio en redes sociales; en medios internacionales e incluso entre ciudadanos mexicanos que observaron con incomodidad cómo su país era colocado, una vez más, en el bloque de gobiernos que más cuestionamientos generan en materia democrática.
Las imágenes y declaraciones que circularon durante ese encuentro no pasaron desapercibidas. Diversos sectores en España protestaron por lo que consideraron la presencia de líderes vinculados con proyectos políticos autoritarios o profundamente polémicos en América Latina.
Las críticas fueron directas con acusaciones de complicidad con regímenes cuestionados, señalamientos de vínculos con el populismo latinoamericano, narcotráfico y denuncias sobre la deriva ideológica de gobiernos que han debilitado instituciones democráticas.
El debate fue inmediato y contundente.
Mientras el gobierno mexicano buscaba presentar el viaje como una gira diplomática para fortalecer la cooperación con España y participar en encuentros internacionales, en el terreno político la narrativa fue muy distinta. Para muchos analistas y actores políticos europeos, la reunión representó la consolidación de un bloque de gobiernos de izquierda que utilizan el discurso de la democracia mientras, en los hechos, concentran poder y debilitan contrapesos.
Y ahí estaba México. Un país que históricamente fue referente de diplomacia, mediación internacional y respeto institucional, hoy aparece cada vez más alineado con proyectos políticos que despiertan profundas divisiones en sus propios países.
Las redes sociales reflejaron con crudeza ese malestar. Videos de protestas, críticas de líderes políticos y opiniones de ciudadanos se multiplicaron cuestionando la presencia de ciertos mandatarios en el encuentro. Las acusaciones fueron duras, incluso estridentes, pero reflejan algo que el gobierno mexicano parece no querer reconocer como es la imagen internacional del país se está deteriorando.
Y no es un asunto menor.
Porque cuando un gobierno decide abrazar causas ideológicas por encima de la prudencia diplomática, lo que está en juego no es la reputación de un partido, sino la dignidad de toda una nación.
La política exterior mexicana siempre se caracterizó por principios claros como no intervención, autodeterminación de los pueblos y respeto al derecho internacional. Paradójicamente, esos principios parecen aplicarse solo cuando conviene al discurso interno del oficialismo, pero desaparecen cuando se trata de respaldar aliados ideológicos.
Esa doble vara es la que hoy genera cuestionamientos.
¿Cómo se exige respeto a la soberanía nacional mientras se emiten pronunciamientos sobre procesos políticos internos de otros países?
¿Cómo se habla de democracia mientras se guarda silencio frente a regímenes que la han erosionado sistemáticamente?
¿Cómo se habla de democracia si aquí se pretende callar a la oposición y a la disidencia?
La incongruencia es evidente.
México merece una política exterior seria, responsable y estratégica. Una diplomacia que construya puentes, que fortalezca relaciones económicas y que defienda los intereses nacionales, no que nos coloque en medio de disputas ideológicas internacionales que poco aportan al bienestar de los mexicanos.
Porque mientras el gobierno participa en cumbres de afinidad ideológica al otro lado del Atlántico, aquí en casa la realidad es otra con violencia creciente, crisis de seguridad, desapariciones que siguen sin resolverse y una economía que enfrenta enormes desafíos.
Por eso el repudio no es solo hacia un evento internacional o hacia determinados discursos. El repudio es hacia una forma de hacer política que confunde la propaganda con la diplomacia y la ideología con el interés nacional.
México merece más.
Merece un gobierno que represente con dignidad a su gente en el mundo, no uno que provoque incomodidad, polémica o vergüenza internacional cada vez que pisa un escenario global.






