Exit 8 y Backrooms: el deterioro de nuestra salud mental
En los últimos años, el terror ha encontrado nuevas formas de representar los temores contemporáneos. Ya no se trata únicamente de monstruos o amenazas sobrenaturales, sino de aquello que habita en nuestra propia mente. Dos ejemplos recientes son la película japonesa Exit 8, dirigida por Genki Kawamura, y la estadounidense Backrooms, dirigida por Kane Parsons. Aunque ambas parten de escenarios distintos, comparten una misma inquietud: el deterioro de la salud mental en una sociedad cada vez más agotada.
En Exit 8, el terror psicológico se construye a través de un interminable pasaje subterráneo donde un hombre perdido intenta encontrar la salida. Sin embargo, el túnel parece funcionar más como una metáfora de sus propios miedos que como un espacio físico. A lo largo de la película podemos percibir temores relacionados con las responsabilidades de la vida adulta: la familia, la paternidad, el compromiso y la sensación de estar atrapado en una rutina de la que parece imposible escapar.
La figura del hombre con el portafolio, que aparece una y otra vez recorriendo el mismo trayecto, resulta especialmente significativa. Es la representación de una vida repetitiva marcada por el trabajo, donde cada día parece una copia exacta del anterior. En ese sentido, la película dialoga con la idea de la sociedad del cansancio: individuos que continúan avanzando, aunque emocionalmente se encuentren agotados.
También resulta interesante la manera en que la película convierte esos temores en anomalías dentro del subterráneo. El protagonista parece sentirse intimidado por la posibilidad de formar una familia y por todo lo que ello implica. El bebé que aparece de manera recurrente deja de ser solamente una presencia inquietante para convertirse en la materialización de una responsabilidad que le genera incertidumbre. El túnel se transforma así en el reflejo de una mente atrapada entre el deseo de avanzar y el miedo a hacerlo.
El final resulta especialmente inquietante porque deja la sensación de que el ciclo continúa. El bucle no desaparece realmente; permanece ahí como una advertencia de que, mientras no se asuman ciertas responsabilidades o no se realicen cambios significativos, la vida seguirá repitiéndose de la misma manera.
Por otro lado, Backrooms aborda un conflicto distinto, pero igualmente relacionado con el desgaste emocional. A través de Clark y de las conversaciones con su terapeuta Mary, la película explora las consecuencias psicológicas de un divorcio y de la culpa asociada al fracaso familiar. Los Backrooms funcionan como una metáfora de ese cansancio emocional y de la necesidad constante de evadir una realidad dolorosa.
A diferencia de Exit 8, donde el protagonista parece temer el futuro, Clark se encuentra atrapado por el pasado. Los espacios infinitos y las figuras distorsionadas que aparecen a lo largo de la película pueden interpretarse como recuerdos degradados por el tiempo y el sufrimiento. Ya no son representaciones fieles de quienes formaron parte de su vida, sino versiones borrosas que revelan una percepción alterada de sí mismo y de lo ocurrido.
La película sugiere que la mente del protagonista se encuentra tan agotada que apenas puede conservar imágenes claras de su propia historia. Perdido dentro de sus recuerdos, Clark termina enfrentándose a versiones deformadas de aquello que alguna vez conoció, pero también a una versión distorsionada de sí mismo.
Por ello, la figura del pirata Clark adquiere una relevancia especial. Más que un antagonista, representa el resultado de la autodestrucción provocada por el abandono emocional y la incapacidad de afrontar el dolor. Es la manifestación de una herida que nunca fue atendida y que termina consumiendo al propio protagonista. En este sentido, me parece particularmente acertado el guiño visual a la obra de Saturno devorando a su hijo.
La escena en la que el pirata Clark devora a Clark remite inevitablemente a esta representación artística, reforzando la idea de que aquello que debería formar parte de uno mismo termina convirtiéndose en su verdugo. No es una amenaza externa la que acaba con el protagonista, sino una versión deformada de sí mismo.
Tanto Exit 8 como Backrooms utilizan espacios laberínticos para hablar de algo profundamente humano: el agotamiento. Una retrata el miedo a las responsabilidades y a una vida que parece repetirse sin descanso; la otra muestra las consecuencias de cargar demasiado tiempo con la culpa y el trauma. Más allá del terror, ambas películas funcionan como espejos de una sociedad cansada, donde muchas veces los pasillos más difíciles de atravesar son aquellos que existen dentro de nuestra propia mente.






