En el script simulador de la democracia electoral mexicana, diseñada para acotar de la alternancia a las opciones de la derecha, no hay espacio para un candidato alebrestado, poco sensato a la hora de estirar la liga de la crítica y que, por sus afanes desmedidos de ser presidente, se brinque las trancas y eche a perder el numerito de encapsular el peligro de que un agente externo tumbe el pacto de impunidad y acabe con el  negocio privado de unas cuantas familias, al que solemos llamar México.

Por eso Ricardo Anaya no tiene cupo en el actual arreglo y, peor aún, se ha colocado del otro lado de la barrera. Por sus declaraciones reactivas a la renuncia de Margarita Zavala al PAN, de que le hace el juego al PRI, damos por resuelto que el joven dirigente lo tiene más que claro. La esposa del ex presidente de México es parte de un complejo plan “B”, que comienza a delinearse. Ante la imposibilidad de que se concretara el mejor de los escenarios para la plutocracia, un candidato de los Pinos como plan “A” y Margarita Zavala en calidad de abanderada del PAN como el plan “B”, la primera movida apunta a generar un boquete en el centro de gravedad de su aliado fiel en los últimos 30 años.

El eslabón crítico, hasta donde puede verse, fue la negativa de Anaya a conceder a Margarita el compromiso de una contienda electiva abierta para dirimir la candidatura del PAN o del Frente. Y se entiende por qué. Una contienda abierta entraña la invitación a que los Pinos movilicen sus recursos para concretar su plan “B”.

En el contexto descrito, los problemas de Ricardo Anaya apenas empiezan, pues desde hace varias semanas duerme con el enemigo. Los seis senadores “calderonistas”, abiertamente alineados con los Pinos y estratégicamente aun dentro del PAN, harán hasta lo imposible por agrandar el boquete, alentar la corrida panista hacia la candidatura “independiente” de Zavala, y echar toda la carne al asador para forzar a Anaya a una elección abierta para la designación de la candidatura.

Significa, pues, que se avecina un episodio de confrontación y, eventualmente, de ruptura con Rafael Moreno Valle, el otro tirador que no quita el dedo del renglón en forzar una contienda abierta, a sabiendas de sus fortalezas en las artes de la clásica ingeniería electoral y de que los apoyos de los Pinos fluirían espontáneamente, sin que él tuviera que hacer gran esfuerzo, a su favor.

Dando por descontado que Anaya radicalizará en las próximas semanas su postura anti-PRI, la pregunta relevante es, ¿aguantaría un segundo episodio de ruptura, ahora protagonizado por un ex gobernador con presencia nacional y seis senadores, más lo que se sume en adelante?

Cualquiera sea el desenlace, en los Pinos deben estar frotándose las manos. Si Moreno Valle gana el juego de vencidas, estaría abierto el camino para impulsar una estrategia con buenas posibilidades de sacar de la jugada presidencial al rebelde de la partidocracia. Y, oh maravilloso destino, en lugar de un plan “B”, los dueños del negocio tendrían dos piezas para replicar con ajustes y añadidos el modelo “Edomex” en 2018.

Si el desenlace fuese en sentido contrario, lo más probable es un escenario cismático dentro del PAN de incalculables consecuencias, en el que no se descarta la corrida de Moreno Valle hacia la candidatura de Margarita Zavala, que seguramente no tendría mayor empacho en recibir las aportaciones del ex gobernador a cambio de la promesa de una cartera importante.

Si a las alturas de noviembre o diciembre, Ricardo, el joven maravilla, hubiese librado el escollo de Moreno Valle, todavía tendría enfrente uno más: Mancera. Significa entonces que los Pinos todavía tendría un espacio para colocar dentro del Frente un candidato funcional o, en el peor de los casos, abonar a la profundización de la crisis interna del PAN y fortalecer un plan “B” centrada en un solo polo: Margarita Zavala.

Lo que viene por delante es el desenlace de la feroz batalla de los agentes de la plutocracia-partidocracia por el monopolio del control político y la posesión de la riqueza nacional. Estoy cierto de que no es el script en que se imaginaba Ricardo Anaya ni la nomenclatura panista, pero como decía el conocido teórico de la revolución comunista, los hombres hacen la historia, aunque en circunstancias que ellos no eligen.

Por paradójico que parezca, Anaya y lo que quede del PAN comparten con su poco apreciado rival, AMLO y Morena, un lugar del otro lado de la cerca; de tal suerte que su dilema es o enfilarse solo y por la libre en una pugna con pocas posibilidades de ganar, o convertir su lugar común en oportunidad de hacer un frente común estructurado a partir de sus comunes intereses en impedir la restauración autoritaria y el aniquilamiento de la oposición.

Sin méritos que reconocerle, el PAN tiene hoy la oportunidad y los incentivos para resarcir al país de los daños imputables a su contubernio histórico con el PRI, y la moneda de su decisión está en el aire.

AMLO, por su parte, enfrenta el desafío de entender que el escenario político mudó y que el presente es mucho menos promisorio. Los de enfrente se están juntando y dan señales de que tienen ya una estrategia hacia 2018. Sería un craso error de su parte comportarse bajo el entendido de que puede ganar sin ayuda y con una diferencia amplia.

Enfrente está todo un cúmulo de energías potenciales de cambio, que por hoy encuentra como conductos privilegiados los canales del rechazo a la política de partidos y todo lo que ello le significa. Quizás ahí esté la clave del desenlace de la feroz batalla por la nación, que entró ya en fase candente.

 

*Analista político

@franbedolla