A cada momento se crea y crece la cultura de una familia, de una comunidad, de un gremio, de una entidad federativa, de una ciudad, de una Nación, de un continente, del planeta.
En la época contemporánea en la que el internet contiene información de fuentes innumerables la riqueza de opinión y pensamiento en cantidad se ha visto crecer ad infinitum. La calidad puede ser un filtro importante para degustarla. No podemos dar por sentado que todo lo que salga en buscadores o lo que se sube a plataformas de video y redes sociales es cierto o remotamente veraz. Los tiempos del rigor enciclopédico y académico han quedado relegados a un simple sector.
El aval del imprimátur, (imprímase) que daba la Iglesia Católica a las obras que se podían editar y que tenían circulación se han convertido en la minoría de la minoría cuando partimos de que eran la totalidad, las que carecían de ella eran lecturas prohibidas. Esta licencia era la garantía de que dicha obra carecía de falla o error en materia de doctrina católica y por ende era apta para la lectura de los fieles.
Lejos estamos de ello, ahora la calidad de la obra ni siquiera pasa por los críticos, pasa por los motores de búsqueda de la red que son simples algoritmos. Si buscamos “niña” o “niños” no solo encontramos fuentes pediátricas o fotos de particulares, lo más probable es que se nos cuelen varias publicaciones que ofertan, abierta o veladamente, pornografía infantil o satisfactores a la pedofilia y a la pederastia y ofertas de prostitución con menores. Los filtros están catalogados como las redes que protegen a los menores de dar con material “sensible” o “explícito”.
La cultura se nutre de todo, desde lo más elevado y sublime hasta lo más bajo y vil. Es un reflejo de la sociedad que vivimos en el momento presente. Y ahora, con la tecnología siendo la epitome del mundo y transformando nuestra manera de interactuar unos con otros, no hay controles de calidad. La crítica supone que tiene una manera de calificar el desempeño de los creadores y su obra. La sociedad supone que puede avalar o descalificar, cobijar e impulsar a unos y descalificar o denostar a otros. Todo es posible.
Concuerdo en que un agresor o abusador o una persona cuya calidad moral y ética es dudosa merece ser cuestionada y no ensalzada en puestos de poder o que se les encumbre. Que se sepa de qué se les acusa y que sea el proceso legal quien tenga la última palabra, mientras tanto es la opinión pública quien juzga con la mucha o poca información con la que cuente. Por eso es opinión. Opinar no es un fallo infalible que tenga valor absoluto, es un fallo subjetivo y que se nutre de lo personal.
Aquellos que por su exposición en redes tienen mayor influencia dictan más que muchos profesionales de la crítica en los medios o publicaciones. Un tuit puede tener más vistas en un segundo que una cadena televisiva en horario estelar.
Por ello la cultura del 2021 puede ser más susceptible a un mensaje de una cuenta en redes que a los periódicos que lo replican hasta el cansancio. Se enlazan todos los medios y se puede crear espejismos que son efímeros y pasajeros. Una tendencia en redes rara vez se mantiene por más de un día.
¿Podemos con tanta información? ¿Qué tanto somos manipulados por los poderes fácticos que no se muestran? ¿Podemos contra los ejércitos de bots chinos, rusos, gringos o de la 4T? No sabemos de dónde viene el tema ni a dónde quiere virar a las masas que ven, no leen, no verifican, no comprenden, pero opinan.
En el internet se da la paradoja de que todo perdura mientras exista el servidor que lo aloja, pero para el usuario pasa más rápido que una reforma a la Constitución. En materia de minutos se nos pierde el dato. Lo podemos recuperar, si lo guardamos o si lo buscamos. Todo se queda y a la vez todo se pierde. Pero todo nutre a la cultura que nos retrata y documenta segundo a segundo. Esto es el fruto de la filosofía que nos rige en la actualidad y que se sobrepone a todas las otras formas de pensamiento, la filosofía de la tecnología.














