Por: Alejandro Ordóñez

 

Sí, la autoridad miente al negar los hechos que han venido ocurriendo en el centro histórico de la Ciudad de México, pero hay algo que no pueden ocultar: los trabajadores del Metro temen internarse por los oscuros túneles para realizar sus tareas, ya que varios de sus compañeros han sufrido accidentes que la autoridad atribuye a desacatos de las normas de seguridad, pero hay quien afirma que los cadáveres encontrados estaban seriamente mutilados y por eso los entregaron en féretros con las tapas soldadas, para que no se pudieran abrir ni ver el lamentable estado de los cuerpos. Que se observan sombras moviéndose a gran velocidad y al menor descuido los atacan o huyen frente a las luces de las lámparas; son, dicen, una mezcla de humanos -de pequeña talla- y animales salvajes. Hay la creencia de que se trata de seres que escaparon de la conquista española escondiéndose en el subsuelo y que al construirse el metro encontraron una salida a la superficie; dice un antropólogo que se trata de algo inexplicable, del que ya tenían noticia los propios aztecas pues muchas de sus creencias del inframundo estaban relacionadas con ellos; que al derribar el gran Teocalli hallaron túneles que bajaban al inframundo, lugar donde fueron agredidos por seres siniestros; que al tener noticia de ello el propio Hernán Cortés mandó guardar silencio y cegar los socavones con las piedras del Teocalli derruido; y que por esa razón, entre otras, decidió fijar su residencia temporal en Coyoacán. Inclusive, afirmó el historiador, en el sótano del Museo de Antropología hay un código azteca donde se cita a esos seres, pero no se divulga por temor a las reacciones de la gente. Que recientemente encontraron un zompantli, y en virtud de que la capa geológica no correspondía al período, aplicaron la prueba del carbono 14, la que atribuyó a los cráneos una antigüedad de cien años, lo cual es un absurdo, pues la conquista ocurrió hace cinco siglos. Supe también que un espiritista grabó durante mucho tiempo los ruidos nocturnos de su calle y de pronto oyó algo que lo perturbó al grado de perder el juicio. Sus familiares donaron sus cintas a la Fonoteca Nacional, donde las encontré y aunque no eran sino simples rumores y sonidos sin sentido despertaron mi curiosidad. Dado el deplorable estado de la grabación, otro amigo la remasterizó. En el ínter me enteré del ataque que sufrió un hombre, en la calle de Corregidora, quien salvó la vida gracias a la ayuda de los soldados que custodian el Palacio Nacional, aunque fue tal la impresión que se llevó el sujeto, que tuvo un ataque de esquizofrenia. Los soldados rehuyeron el tema, sólo el teniente habló: vimos al diablo, tiene enormes ojos, de un rojo intenso y larga cabellera blanca, gritaba, lloraba y aullaba como fiera herida o un demente, escurría sangre de su boca -por la salvaje mordida que le dio al pobre tipo-; apenas nos vio se esfumó y aunque lo buscamos no lo hallamos. Arreglada la cinta invité al teniente para conocer su opinión. Primero escuchamos la grabación original, sin mayor sobresalto. Ahora, dijo mi amigo, díganme qué les parece: oímos voces, gritos desgarradores de mujer o animal salvaje, capaces de infundir terror al más valiente. Saltó el teniente y con voz trémula gritó: ¡claro!, vimos a un ser demoniaco, lo crean o no. El antropólogo contestó que era lógico, ha ocurrido desde épocas ancestrales, cuando nos enfrentamos a un fenómeno que escapa a nuestra comprensión lo imputamos a los dioses o a los demonios.
En fin, ¿qué tenemos? Gente con miedo, una autoridad sorda, científicos mudos, soldados discretos y cuerpos humanos que siguen apareciendo por doquier, como si alguien los hubiera devorado, sin que a nadie parezca importarle; por eso, si piensan ir la Ciudad de México y asistir a alguno de los antros que hay en el centro histórico, no vayan solos, acudan en grupo y al salir no se separen, bajo riesgo de perder la vida o acabar en un hospital psiquiátrico.