Por: Christian Falcón Olguín
En la ceremonia cívica por el aniversario del natalicio de Benito Pablo Juárez García se dan cita entre los asistentes autoridades civiles y militares, estudiantes, académicos, logias masónicas, curiosos, entre otros. En este acto, marcado como obligatorio en el calendario oficial cada 21 de marzo, comúnmente se exalta el valor de la frase más celebre del Benemérito de las Américas: “El respeto al derecho ajeno, es la paz”, pensamiento que fue parte de su discurso pronunciado el 25 de julio de 1867, tras el fusilamiento de Maximiliano I en el cerro de las campanas, Querétaro y que, a su llegada a la Ciudad de México expondría ante el Congreso de la Nación, haciendo un pronto llamado a la unión nacional, a la restauración del gobierno de la república en la capital del país así como, al respeto de las leyes constitucionales. Queda claro que, después de una serie de discursos que enaltecen su persona y obra, la concurrencia se retira identificada con el legado juarista, pero también es inevitable que se vayan con vacilaciones respecto a los matices que envuelven a “Don Benito”, además de, preguntas de los períodos, motivos y hechos que definieron La Reforma, la Intervención Francesa o el Imperio de Maximiliano de Habsburgo, inclusive existe la confusión de la secuencia de cada una de las etapas en las que gobernó por 14 años, siendo el segundo presidente en estar más tiempo en el poder, solo después de Porfirio Díaz, en fin, los distintos matices lo definen como el presidente que lucho por el respeto de la soberanía, la condición civil y jurídica de sociedad mexicana, así como la laicidad del Estado Mexicano.
Por tal motivo, es que a lo largo de los años se ha escrito, divulgado y conversado ampliamente la figura de Don Benito Juárez, mostrándose plasmado en libros, tratados, películas, series televisivas y en el imaginario colectivo de los mexicanos, así como más allá de nuestras fronteras, dejando clara su importancia en la historia nacional y sus hechos e ideales que continúan en la actualidad impactando en la vida de los mexicanos pero, ¿realmente es Don Benito, aquella figura de bronce que luce en las principales plazas cívicas de nuestro país, en pinturas de oficinas gubernamentales, o en la nomenclatura de calles, avenidas, colonias, municipios en el territorio nacional? ¿Defendió a toda prueba la Soberanía Nacional? ¿Fue un dignatario de la Democracia? ¿Era un enemigo de la Religión? ¿Vivió en la Justa Mediana? ¿Tuvo una vida familiar ideal? Lo anterior son preguntas que son difíciles de hacer ante aquella figura que ha sido cubierta de tal cantidad de bronce, que es casi imposible entrar a dialogar con el verdadero personaje, para comprender los ideales y el pensamiento que determinaron al Benemérito de las Américas, ya que su actitud implacable ante las adversidades, su inteligencia acompañada de sagacidad para construir oportunidades, su decisión férrea en los momentos dubitativos, el estoicismo ante las críticas a su figura presidencial, así como su firmeza de estadista ante las peticiones diplomáticas de naciones, imperios e intelectuales ante el intento de moldear sus decisiones; han hecho en su conjunto el peso de su escultura libre de imperfección.
Defensor de la soberanía nacional
El periodo Juarista es identificado como el fiel defensor de la Soberanía Nacional, este gobierno enfrentó la intervención francesa, la cual fue producto de un error de cálculo del propio Presidente Juárez, al declarar sin previa negociación, la suspensión por dos años de la deuda que México tenía con las potencias europeas de España, Francia e Inglaterra, y aunque después con la firma del Tratado de la Soledad daría una solución parcial, ya se había puesto en la mesa el perfecto pretexto diplomático para iniciar una guerra e invasión por parte del emperador francés Luis Napoleón III, “Le Petit”, el pequeño Bonaparte, como lo definía el escritor Víctor Hugo.
Durante la guerra de los tres años, más conocida como la Guerra de Reforma, el gobierno de Juárez fue cuestionado respecto a, si realmente buscaba defender la soberanía nacional, fundamentalmente en dos acciones, la primera, cuando su gobierno buscó el desesperado reconocimiento y apoyo por parte de Estados Unidos para enfrentar al partido conservador, el alto clero y los intereses españoles que continuaban puestos en nuestro país, y para ello, se firmó el Tratado McLane- Ocampo, que fue testimonio del respaldo de los norteamericanos a cambio de paso a perpetuidad de transito comercial, militar y civil por el istmo de Tehuantepec, además de los principales pasos de la frontera norte de México hacia el mar pacifico, afortunadamente para la causa del gobierno liberal, dicho tratado no fue ratificado en el congreso estadounidense por considerarlo ventajoso, por los efectos comerciales y por el apoyo pleno ante cualquier invasión en cualquiera de las dos naciones, en pocas palabras la providencia estuvo de su lado para no quedar en entredicho para ser juzgado de entregar la soberanía. La segunda, en el conflicto en el puerto de Veracruz, particularmente en Antón Lizardo, cuando el buque norteamericano “USS Saratoga” atacó las embarcaciones de “General Miramón” y el “Marqués de la Habana”, bajo el anuncio juarista de ser barcos piratas que arribarían al puerto, con esta acción los conservadores perderían armamento y municiones para reforzar la causa conservadora en la guerra de reforma, dicha controversia facilitó la pauta para poner nuevamente en duda la soberanía nacional, al atestiguar que embarcaciones estadounidenses atacarían en aguas mexicanas a los propios mexicanos.




















