Por Griselda Lira “Tirana”
En su rebelde y altanera actitud cotidiana, Daniela sacó de su bolso el libro de Vargas Llosa que compró en Panamá; sin importarle la presencia de los comensales en aquel restaurante, leyó en voz alta su cita predilecta alterando los géneros de ésta; abrió el tomo y todos guardaron silencio ante la manía de esta mujer que una y otra vez había sido juzgada tan solo por no aceptar la doble moral del pueblo, sus hipocresías, banalidades mercantiles y disonancias espirituales.
Eduardo la miraba absorto desde la barra, si bien la había visto de reojo al llegar, prefirió ignorar su presencia. Daniela era excéntrica pero no necesitaba escándalos estridentes para hacerse notar, todos la conocían porque era la dueña de la única librería en aquel lugar, sus andanzas nocturnas a caballo custodiada por dos hombres recios eran la comidilla constante.
“Me bastó verlo para descubrir que, en estos años, no lo había olvidado un solo momento, que estaba tan enamorada de él como el primer día”. Así es Eduardo, esto me pasó contigo y me dio miedo la profundidad a la que un sentimiento tan arraigado puede llegar, tal como la raíz de un árbol que busca el agua para calmar su sed; sin embargo, como la primera vez en todo, me dejé guiar por la providencia en medio de la oscuridad de mis temores y de mis límites, esas sombras que eran el reflejo de mis vacíos pero que me daban una fuerza única, transgresora y ardiente.
Trasfondo anecdótico dimensional.
Seguí caminando entre los magueyales que aún quedaban en los Llanos de Apan, agarrándome de lo que podía para sobrevivir las confusiones de mi desarraigo a la tierra que me vio nacer, pero con el corazón bien arcionado a mis convicciones, las que había forjado en plena adolescencia tras la muerte de mi padre, «no dejar mis sueños, no soltar mi rienda a nada, ni a nadie, ni siquiera al amor que tenía frente a mí».
Recién había fallecido Javier cuando te encontré en la Hacienda de San Diego Tlalayote y la herida de su muerte, que había debilitado mi alma, rajó un poco más mi corazón que ya de por sí vivía atormentado por tantas soledades e incomprensiones; después, bastó ese abrazo tuyo en el inicio en que los campos reverdecidos muestran evidentemente la esperanza jovial, un símbolo claro ante mis ojos; hecho que fue necesario presenciar para reconocer cuánto te quería y cuán inalcanzable eras como la primera vez que te vi, eras un sentimiento etéreo, un fantasma, una visión hacia 1851.
Había que soltarte para poder vivir y seguir amándote como esta única y tenaz manera que me regaló Dios, amarte libremente sin estar contigo en convenio o contrato mercantil; amarte porque para eso nací; no eras un objeto de lujo propio de la cultura industrial, ni tampoco un placer hedonista que alimentara mi ego, eras mi sueño juvenil plasmado en un óleo antiquísimo de la Hacienda de San Antonio Ometusco, el patrono de mis desdichas y penas de amor.





















