Por: Griselda Lira “La Tirana”
Para todos los jóvenes mexicanos.
Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.
Ramón López Velarde
– ¿Por qué matamos a Villa?
– Porque así lo ordenaron, y nosotros, solo somos soldados. Nadie toma en cuenta lo que sentimos o pensamos. Mejor ya trágate tus palabras o el jefe te va a tronar a ti también por hacerte el filósofo.
Después de darle el tiro de gracia a Francisco Villa no pude dormir durante varios meses, el General se hacía presente entre los diálogos, los caminos, mi privacidad y otros menesteres cotidianos propios de mi quehacer como soldado. Traicioné a México para salvar mi propio pellejo, a las promesas sin sentido que le hice al ejército porque mi corazón estaba con la gente, con el pueblo humillado y con las convicciones de mis abuelos: “México es de los mexicanos”.
Once años después, en Monterrey, una refugiada judía, a nombre de su dios, me traicionó y quitándome el poco patrimonio que había hecho en el Ejército, incluyendo la recompensa que me dieron los gringos por participar en el asesinato de Villa, se fugó con todo mi dinero para Estados Unidos; y fue así como me convertí en un alma desdichada, vagando de un lugar a otro, tratando de purgar mi condena: la culpa de haberles quitado a mis paisanos la única oportunidad que les quedaba para ser libres.
Afortunadamente, como un buen soldado, preví un refugio cerca de San Antonio, Texas; ahí, tenía dos caballos, parque y comida suficiente para vivir algunos años. Así como yo les maté a mis paisanos mexicanos la esperanza, así los del partido oficial, me mataron la fe en la historia y los cuentos de los cronistas engañosos pagados por la propaganda del gobierno déspota y opresor. No era posible que un fugitivo cualquiera sin estudios como yo, sin grados militares, sin aristocracia, les manifestara sus traiciones a la cara pues ellos me dirían: “tú mataste a su Pancho Villa”; por tal motivo, decidí hacerlo a través de la guerra de guerrillas y limpiar mi honor.
Permanecí oculto quince años en Piedras Negras, me fui a vivir con una viuda que siempre me trató muy bien. Mariana era una mujer peculiar, brava, trabajadora y autodidacta, odiaba al México de Miguel Alemán y su familia se conformaba por varios braceros; durante largas horas debatíamos en torno a los robos y podredumbres de la administración del país, los beneficios para los amigos del ejecutivo y otros excesos en contra del campo mexicano que estaba totalmente olvidado.
Mariana no era comunista, era norteña, y tampoco le interesaba la moda frívola de pertenecer a ningún grupo burgués que se jactara de serlo, de todos modos, decía: “la izquierda burguesa le roba al trabajador las ideas de su lucha, se apropian de sus cuerpos como los nahuales de los animales y después, se abanderan con el sufrimiento del pobre, pero nunca viven entre nosotros, solo nos observan como ratas para sus experimentos; y ellos, como buenos burgueses, nos utilizan para pelear en contra del rico pero siguen estirando la mano para vivir del empresario o del terrateniente al que idolatran; ni mi familia, ni yo somos limosneros, tenemos dignidad, amamos el campo mexicano; para nosotros es común trabajar y yo no conozco a un solo ideólogo de izquierda que se acuerde de las atrocidades de Stalin, los que tienen tiempo de inventarse ideologías son los que no trabajan y viven presumiendo algún apellido europeo de un refugiado mal agradecido y traidor a México”.
Mariana tenía razón, me sorprendía su capacidad de análisis y su intelectualidad, pero de los que había que cuidarse era de los judas nacionales y cobardes como yo; de alguna manera debía devolverles a mis paisanos su esperanza, retribuirles lo que les quité al matar a Pancho Villa y la única manera era viajar a Jalisco para entrevistarme con un periodista al que Elías Calles había amenazado de muerte si publicaba algo en favor del gran Centauro del Norte. Al principio fue difícil hallarlo, pero finalmente di con él en su casa de Lagos de Moreno, Jalisco.
Hablamos mucho tiempo en torno a México y de cómo el espíritu del odio trataba de meterse nuevamente en la vida cotidiana del pueblo mexicano, dividiéndolo. El plan siniestro de su necropolìtica, era que nos matáramos entre nosotros. Evaristo “N”, accedió a colaborar conmigo y entonces comenzamos a reconstruir la historia desde la perspectiva de los ignorados, entre ellos, destacó la participación de algunos ancianos zapatistas presos que ya no tenían nada que perder sino heredar al peblo de México, el amor a la patria y la libertad.
Maté a Villa, pero es mi deber como soldado recordarles a mis paisanos que México es de los mexicanos y que en esta divina tierra muchos refugiados extranjeros han encontrado la esperanza, el consuelo y la paz; no obstante, las traiciones que manan de su sed por el poder. El ¡Viva México! se dice desde la profundidad del espíritu, como si fuera la última vez que se mira al ser amado o a la madre. El ¡Viva México! se dice con pasión y abrazando los tres colores de su bandera con dignidad, valentía y honor.
¡Viva México se dice por amor!


















