Por: Dr. Héctor Jesús Tapia Fernández

A menudo usamos medio ambiente, ambiente y ecología como sinónimos, pero nada más alejado de la realidad. Medio ambiente resulta una palabra compuesta que hace referencia a elementos abióticos (no vivos), el primero de los términos que la componen hace referencia más que nada del medio físico, entendido como lo intrínseco de la geometría de la superficie de la tierra, es decir los relieves y sus geoformas tales como montañas, valles, planicies, cárcavas, lomeríos, etcétera, que los tenemos a lo largo y ancho de todos los continentes; mientras que para el segundo término, es decir el ambiente, se refiere a las condiciones atmosféricas predominantes, como las condiciones meteorológicas promedio (clima) como la temperatura, humedad relativa, irradiación solar, precipitación.
Sin embargo, estas condiciones también son variables latitudinal y altitudinalmente, que quiero decir, una montaña muy alta como el Pico de Orizaba, puede tener diferentes ambientes dependiendo de la altura, desde muy tropical hacia sus estribaciones hasta lo glaciar en las cercanías del cráter, en este caso tenemos el mismo medio físico pero diferentes ambientes variando con la altura. Por otro lado, puedo tener una montaña como el Volcán de Fuego en Guatemala, cubierto con una espesa capa de vegetación y un clima tropical, y a su vez una montaña de similares dimensiones como el volcán Kronotsky, ubicado en la fría y lejana península de Kamchatka (Rusia), presenta una escasa vegetación de tundra y un clima frío, en este caso, tendremos el mismo medio físico (montaña), pero con diferentes ambientes determinados por las diferencias latitudinales. Y finalmente la ecología estudia como los seres vivos (factor biótico) y su relación con el medio-ambiente donde se desarrollan. Por tanto, debemos prestar cuidado cuando nos autodenominamos ambientalistas o ecologistas ¿no?, ya que son cosas muy diferentes. Disculpen el caso extremo, Marte tiene diferentes medios-ambientes, pero no ecología.

 

Y es ahí donde entra mi discusión con el tema del urbanismo, muchos arquitectos, urbanistas, ingenieros, destacan su conocimiento en la imagen urbana, en el cuidado de las áreas verdes, en el diseño inteligente de la ciudad, movilidad, etc. Pero cuando se trata del cuidado del medio-ambiente es donde hay un desfase, posiblemente un político o administrador público en una visita a otro país, queda asombrado por paisajes urbanos embellecidos por vegetación autóctona (es decir, que es originaria del lugar), pues en los años 60 se puso de moda plantar jacarandas (oriundas de Centroamérica), en los 70´s eucaliptos (Australia), en los 80’s el ciprés (Eurasia), en los 90 los álamos (Norteamérica boreal), y a principio de siglo las acacias (África), y así entre muchas especies que a la postre, plantadas en éstas áreas empiezan a diseminarse como especies invasoras (exóticas), ajenas a la vegetación local, e incluso desplazándolas.
En la visión del político mexicano, se encuentra muy arraigado el malinchismo urbano, ya que se tiene la idea equivocada de forzar a estas plantas a formar parte del paisaje urbano, cuando el medio ambiente árido de la mayoría de las capitales del país, pues es apto para cactáceas como el maguey, los cardones, mezquites, yucas, táscate, biznagas, entre otros, siendo vistos con desdén por el planeador urbano, pero que conforman un ecosistema plenamente saludable y adaptado a su entorno. Es más, hasta el epazote y algunos quelites crecen sin dificultad ocupando oquedades entre las banquetas urbanas, desafiando las mas desventajosas condiciones, que incluso, en superficies destinadas como “áreas verdes” crecen creando comunidad con pastos inducidos (incluyendo al milenario Teocintle), que son ferozmente podados por las áreas de limpia municipal, por la “mala imagen” que según proyectan.
En alguna ocasión, un arquitecto me comentó que esas plantas son feas, y que no cuadran con un paisaje urbano (desde mi perspectiva una visión neoliberal del urbanismo), y que deben ser podadas para impedir la proliferación de arañas y serpientes nocivas (cuando en realidad esos organismos forman parte de un ecosistema pre-existente que fue desplazado por la urbanización), o sin ninguna razón aparente que un sotobosque saludable de cactáceas fuera brutalmente arrancado en los terrenos de una universidad privada, solo para ser remplazados por árboles exóticos de los cuales muchos se secaron o no se adaptaron a las condiciones de aridez.
En resumen, plantar una especie vegetal exótica no me hace ambientalista y mucho menos ecologista, solo estaremos empeorando la situación del ecosistema local, y si eso es lo que le enseñamos a nuestra niñez, seguirán arraigándose estas prácticas por generaciones.
A pesar de ello, existen casos de éxito en la Zona Metropolitana de Pachuca, siendo un digno ejemplo de conservación el Parque Ecológico Cubitos, donde la gran mayoría de las especies a su cuidado son cactáceas, donde en alguna ocasión escuche de algún visitante que por que no tenían rosas o plantas ornamentales las cuales eran “mas bonitas”. Y otro es el camellón central del Boulevard Luis Donaldo Colosio en el tramo correspondiente a Mineral de la Reforma, donde se cuido que la paleta vegetal fuera acorde al ecosistema local, donde incluso la Comisión Estatal de Biodiversidad ha documentado nidos de aves rapaces (tecolotes) y donde los murciélagos producen polinización en maguey.
Para finalizar, en vez de una intervención directa de las autoridades en las áreas verdes, con plantar especies exóticas de manera forzada (como lo que pasó en Plaza Juárez, donde los álamos fueron afectados y podados a causa de las plagas), se podría aplicar el urbanismo táctico, donde las especies nativas puedan desarrollarse sin intervención humana, y puedan proliferar en estos espacios contribuyendo a un urbanismo sustentable, porque al fin y al cabo, siempre han estado ahí.
*Dr. Héctor Jesús Tapia Fernández
Profesor investigador*
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