Empezó a jugar por gusto, después como un reto personal, más tarde por necesidad. Su obsesión compulsiva lo llevó a inventar un sistema que le permitió incrementar el número de aciertos, aunque para ser franco nunca pasó de tres. Estudió los métodos probabilísticos y de estadística, aprendió a diseñar bases de datos y hojas de cálculo. En la oficina empezaron a verlo con desconfianza y su productividad disminuyó, pero no le importó, convencido de estar a un paso de la riqueza. Abandonó los formularios sencillos y empezó a usar los de opción múltiple, pues sus posibilidades de triunfo se potencializaban, aunque no dejó de preocuparle que ocurriera lo mismo con los costos. Para animarse empezó a soñar que lograba los anhelados seis aciertos y obtenía la bolsa más alta de la historia, renunciaba a su trabajo, compraba lujosa residencia y un yate. Desde luego su esposa no sabría nada, la sanguijuela sería capaz de chuparle al menos la mitad del premio. Pondría un despacho y fingiría ser un talentoso consultor, recorrería el mundo acompañado por la secretaria de su jefe -al fin le haría caso-; sin embargo, no estaba seguro si sería capaz de dejar a su familia. Metódico como era, empezó a llevar un diario donde anotaba sus fantasías, como si se trataran de la realidad. Cuando por fin acertó a cinco números, descubrió el profundo significado de los arcanos secretos: “La vida es como un sueño”. Y fue tan feliz que olvidó guardar su diario y el papelito donde anotó los números de una de las combinaciones que debería registrar esa semana.
Cuando la esposa supo que había perdido el trabajo, contra lo esperado guardó prudente silencio, dijo tener una invitación para incorporarse como socia en un despacho de consultores, la aceptaría si él se hacía cargo de la casa y de los niños; por supuesto estuvo de acuerdo, después de todo tendría más tiempo para su proyecto. Ella se reveló como excelente mujer de negocios, algo nunca imaginado por él, compró elegante residencia y un yate; si bien, por motivos de trabajo, se vio obligada a viajar por todo el mundo, en realidad era algo sin importancia, contaba con más tiempo libre para sus planes. Obsesivo, revisó el sistema, la frecuencia y recurrencia de los números, la tendencia a aparecer siempre juntos -el 37 y el 25-, la incompatibilidad del 1 con el 45; el número de veces que se repetían y los períodos máximos en que dejaban de aparecer; mas el sexto acierto no llegaba.
Una tarde -quizás por intuición- se le ocurrió revisar los archivos de su esposa, encontró el diario -extraviado en circunstancias extrañas-, donde anotaba sus fantasías y entre las hojas un papel con seis números escritos de su puño y letra; fue a su registro histórico, se quiso morir al descubrir que esa combinación había obtenido el premio más alto pagado jamás. Comprendió que era una víctima, sus propios planes habían sido aplicados con todo rigor por su esposa, quien para entonces tramitaba el divorcio pues era amante de su apuesto asistente. La buscó para reclamar la parte del premio que por ley le correspondía, la infame se carcajeó y en represalia le quitó a los niños, el yate, su mensualidad y hasta la casa; sin trabajo, ni amigos, deambuló por las calles mendigando para pagar una sencilla, hasta que las autoridades sanitarias, presionadas por los vecinos, lo recluyeron en una clínica psiquiátrica donde convenció de la bondad de su sistema, a los demás pacientes, quienes no dudaron en incorporarse al proyecto y entre todos juntaron para pagar el costo de una simple. Cuando los médicos lo supieron, se rieron de la ocurrencia y no los bajaron de chiflados; sin embargo, una enfermera anciana calló sus risas cuando les dijo algo en lo que no habían pensado: hay locos geniales, la historia da cuenta de muchos casos, ¿quién sabe? Podrían volverse millonarios. Si pagaran los costos les corresponderían parte de las ganancias; además esa fantasía mantenía tranquilos hasta a los enfermos más agresivos que por fin encontraban una razón para vivir. Algunos psiquiatras concluyeron: no les importa tanto el dinero, sino recuperar la confianza en sí mismos y saberse triunfadores. Después de cenar se reunían en algún rincón apartado, se sentaban en el suelo y aquel miserable lugar parecía competir con el lujoso salón del sultán Shariar, donde Sherezade alegraba a su señor con hermosas narraciones. Cada noche comparecían los miembros de la cofradía y hacían las delicias de sus contertulios al platicar las mil y una maravillas que les aguardaban tan pronto tuvieran el dinero; y eran tan sentidas, tan humanas y tan reales, que al terminar hasta las mismas enfermeras -bañadas en lágrimas-, aplaudían.
Extraña sociedad hemos formado, dijo una noche un psicólogo, los talentosos doctores aportamos dinero, y los dementes, el cerebro. La noche que obtuvieron seis aciertos -como locos ya estaban-, parecieron recuperar la cordura; contra lo esperado, al día siguiente los doctores fingieron demencia y se negaron a darles la mitad del premio.
Deprimido, sin saber qué hacer, temió en verdad perder el juicio, por suerte ingresó a la clínica un testigo de Jehová, quien le leyó La Biblia y le enseñó que la verdadera felicidad se encuentra en Dios y no en las riquezas y frivolidades del mundo; así, abandonó sus vanas pretensiones y destruyó sus notas para seguir el camino del Señor, decidido a convertirse en uno más de los elegidos, antes de que concluya este sistema de cosas.
Por Alejandro Ordóñez
Ciudad de México.




















