Adultos creativos, sociedades que avanzan
Existen momentos en los que un destello creativo aparece donde menos lo esperamos: en una conversación de pasillo, en la forma improvisada en que alguien resuelve un problema o en la ocurrencia que surge en una reunión de trabajo cuando parecía que todas las opciones estaban agotadas. Estos pequeños chispazos, tan cotidianos que a veces pasan inadvertidos, nos recuerdan algo esencial: la creatividad no es un patrimonio exclusivo de la infancia. Es una capacidad profundamente humana que, cuando permanece activa hasta la adultez, se convierte en una auténtica palanca de desarrollo.
Sin embargo, la cultura popular en México insiste en asociarla con niños que pintan, juegan o imaginan mundos fantásticos, mientras que a los adultos se nos asigna el territorio de lo funcional y lo predecible. Esa mirada reducida ha alimentado una paradoja: vivimos en un tiempo que exige innovación constante, pero socialmente inhibimos o desalentamos los procesos creativos en quienes más los necesitamos para transformar la realidad.
La creatividad no es solo expresión artística: es una manera de pensar. Una forma de ver posibilidades donde otros ven límites. Es transversal: opera en la ciencia, la tecnología, la economía, las políticas públicas y en la vida comunitaria. De hecho, las transformaciones más profundas de las últimas décadas nacen precisamente de mentes capaces de conectar ideas distantes, cuestionar rutinas y reimaginar procesos que parecían inamovibles.
En la economía contemporánea, su valor es evidente. Cada avance tecnológico, cada innovación social y cada modelo de negocio que rompe inercias proviene de personas que se atrevieron a pensar distinto. En contextos de crisis —económicas, ambientales o sociales— la creatividad se convierte en un recurso estratégico: permite diseñar alternativas más ágiles, más sostenibles e incluyentes. No es menor: las sociedades que apuestan por la creatividad adulta suelen ser también las que impulsan mayores índices de crecimiento, bienestar y cohesión social.
Pero ¿qué ocurre cuando la creatividad se apaga en la adultez? Aparecen miedos que no existían en la infancia: temor al error, al juicio, al ridículo, a no cumplir expectativas. La rutina se convierte en un molde rígido y el perfeccionismo en su aliado silencioso. El costo es alto: instituciones que dejan de innovar, empresas que repiten fórmulas vencidas, políticas públicas sin imaginación y personas que pierden la capacidad de adaptarse a un mundo que ya no se detiene.
En términos individuales, dejar de crear es renunciar a una parte fundamental de nuestra identidad. La creatividad mantiene la mente flexible, alimenta la curiosidad, reduce el estrés y amplía nuestra capacidad de tomar decisiones frente a la incertidumbre. Es, en cierta medida, una forma de salud mental.
Por ello, mantener viva la creatividad en la adultez debe entenderse como una responsabilidad cultural. Urge crear ambientes laborales que no castiguen la exploración y la prueba-error, sino que las reconozcan como parte natural del proceso. Necesitamos políticas públicas que hagan de la cultura, la ciencia y la tecnología espacios accesibles para todas las edades. Y es fundamental promover la formación continua no solo para actualizar habilidades técnicas, sino para mantener activa la competencia ciudadana de pensar diferente.
Las comunidades, las universidades, los centros de trabajo y los espacios públicos pueden convertirse en auténticos laboratorios de ideas si se les mira con intención. El desarrollo —económico, social y humano— depende en gran medida de la creatividad colectiva: de lo que podemos imaginar y construir juntos.
En tiempos de automatización, polarización y crisis globales, la creatividad es un acto de resistencia. Defenderla implica reconocer que el futuro no se improvisa, se diseña. Y se diseña mejor cuando hay personas adultas capaces de mantener encendida esa chispa que alguna vez dimos por sentada.
Reafirmarla es también un llamado ciudadano: la creatividad no es un lujo ni una fantasía romántica; es una infraestructura mental que sostiene el desarrollo. Y cuando un país deja de cuidar la creatividad de sus adultos, desmonta silenciosamente su propia capacidad de futuro. No se trata solo de imaginar, sino de atreverse a transformar. Porque las sociedades que avanzan no son las que esperan soluciones externas, sino las que generan ideas desde adentro.
Hoy más que nunca, entre automatizaciones que redefinen empleos, crisis que presionan recursos y polarizaciones que agotan la conversación pública, renunciar a la creatividad adulta es un acto de autoderrota. Por el contrario, defenderla es una postura política en el mejor sentido: implica elegir la posibilidad sobre la resignación, la innovación sobre la inercia, el pensamiento vivo sobre el pensamiento administrado.
En última instancia, lo que está en juego no es solo nuestra capacidad de crear, sino nuestra capacidad de decidir hacia dónde queremos avanzar como país. Porque el desarrollo — el real, el que cambia vidas — no nace de repetir fórmulas, sino de desafiar límites. Y ese desafío empieza en lo más simple: seguir creando, incluso — y, sobre todo — cuando somos adultos. ¡Hasta pronto!


















