Llevaban el oro de las razas solares, el incienso de las plegarias antiguas y la mirra que perfuma la amargura de los sepulcros.
Ramón María del Valle-Inclán
En un pueblo de la provincia de Sevilla, el frío de enero trae el eco de la Cabalgata de Reyes. Esta tradición, que en Sevilla tiene un peso histórico inmenso (siendo la del Ateneo de 1918 una de las pioneras en España), llena las calles de caramelos. Pero en la casa de los Moreno, el ambiente es de un recogimiento dulce y amargo.
Mercedes coloca el Roscón de Reyes en el centro. Al lado, pone un plato vacío para su hijo, el hermano de Elena, que eligió el «mal camino» y se unió a un grupo de radicales que quieren acabar con todo el trasfondo cultural católico. En la familia se han acostumbrado a su ausencia, pero la madre pone el plato como un acto de resistencia. Mientras, en la calle, el aire se llena con la letra profunda de los campanilleros de Sevilla:
«En la noche de la Epifanía, pasan los magos por el portal, y en el cielo una estrella los guía a la cuna del Rey celestial.»
A miles de kilómetros, en un pueblo de México, la familia Valencia vive el 6 de enero bajo un silencio forzado. Las calles están desiertas por el temor a la violencia. En fechas recientes, secuestraron al hijo de un campesino y todo parecía indicar que estaba muerto, pero nadie lo mencionaba; preferían callar por temor a la venganza. Ellos perdieron a un hermano hace un año, víctima de un entorno cruel e impune. A pesar de que los políticos en ambos países llenan la radio con promesas que son mentiras, dentro de esta casa la verdad es el pan de unión, la Rosca de Reyes.
Allí no hay cantos en la plaza, pero el silencio se rompe con el cuchillo hundiéndose en la Rosca. El acto de comer juntos el mismo pan que los españoles llevaron a México en el siglo XVI es un grito silencioso de identidad. La Rosca, con sus raíces en las Saturnales romanas y cristianizada para representar la huida de la Sagrada Familia, es su refugio.
Antes de partir el pan, Elena lee en voz alta la carta que su madre, Mercedes, envió por correo digital a sus parientes en México, integrando así ambas penas en una sola esperanza:
«Queridos primos: Hoy, mientras partimos el Roscón aquí en Sevilla, he puesto un plato por mi hijo que falta, y sé que ustedes, en medio de su encierro, están haciendo lo mismo por el hermano que les quitaron. No dejen que el miedo les robe la Rosca. Los políticos mienten, pero este pan es verdad. Somos un mismo pueblo, una misma sangre cristiana que sabe que la estrella de los Reyes siempre brilla más fuerte cuando hay oscuridad afuera. Coman el pan, busquen al Niño, y sepan que aquí, al otro lado del mar, hay un plato puesto también para ustedes. Si el Niño Dios se ocultó para salvarse de Herodes, nosotros nos unimos hoy en la mesa para salvar nuestra esperanza.»
El silencio en ambas casas se vio interrumpido por un sonido que no provenía de la calle, sino de la tecnología.
En Sevilla, el celular de Mercedes vibró sobre el mantel justo cuando Elena terminaba de leer la carta. Era una videollamada de un número desconocido con prefijo mexicano. Al aceptar, la pantalla mostró la mesa de los Valencia. Las dos familias, unidas por la misma sangre y el mismo luto, se miraron a través del cristal.
—Estamos comiendo el pan, Mercedes —dijo el patriarca mexicano con voz quebrada—.
Pero miren quién llegó a la puerta justo cuando empezamos a partirlo.
La cámara giró lentamente hacia el rincón de la sala. Allí, sentado y envuelto en una manta, estaba el hijo del campesino que todos daban por muerto, demacrado pero vivo.
Había logrado escapar aprovechando el descuido de sus captores durante el paso de una pequeña procesión local. Pero la sorpresa no terminó ahí.
Detrás del joven rescatado, en la penumbra de la casa mexicana, apareció una figura que hizo que Mercedes soltara el cuchillo en Sevilla. Era su propio hijo, el que se había marchado con los radicales. Tenía los ojos rojos de llorar y sostenía un pedazo de Rosca en la mano.
—Mamá… —susurró el joven desde México. Me enviaron aquí para «ayudar a la causa», para destruir los símbolos que nos unen. Pero cuando vi que aquí la Rosca no es religión, sino el único refugio que les queda contra la muerte, no pude hacerlo. Ayudé a este chico a esconderse. Entendí que, si rompemos el pan, nos rompemos nosotros.
En ese instante, en Sevilla, alguien llamó a la puerta de los Moreno. Elena abrió y se encontró con un hombre humilde, un inmigrante mexicano que trabajaba en las tierras de la provincia. Traía en sus manos una pequeña figura del Niño Dios, tallada en madera, que había encontrado tirada en la calle tras el paso de la cabalgata.
—Se le cayó a un rey mago —dijo el hombre. Sentí que debía traerla aquí.
Mercedes miró el plato vacío que había puesto por su hijo. Luego miró la pantalla donde su hijo la observaba desde el otro lado del mundo, protegiendo a un inocente. Comprendió que el «mal camino» se había curvado hasta devolverlo a la mesa, aunque fuera a través de una pantalla.
Mercedes tomó la figura de madera, la colocó en el centro de su Roscón y, por primera vez en años, no cortó una rebanada de dolor, sino de tregua. El Herodes de la violencia y el Herodes de la ideología habían perdido esa noche: la estrella no los había guiado a un pesebre, sino a un puente invisible hecho de harina, azúcar y perdón sobre el océano.
Sevilla viste de luces, la Giralda es un altar,
y en los barcos de la plata el pan cruza el ancho mar.
Harina de flor de trigo, azahar de los naranjales,
se vuelve en México abrigo de antiguas dichas reales.
¡Miren toda la corona! Círculo de fe y unión,
con sus joyas de acitrón que el fuego lento sazona.
Meten el cuchillo lento, que el azar va a decidir si hay tamales y sustentos
o si el haba hay que sufrir.
Quien encuentre al Rey Divino, pequeñito y de cristal,
que prepare el chocolate y bendiga este rincón,
que en México y en Sevilla late un solo corazón.





















