El presidente estadunidense Donald Trump cumplió su primer año de gobierno y pese al triunfalismo, es de dudar que tenga logros tangibles pero sobre todo duraderos, más aún cuando se encuentra enfrentado con grupos de ciudadanos, países aliados más cercanos pero sin haber afectado de fondo a su enemigo favorito: China.

El uso de la fuerza –no necesariamente violencia- como mecanismo central para el logro de su objetivo America First, pareció funcionar en los primeros meses de gobierno, pero haber subido el tono para hacerse de Groenlandia, la isla más grande del mundo, con superficie superior a la de México, ha resultado la línea roja ante la cual debió de haberse detenido.

Y más que por el hecho en sí de hacerse de esa isla, esa intención y su forma de expresarla, parece haber sacado de lo más profundo de Europa temores generados en el pasado por el totalitarismo y su resurgimiento actual.

La invasión de Rusia a Ucrania y la pretensión de Moscú de quedarse si no con toda ella al menos con un tercio o más de su territorio, fue la primera alarma que sonó en Europa y que con la administración Trump llamó a una acción decidida la cual ahora estamos viendo.

A falta de un gran líder europeo, como ha existido en otras épocas, ha tocado a los jefes de Estado y de gobierno de Francia, Alemania, Reino Unido, desde luego Dinamarca, y a la jefa de la Unión Europea, enfrentarse al jefe de la Casa Blanca para expresarle el cruce de la línea roja y que Europa no quiere revivir el totalitarismo, que hace un siglo comenzó a vivir.

Canadá, su vecino, socio y aliado al norte, inició la segunda quincena de este enero con un viaje a China, país que representa “enormes oportunidades”, se lee en la página electrónica del primer ministro canadiense Mark Carney al dar cuenta de esa estancia.

Esa visita importa a México. En el corto plazo porque significa la complicación de la próxima revisión del Tratado comercial de América del Norte, y segundo porque es un ejemplo de que es posible enfrentarse al coloso más que con un nacionalismo decrépito.

Con China parece haber bajado el tenso discurso de los primeros días, pero la realidad del país asiático que lo motivó sigue intacta. Justo con el inicio de esta semana la segunda economía del mundo informó el crecimiento el año pasado de su Producto Interno Bruto de cinco por ciento anual, y perspectivas de 4.6 a 4.8 por ciento para este 2026.

El rubro comercial chino mostró también cifras positivas: el balance 2025 entre exportaciones e importaciones arrojó superávit de 1.19 billones de dólares, 20 por ciento más que en 2024. Y si Washington le cierra las puertas con altos aranceles, se las abren la Unión Europea, África, el sudeste asiático y América Latina.

En contraste cifras preliminares para la economía estadunidense apuntan al 2.3 por ciento de crecimiento para 2025, además de baja en su déficit comercial en cifras de octubre, gracias a menos compras al exterior y más ventas, pero con crecimiento anualizado de 7.7 por ciento, también en números preliminares explicados por el cierre de actividades del gobierno estadunidense debido a la falta de acuerdo en su presupuesto.

Debe aceptarse que las cifras del primer año de gobierno del mandatario republicano son insuficientes par una evaluación global, y hasta pueden tomarse como positivas, aunque hay un abismo entre los números y la fuerza del discurso verbal.

En un sistema democrático lo importante es la opinión del ciudadano, y esta se mantiene desfavorable al mandatario, donde de acuerdo al seguimiento de The New York Times, 55 por ciento de sus electores lo desaprueban ante la aprobación del 41 por ciento, 14 puntos de diferencia que se ven fundamentales para las elecciones legislativas de noviembre próximo.

Por eso es importante la situación en el centro norte estado de Minnesota, fronterizo con Canadá, donde muchos de sus ciudadanos han respondido al asesinato de una de sus ciudadanas por el servicio de inmigración federal, y donde el gobierno federal estadunidense ha mantenido su discurso de fuerza sin importarle que vaya a perder votos.

¿Se queda solo Trump respecto de sus aliados y su electorado? Sería apresurado decirlo, porque al mandatario se le debe reconocer obstinación e imaginación. De hecho su muy importanprecisión en el Foro de Davos de que podría utilizar la fuerza militar para hacerse de Groenlandia pero no lo hará, marca una importante rectificación pero de ninguna manera que se vaya a abstener de emplear otras armas de su vasto arsenal.

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