Sydne Mariel Mendoza Mera.
El Foro Económico Mundial en Davos volvió a cumplir su ritual anual: líderes políticos, élites económicas y tecnócratas globales reunidos para “pensar y definir el futuro internacional”. Sin embargo, este año el mensaje es menos maquillado y mucho más inquietante. Bajo los discursos de cooperación y estabilidad se asomó una verdad incómoda: el orden geopolítico que conocíamos ya no alcanza para explicar —ni para contener— el mundo actual.
En Davos quedó claro que existen, al menos, dos visiones enfrentadas. Por un lado, quienes defienden la vigencia de las instituciones multilaterales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial —Naciones Unidas, el derecho internacional, los acuerdos y tribunales— como marcos legítimos para resolver conflictos. Por el otro, un bloque emergente que, sin decirlo abiertamente, actúa como si esas reglas fueran ya obstáculos y no soluciones.
La pregunta dejó de ser si el sistema internacional está en crisis; la pregunta ahora es quién tiene el poder suficiente para ignorarlo. Los conflictos armados recientes, las tensiones comerciales, las sanciones selectivas y las guerras “administradas” han evidenciado algo que en Davos ya no se disimula: el derecho internacional parece avanzar a una velocidad mucho menor que la geopolítica del poder. Las normas existen, pero su aplicación es desigual; los principios se enuncian, pero se negocian según la conveniencia estratégica.
Aquí es donde Foucault probablemente levantaría una ceja —o las dos—. Porque lo que estamos presenciando no es solo un reacomodo de alianzas, sino una reconfiguración de los discursos de legitimidad. El poder ya no se justifica apelando a la ley, sino a la urgencia, a la seguridad, al mercado o a la estabilidad. No importa tanto quién tiene la razón, sino quién tiene la capacidad de imponerla y narrarla.
Davos 2026 nos muestra que el “nuevo orden” no se está construyendo mediante consensos globales, sino mediante correlaciones de fuerza. Las grandes potencias hablan de paz mientras redefinen zonas de influencia; se invoca la cooperación mientras se normaliza la excepción. El resultado es un escenario donde las reglas siguen ahí, pero ya no obligan a todos por igual.
Lo verdaderamente inquietante no es que el sistema esté cambiando —eso es inevitable—, sino que el cambio ocurra sin un marco ético compartido. Cuando el poder rebasa al derecho, lo que queda no es libertad, sino incertidumbre. Y en esa incertidumbre, los Estados más débiles, las poblaciones desplazadas y los derechos humanos suelen ser las primeras víctimas.
Davos no es solo un foro económico: es un espejo. Un reflejo de un mundo que ya no discute si necesita nuevas reglas, sino quién las escribe y para quién aplican. Tal vez por eso el debate no es si Naciones Unidas sigue vigente, sino si aún tiene la capacidad de limitar al poder cuando este decide avanzar sin permiso.
El desorden global ya no es una anomalía: empieza a parecer la nueva normalidad. Y frente a eso, la pregunta incómoda persiste: ¿estamos presenciando el nacimiento de un nuevo orden internacional… o simplemente el triunfo del poder sobre el derecho? Si Foucault estuviera observando Davos, probablemente no hablaría de crisis institucional, sino de desplazamiento del poder. El poder ya no necesita esconderse detrás del derecho ni de la diplomacia; ahora se ejerce de forma directa, visible y, en muchos casos, descarnada. No se negocia: se impone. No se persuade: se demuestra. Maquiavelo lo habría reconocido de inmediato: quien tiene el poder no está obligado a justificarlo, solo a hacerlo efectivo. En este nuevo tablero geopolítico, la diplomacia cede terreno frente a la fuerza —económica, militar o tecnológica— y el derecho internacional queda reducido a un lenguaje ceremonial. Davos no anunció un nuevo orden mundial; confirmó algo más inquietante: que el poder ha dejado de disimular y ha decidido actuar sin metáforas.
¡Hasta pronto!


















