Una esquina. Él llega temprano todos los días. No le importa si el frío le hiela las manos o el calor las abrasa, sabe que tiene que estar en ese lugar aunque le cueste salud, la poca que supone le queda.

La calle lo aturde, lo salva de afrontar falencias. Tiene la piel soleada como la del agricultor que no es, pero quisiera. No le importa que lo miren con desconfianza, conoce de eso desde hace treinta años. Es un letrado de la vida, de las miradas de reojo y el gesto que indica al otro, sin decir, “tené cuidado”.

Sí, es un maestro de la desconfianza, la que le demuestran con muecas cuando se acerca a cada auto que frena ante el rojo del semáforo. No le importa, lo necesita, es un auto castigo que le recuerda lo que no debe hacer y lo que sí.

La botella es su aliada, la que lo acompaña y genera el movimiento de las manos, que muchas veces se entumecen por el hastío.

El hombre camina, saluda. La sonrisa es inconclusa porque evita mostrar el vacío de su boca y a los labios lastimados por la ventisca que arremete contra la Avenida.
Piensa en su Santiago, la misma del famoso Leo Dan. El Santiago añorado al que quiere volver.

Santiago del Estero, la provincia de clima que abrasa, la que guarda una niñez en la que la pobreza no fue un obstáculo para que fuera feliz.

Ampara bajo la remera una cadena y tres imágenes en plata que penden. Son su tesoro. Las acaricia cada tanto. La Virgen de Sumampa, que es Nuestra Señora de la Consolación, la que perdura en el Santuario histórico y único de la época virreinal; siente que esa imagen pequeña de arcilla cocida donada por un portugués, lo protege. Sí, se suma la que se le apareció a la joven Telésfora allá por el 1820, la Virgencita de Huachana y la Virgen del Carmen, la que le colgó su madre cuando viajó a Buenos Aires. Y siempre invoca a Mamá Antula, santificada y que es la figura central de la fe de Santiago.

El clima caluroso no lo sofoca. Está acostumbrado a pisar descalzo sobre la tierra caliente. Siente sed, pero no bebe de la botella que lleva en sus manos. De vez en cuando se acerca a una heladera portátil pequeña, que apoya junto a un árbol y bebe el líquido de un recipiente que guarda.

Sabe que debe soportar la mayor parte del día en esa esquina, es una promesa. No quiere pensar. Observa. Conoce las caras de la mayoría de los que pasan en sus autos, sabe sus horarios. Muchos, al frenar ante la luz roja, lo saludan y otros tantos le dejan una propina por limpiar los cristales del vehículo y eso para él, es una moneda de oro.

Besa una y otra vez las medallitas. Reza y agradece a cada hora. Sabe que tiene que frenar la necesidad que lo atormenta, debe hacer hasta lo imposible porque es una promesa
Recuerda. Buenos Aires lo recibió, pero cambió su vida. No en todos lados hay gente buena, lo sabe bien. Era un provinciano inocente con la blancura de sentimientos heredados. No le habían enseñado a pensar mal de los demás, pero cayó en la red de la que no es sencillo salir, no lo ignora. Pero el dinero que junte tiene destino, juró por ello.

Con agua de la botella, bendice a cada uno de sus clientes. El Padre Juan, lo sabe. “Ese sí, que es un tipo de Luz”, opina cada día al regresar de la iglesia.

En los momentos que su adicción pide recompensa, acaricia las medallas, respira profundo. No puede gastar lo que gana, es para ella. Trata de mirar hacia adentro, busca en su corazón a la santa principal y por la que daría hasta la vida: su madre.