La renovación de la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas muy probablemente será otro de los objetivos de conquista del actual gobierno de Estados Unidos, y se convertirá, en consecuencia, en campo de batalla diplomática donde las grandes potencias medirán fuerzas.
Pero antes de esa batalla importa responder ¿es importante la ONU como para volverse escenario de confrontación de las potencias?
El sistema de las Naciones Unidas está integrado por entidades que atienden lo mismo la salud que el desarrollo, el medio ambiente o las telecomunicaciones. Tiene un doble centro donde reside el eje central de su poder: la Asamblea General y el Consejo de Seguridad.
Recordemos aquí, para no entrar en prolijas explicaciones, que en los hechos el poder de veto que tienen China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, a los cuales se suman 10 con una periodicidad cada uno de dos años, hace que el poder real de Naciones Unidas resida en ese órgano por el poder de veto de cada uno de esos cinco países, los ganadores de la II Guerra Mundial.
Entre problemas de burocracia y presupuestales, ese veto ha hecho que Naciones Unidas carezca de efectividad para el logro de sus propósitos, centralmente mantener la paz y la seguridad internacionales, aunque sigue siendo un buen lugar para la queja y la denuncia.
En el proceso de renovación de su secretario general, sería casi un hecho que Estados Unidos buscara influir y llevar a alguien que comulgue con su credo actual, usando su poder de veto contra cualquier aspirante que se salga del redil.
Empero, la erosión interna que ha tenido el presidente Donald Trump por la actuación de sus agentes de migración podría traer la novedad de que no buscara imponer a quien siga su misma visión, y mejor prefiera a la nueva Junta de Paz, la cual fue creada supuestamente para Gaza, pero ya es vista como réplica de la ONU y en donde impondría sin más problemas sus designios.
En cualquier caso la posición de Washington será determinante para quienes busquen la secretaría general de la ONU.
La vía de de apoderarse de la ONU prácticamente cerraría el camino a la candidatura de la expresidenta chilena Michelle Bachelet, postulada de manera conjunta por el gobierno de su país más los de Brasil y México, país este que dejó a su precandidata Alicia Bárcena, y quien probablemente hubiera sido menos cuestionada por Washington que la aspirante chilena.
De la dos veces presidenta del país sureño se recuerda su condena al asalto al Capitolio, sede del Congreso estadunidense, durante el proceso de calificación de la elección presidencial de 2020, cuando Donald Trump falló en su intento de reelegirse, y ella llamó a los líderes políticos, incluido el entonces mandatario estadunidense, a que rechazaran “las narrativas falsas y peligrosas y animen a sus seguidores a que también lo hagan”.
Ese exhorto de quien era en ese año Alta Comisionada para los Derechos Humanos podría basta ahora para que Washington la vetara, o bien que Estados Unidos ignorara el proceso de cambio de la secretaría general profundizando su alejamiento del llamado máximo organismo internacional.
La postulación oficial de Bachelet se da a menos de 40 días de que Gabriel Boric deje la presidencia de Chile a José Antonio Kast, sin que este haya apoyado explícitamente a la exmandataria, lo que abre la puerta a que pierda fuerza la candidatura y hasta sea posible el panorama de que postulada por tres gobiernos, al final la acompañen solo dos, el de Brasil y el de México.
Pero hay dos rivales que podrían quitar toda posibilidad a Bachelet: uno, Rafael Grossi, titular de la Agencia Internacional de Energía Atómica, nominado ya por el gobierno de Argentina que preside Javier Milei, cercano al gobierno Trump.
Y otra, la exvicepresidenta de Costa Rica, Rebeca Grynspean, cuya nominación fue anunciada por el presidente Rodrigo Chaves en octubre pasado, y cuyo peso aumenta tras la victoria en las elecciones presidenciales de Laura Fernández Delgado, postulada por Pueblo Soberano, el partido de Chaves, y de filiación cercana a la visión de Trump.
Con todo este contexto, lo que también se revela es la desunión latinoamericana, pues podría darse el caso de que en lugar de que la región llegue nucleada en torno a un solo aspirate, podría darse que se presente con tres pretendientes.
Otras candidaturas son posibles aún, sin embargo si Estados Unidos decide hacer valer su peso, sin duda Bachelet sería difícil que llegara, lo que formula la pregunta: ¿que necesidad tiene el gobierno mexicano de abrir una arena de disputa con Washington con una candidatura que aparece cómo débil?
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