Todos los pueblos tienen historias. Las que resultan interesantes perduran en el tiempo gracias al boca a boca que transgrede el “no te metas”. Recuerdo la que sucedió en Dolores.
Ramón ayudaba a sus suegros, un matrimonio de Orense, en la panadería que habían adquirido mediante esfuerzos y empeño en el trabajo, años atrás.
La hija de los gallegos, Manuela, era una mujer de poco hablar y similar a sus padres en las labores del negocio. El marido procedía opuesto a ella, desde la caja saludaba a cada cliente con excesiva amabilidad y daba pié para entablar conversaciones que tocaban todo tipo de temas.
—Buenos días, mi amigo ¿Cómo lo ha tratado la humedad de éstos días de lluvia?
—Buena mañana, mi querida vecina. Espero que su perrito haya sanado de la intoxicación.
—Hola, estimada señora ¿Cuándo viaja hacia la provincia de Mendoza para ver a su familia?
Y posterior al abanico de preguntas que variaba según el vecino, religiosamente, Ramón los despedía con un: “Muchas gracias, muy amable”, al que acompañaba con un movimiento de cabeza. Ante esa cortesía por parte del hombre, su nombre real pasó al olvido porque los vecinos le pusieron como apodo: “Muchas gracias, muy amable”. Remarcando de tal forma, su educación y trato.
La familia de los panaderos era un ejemplo desde dónde se los observara. Intachables en todo lo que se conocía acerca de ellos. Creyentes y asiduos asistentes a la parroquia. Tres veces por semana, Manuela visitaba a la Hermanas de la Caridad pues se encargaba de llevarles donaciones de los vecinos y cosas suyas, que consideraba serían necesarias para los niños del orfanato. Luego se quedaba a jugar y cantar con ellos.
Una tardecita de verano en la que los vecinos sacaban sillas y bancos a la vereda para charlar, pasó el diariero con la 5ta. de La Razón, un periódico reconocido en aquellos años. Ese 20 de enero, la mayoría los vecinos compró el diario, porque también estarían al día con los acontecimientos del país. La sorpresa fue que, en primera plana, estaba impresa la cara de Ramón encabezando un artículo de policiales. “Muchas gracias muy amable” aparecía como jefe de una banda que había robado la fábrica de toallas y sábanas de la ciudad cercana, alguien lo había señalado.
Pasaron los días en los que se manejaron todo tipo de hipótesis, porque tanto los panaderos como su hija Manuela habían enmudecido y hacían uso del silencio ante cualquier pregunta insidiosa.
Una mañana, a los seis meses de su ausencia en la panadería, “Muchas gracias, muy amable”, reapareció y ningún vecino se atrevió preguntar algo. Lo único que se supo fue que Ramón había sido sobreseído de culpa y cargo por falta de mérito.
Como era costumbre, el domingo, una gran parte de los pobladores asistieron a misa. Al final de ella, el párroco, habló.
–Queridos hermanos, quiero hacer público el agradecimiento en nombre de las Hermanas de la Caridad y mi Bendición para quién sea el donante anónimo que, el 15 de enero, envió toallas y sábanas para el orfanato.
Todos nos miramos perplejos.