Seis días con la radio descompuesta, la comunicación cortada y el motor que no marcha. La jodidez total afirma el Morro mientras avienta la llave stilson a la caja de herramientas y se quita el sudor de la frente con los dedos. El sol brilla inclemente, la temperatura supera los cuarenta grados. En el horizonte parecen unirse el cielo y el mar. Nada, ni una nube, un helicóptero o un avión que vengan al rescate. Nada, ni un barco o una isla que se vislumbre en lontananza. ¿Y ahora? pregunta Bobó, con voz quebrada por el miedo. Ahora a joderse, contesta el Morro, porque sólo sobrevivirán los más chingones. Nos refugiamos bajo la lona porque la cabina de la barcaza está que arde. Bobó, un joven de veinte años, nos da la espalda para que no lo veamos llorar; y es que apenas hace un mes que se robó a la muchacha más linda de su favela: una costeña menudita, delgada, ojos lindos y coquetos, labios sensuales, cinturita breve, pechos generosos con diminutos pezones que se dibujan en la blusa, caderas esculturales y piernas bien formadas que hace lucir cuando se sienta en el malecón y se sube la amplia falda para refrescarse con el viento.
Día veinte. Tormenta inminente. El Morro, un negrazo fortísimo, de torvo aspecto, cicatriz que cruza su cara, acomoda el toldo para recoger el agua de lluvia en los tambos. La barcaza se bambolea como caballo salvaje, remonta las crestas de las olas y se desploma como si fuera a hundirse. Al menos nos hemos librado del sol inclemente, reservado agua potable y bañado con agua dulce. Noche de luna llena, cenamos los restos crudos de un pez que el Morro atravesó con un arpón que construyó con una bayoneta y una garrocha. Bobó extraña a su mujer, pregunta: ¿cuánto tiempo aguanta una mujer sin tener sexo? El Morro contesta: dos noches. No, replica el joven, ¿cuánto tiempo esperan las mujeres a sus hombres cuando éstos se han hecho a la mar? Dos horas, contesta el negro, hasta que el barco desaparece en el horizonte. No -chilla Bobó-. Tú, gringo, contesta. No soy gringo, pero así son los costeños, cualquier güero recibe ese mote. No sé, le digo, en Europa nuestras mujeres están acostumbradas a esperar. Lo han hecho en todas las guerras, algunas no vuelven a casarse. El Morro escupe al suelo y lo ve despectivamente.
Día cuarenta. Estamos irreconocibles, desaliñadas barbas y largas melenas nos dan aspecto siniestro, lucimos flacos. El Morro parece pantera cuando cruza la barcaza para arponear un pez; hay que decirlo, estamos vivos gracias a él; Bobó extraña a su mujer; por fin, después de dos noches en vela ha logrado conciliar el sueño y sus ronquidos no nos dejan dormir. El Morro, enfurecido, incapaz de contener su envidia y el deseo de poseer a la joven costeña, suelta la lengua. Es un pendejo, dice, cree que su vieja llegó virgen a él y que es el único que se la anda tirando, pero es una puta, coquetea con todos y se entregó a él cuando terminaba su regla, aún así dicen que en el catre sólo hallaron unos tenues hilillos de sangre que Bobó confundió con la virginidad. Antes que él, tuvo un amante. Un extranjero que vive en la colonia rica del puerto. Dos veces a la semana lo visita, pasan la tarde juntos, al despedirse, ella -con el dinero que él le ha dado-, va al centro comercial y hace compras para la familia. Sus padres lo aceptan porque gracias a eso viven mejor que el resto de los vecinos. ¿Sabías que su casa no es láminas de cartón y tablas?
Día cincuenta. Estamos muriendo de sed y hambre, pero lo que realmente mata a Bobó son las burlas y los comentarios mordaces del Morro sobre las mujeres que se quedan solas, hace un inventario de las que lo recibieron en su cama mientras sus hombres luchaban por sobrevivir en el mar. Temo que el día menos pensado Bobó se le enfrente y haga que el negro lo mate.
Día sesenta. El Morro, con el afán de molestar a Bobó, habla de las mujeres que fingen la virginidad. Algunas, dice, se introducen en el cuerpo pequeñas ampollas hechas con tripas de cerdo pulidas hasta dejarlas tan delgadas como un ala de mosca, rellenas con sangre de gallina y todavía los rependejos afirman haber visto partes de la membrana rota. Las hay también, continúa, que esperan a que les llegue su regla, gritan y fingen dolores insoportables y los tarugos se ufanan por las enormes manchas de sangre en los catres.
Día setenta. La hora de más calor, el Morro suda copiosamente y trata de dormir; Bobó finge pescar con el improvisado arpón, de pronto carga contra el negro, éste se hace a un lado pero la bayoneta atraviesa su brazo izquierdo. Veo un gesto de dolor e ira reflejado en su rostro, mientras Bobó es la imagen del miedo, chilla ruidosamente sabedor de lo que le espera por haber fallado. El Morro desenvaina la daga que ocultaba bajo el cinturón y repele el ataque. Ambos se producen profundas heridas, la cubierta se tiñe con su sangre. El negro es más fuerte pero el joven ha recuperado la calma y es animado por el rencor. Se escucha un golpe seco cuando la bayoneta rompe las costillas del Morro y se introduce en su pecho. Sale espuma y sangre de su boca, emite un gemido y queda inmóvil sobre cubierta. Bobó se desploma exhausto.
Día ochenta. Ni Bobó ni yo hemos vuelto a hablar del Morro, pero ambos carecemos de habilidades para conseguir comida. Nos vamos extinguiendo. Bobó me acosa con preguntas: ¿cuánta sangre debe salir cuando se desflora a una mujer? ¿Cuántas vírgenes has tenido? ¿La sangre de la regla es diferente? Pregunta si vivo en casa o en hotel y si he terminado lo que estoy escribiendo. Le digo que en hotel. Dice no entender a qué me dedico. Corresponsal de una revista inglesa, respondo. Pregunta si pienso que su mujer es guapa, qué es lo que me parece más atractivo de ella, si me he fijado en sus pechos, sus caderas o sus piernas. Contesto que no sé, estoy ocupado con mi novela. Se atormenta a sí mismo al platicar intimidades de ella, que si sus pechos son duros, que si el sabor de sus partes íntimas le recuerda el de los árboles recién talados; que si enloquece cuando le muerde el cuello… Que mientras él se viene una vez ella lo hace hasta cuatro entre gritos y gemidos; y él atisbando para ver mis reacciones y yo tratando de ocultar una terrible erección que me va delatando. Finalmente concluye que su mujer me gusta, que la deseo, le digo que no, pero él insiste, es imposible que no sea así, pero me advierte que si muere no se irá solo, no permitirá que se la quite. Descubro odio en su mirada.
Día noventa. Bobó es un guiñapo, perdió demasiada sangre en la pelea y algunas de sus heridas se infectaron, huele mal, huele a muerto. Su fin debe estar próximo y él lo sabe. Finge pescar, yo me hago el dormido, por fin toma sigiloso el arpón y lo apunta contra mi pecho, lo esquivo, escucho el ruido seco que produce la bayoneta al penetrar en la madera de la cabina. Queda atascada en ella, Bobó se desentiende de mí, trata de zafar el arma, aprovecho y le doy fuerte patada en la entrepierna, cae, se levanta, lo vuelvo a golpear, castigo su rostro con mi rodilla, es una máscara sanguinolenta. Lo agarro del cinturón y la garganta, lo arrojo por la borda, el mar se tiñe de rojo por su sangre, implora perdón, trata de subir varias veces a la barcaza pero lo rechazo con la garrocha, entonces veo que no estamos solos, él también lo nota. Las aletas se acercan veloces, grita desesperado, lo vuelvo a rechazar, miro al enorme animal, se lo lleva entre las fauces. Se hace el silencio pero vuelve a aparecer lo que queda de él, un nuevo ataque deja el agua cubierta de burbujas… dos noches después Bobó se asoma por la borda, veo su cuerpo mutilado y entre los silbidos del viento escucho su sentencia: eres un asesino quisiste apartarme del camino pero no lo lograrás, te perseguiré hasta el mismo infierno, no volverás a poseerla. Reacciono sobresaltado, lo ataco una y otra vez, trata de quitarme el arpón, comprendo, me estoy volviendo loco.
Día ¿cuál? Me he rendido, tendido bajo el toldo espero la muerte. No los veo llegar, de pronto un oficial de la marina pregunta mi nombre, me acuestan en una camilla y me llevan a un guardacostas. Preguntan por los otros dos hombres. Se mataron entre sí, respondo. Al llegar a puerto los peritos hallan sangre de dos tipos que no corresponden a la mía; además no tengo cicatrices ni heridas provenientes de riña. Me declaran inocente, estoy libre de sospecha.
Me encuentro en la zona rica de la ciudad, en el departamento cuya renta paga la revista; atisbo por el balcón; llega ella, nadie la sigue. Entra a la casa, sube las escaleras, me ve, sonríe nerviosa, veo sus ojos lindos y coquetos, su diminuta cintura, sus pechos generosos, sus pezones dibujándose en la blusa, sus caderas de virgen vestal, sus piernas alargadas que descubre para refrescarse en cuanto se sienta. Veo pasar frente a mis ojos, como un relámpago, su blanca ropa interior. Nos besamos y lamemos cada palmo de piel, con la desesperación y el hambre que sólo conocen los que han estado separados largamente, nos poseemos con furia animal, percibo el sabor de su sexo a madera recién cortada. Recuperada la calma me lleva al espejo del tocador, aprieta su espalda a mi pecho y cubre con mis manos sus senos; ve largamente esa imagen como si la quisiera llevar en su mente para siempre, se da la vuelta, sus brazos se cuelgan de mi cuello, me da un beso prolongado, su aliento sabe a menta y a canela. Oculto tras el balcón la veo caminar hasta la avenida del malecón y dar vuelta hacia el centro comercial, sobre el tocador están mi pasaporte y el boleto de avión con destino a Londres…




















