Por: Sydne Mariel Mendoza Mera
Cada año, el 14 de febrero irrumpe en nuestra cotidianidad con vitrinas
teñidas de rojo, promociones especiales y mensajes que nos
recuerdan que es el “Día del Amor y la Amistad”. Pero detrás de los
globos y las flores hay una historia que comenzó mucho antes de que
existieran las campañas publicitarias.
La tradición se asocia con San Valentín, sacerdote romano que, según
la leyenda, celebraba matrimonios en secreto durante el mandato del
emperador Claudio II, quien habría prohibido las bodas entre jóvenes
soldados. Con el paso del tiempo, la fecha fue incorporada al
calendario cristiano y, siglos después, en la Europa medieval comenzó
a vincularse con el amor romántico, especialmente a partir de
tradiciones literarias inglesas y francesas.
En el siglo XIX, la celebración se consolidó en Estados Unidos
mediante el intercambio de tarjetas impresas y obsequios, práctica
impulsada por el desarrollo de la industria editorial y postal. Desde ahí
cruzó fronteras y llegó a México, donde comenzó a popularizarse
durante la primera mitad del siglo XX, particularmente entre las
décadas de 1940 y 1950, en paralelo con el crecimiento urbano, el
comercio formal y la influencia cultural estadounidense.
Sin embargo, en nuestro país la fecha adquirió un matiz propio. No se
quedó únicamente en el amor de pareja. Se amplió hacia la amistad,
hacia el gesto compartido en el aula, en la oficina, en la familia. En
México, el 14 de febrero no solo habla de romance; habla de
comunidad.
Por supuesto, es innegable su dimensión comercial. Las dinámicas de
consumo lo han convertido en uno de los días más activos para ciertos
sectores económicos. Pero reducirlo únicamente a eso sería
simplificarlo demasiado. Las fechas simbólicas funcionan como
recordatorios culturales. Son pausas en el calendario que nos invitan a
mirar algo que, en la prisa cotidiana, solemos dejar en segundo plano.
Quizá el verdadero sentido del 14 de febrero no esté en el tamaño del
regalo, sino en la intención que lo acompaña. No en el precio de las
flores, sino en el gesto de decir: “te veo”, “te agradezco”, “valoro que
estés en mi vida”.
Más allá del consumo, esta fecha puede ser una oportunidad para
mantener presente algo esencial: nuestra capacidad de amar. Amar en
todas sus formas —amistad, pareja, familia, solidaridad— como una
práctica cotidiana y no como un evento anual.
Porque si el 14 de febrero logra recordarnos que seguimos siendo
capaces de afecto, de empatía y de vínculo, entonces su sentido
trasciende cualquier escaparate. Y eso, quizá, es lo que realmente
vale la pena celebrar.
¡Hasta pronto!


















