Los animales, de fuera abajo, miraban del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible decir cuál era cuál.
George Orwell

¡Híjole, mano! Si te contara… la cosa en la Granja de los Lardos está de la patada, pero con un barniz de alta alcurnia que ya quisiera cualquier virrey de banqueta. Ahí tienes a los De la Garza y Tocino, unos cerdos que de tanto leer su perfil en redes sociales y andar en retiros de Ayahuasca corporativa, ya se les olvidó que nacieron entre el lodo. Ahora se sienten personajes de una novela de Ibargüengoitia, pero con el presupuesto de una transnacional.

Imagínate al «junior» de la piara, un cerdo que se dice «Yogui» pero que la única posición que domina es la de la pezuña sobre el billete y la tranza. El tipo te habla de vibrar alto, de seres de luz en un lenguaje Oinc que suena a posgrado en una universidad gringa, obvio, pagado con el dinero de la exesposa y las relaciones públicas de ésta: —Oinc, bro… es que la abundancia es un mindset. Namaste en el juzgado, pero en la licitación, mételes el colmillo y empínalos. Especialmente, chingate a esa tal que me tiene harto con sus cuentitos.

Esos son los peores, los vendedores de ilusiones. Te venden una «experiencia de trascendencia y mercadotecnia de la felicidad» mientras te están jineteando la lana de la pensión o viendo cómo a una damita noble le quitan los hijos y lo bien ganado en años de esfuerzo. Son cerdos que ya no dicen «gruñido», dicen «discurso disruptivo deconstruido».
Luego están los legistas del chiquero, esos cerdos de cuello blanco que cargan el Código Civil como si fuera un recetario de cocina. Para ellos, la ley no es pareja, es una liga que estiran hasta que se vuelve un nudo ciego. Practican el derecho torcido, como rabo de cuchi, con una elegancia que daría miedo:

• Si el cliente es de la familia Puerco-Sainz, el delito es «una travesura de juventud».
• Si es un lechón de la periferia y el barrio, clase obrera, pelos de puerco spin tipo punk, ahí sí, que le caiga todo el peso del chicharrón.

Como el caso aquel de la hija de la viuda pobre a quien le quitaron los hijos, sus bienes, y además, dijeron que estaba loca. Chiquero pequeño, infierno grande, uno se entera compa, no es que ande uno de chismoso oliendo purín.

Es una tragicomedia total: el embaucador mayor, que igual te organiza una red de trata de escorts, que te da una conferencia sobre «Nuevas masculinidades porcinas», se mueve en las sombras de la geopolítica de barrio. Dice que el país no está en crisis, que solo tiene un «brote de esquizofrenia creativa propia de artistas parásitos».

Lo más gacho es cuando llega la hora del «networking». Ahí ves a los cerdos fantoches, los que se disfrazan de rurales en los congresos del pulque, los que traen el apellido galante pero la conciencia negra como mole de olla y Río de los Remedios, usan bigototes de rock star tipo ZZ Top en La Grange. Se sientan a la mesa y, con una sonrisa de comerciales de pasta de dientes, empiezan a comer a otros cerdos.

Pero no creas que es una carnicería vulgar y antihigiénica, ¡qué va! Es un «proceso de adquisición de talento». —Mira, mano —le dice un marrano de cuello blanco a un lechón de la Generación Z—, no es que te esté quitando tu herencia, es que te estoy haciendo un «ghosting» patrimonial para que aprendas a ser resiliente y, además, Namaste. Todo chido, no hay resentimiento, suelta, respira, solo control mental de Kaliman.

Estos cerdos ya no saben ni qué especie son. Se sienten ciudadanos del mundo, analistas de la «geopolítica del chiquero», payasos del renacimiento, pero se infartan si el precio del maíz sube dos centavos por dólar. Son esquizofrénicos de nacimiento: por un lado, lloran en sus rituales por los desposeídos y por el otro, están moviendo influencias para que el nuevo complejo de departamentos lujosos se construya sobre el pantano de los pobres a un lado del acueducto de no sé dónde. Digo, me contaron.

Es el humor de Aristófanes, pero en un tianguis de influencias. Son los herederos de Orwell que, en lugar de prohibir los libros, mejor se hicieron influencers de señoras que no les conocen el pasado destructivo y para que nadie los lea. Al final del día, se miran al espejo, y no ven un animal con rabo de sacacorchos; ven a un «arquitecto de realidades», mientras se limpian la grasita del hermano que se acaban de almorzar con una servilleta de lino. Su siguiente víctima es un jamón jota Vintage.

¡Una verdadera joya de la picaresca porcina, patrón! ¿Qué más quieres que te cuente de estos tipos que, de tanto querer ser humanos, terminaron siendo los seres más raros de la creación?