No recuerdo la causa, pero salí a caminar como si la necesidad de moverme fuera imperiosa.
Aquella mañana, la calle me pareció misteriosa. Creí estar en un lugar desconocido. Las veredas se acercaban y me invitaban a pertenecerles. Los árboles parecían practicar una melodía en la que la brisa provocaba un bisbiseo, que se transformaba en una melodía movilizadora de sentimientos.
Entre los carteles que aparecían colgados, pegados otros en diversos espacios, uno me llamó la atención. La frase era conocida, parecía pintada a mano sobre la madera que la mostraba diferente y decía: “Mi ego no se vende”. Había leído sobre Fernando Salimbene, más conocido como Nandon. Supe que era un artista de Buenos Aires que desarrollaba sus obras de manera conceptual y realizaba intervenciones urbanas en ciudades de Argentina y que esa estética propia los hacía personales.Era indudable que estaba cumpliendo con su propósito de interactuar con los que la leyéramos y nos reformuláramos, qué era el ego para cada uno.
Miré alrededor. La gente que caminaba y pasaba a mi lado, parecía no verme. Algunos hasta me rozaban por el apuro, pero yo no significaba ni una sombra.
Consideré que cada transeúnte tenía sus problemáticas y las llevaba a cuestas aunque la brisa los despeinara, las hojas de los árboles los hiciera sentir vivos por el cosquilleo que producían pero, a pesar de eso, estaban inmersos en un mundo privado, real, infranqueable y sin oferta de venta. Y ahí, pensé en mi ego.
Mi voz interior le daba una estructura a mi psiquis, le sumaba identidad; entendía que era como una balanza mediadora que me fiscalizaba los miedos y me acercaba a un estado de razón controlada sin que dejara de quererme.
Cuando lo descubrí con la otra, mi ego acalorado no pudo detenerse ante el deseo de trompear las caras de ambos; no fue una actitud de querer tener la razón sin mostrar y demostrar que me había hecho mierda, creer en el amor.
Me sentí nada. Sin valor alguno, una piltrafa de la vida. Me pregunté si ellos se sentían valiosos, si hacer daño había fortalecido sus egos, si se sentían por encima de mi dolor y disfrutaban de ello.
La pérdida estaba formalmente declarada y valía la incógnita de entender, si ellos estaban del lado de un logro que los hiciera sentir mejor, que cuando el engaño permanecía oculto. Era posible que estuvieran no tan en la zona de confort frente al descubrimiento y que el cambio no les diera seguridad, ya que era algo nuevo para afrontar.
No me sentí desgraciada, todo lo contrario, me autoagradecí por haber tenido el coraje de no victimizarme y actuar. Tampoco creí que aumentaba mi ego, no. Traté de sacar a la luz lo que me hería y molestaba al otro.
Quizá, la problemática me ayudó a balancear esa identidad endeble que muchas veces nos maltrata. No quise compararme ni sentir lo que ellos sintieron cuando ingresé, en el momento menos pensado, a la habitación de la casa de la playa y en la que hacía una semana, mi marido, me había jurado amor eterno.
No voy a comparar situaciones porque tampoco fui sincera, les dije que estaban en libertad de hacer lo que ellos quisieran; ignoro si mi autoestima aumentó en exceso, no tengo pensado medir nada, en absoluto. Quizá logré tener el ego al que “Freud define como mediador entre los instintos y la moral”. Solo sé que mi ego rebalsa de amor por quién será el padre de nuestro futuro hijo. Entonces volví a tener frente a mis ojos el cartel pintado sobre madera y que parecía hecho a mano, en el que decía: “Mi ego no se vende.”





















