Para Juan Luis de la Rosa
Excelente ser humano

Éramos cinco inseparables amigos: Luisi, Montse, Pablo, Memito y yo
-Sergi-, todos de once años; vivíamos en un fraccionamiento rodeado por bosques de pinos, en las afueras de la ciudad. Los fines de semana recorríamos en bicicleta anchos caminos de tierra abandonados desde hacía años. Era la hora de volver a casa, tomamos un descanso. Luisi y Montse -muy discretas- se alejaron, volvieron excitadas, habían descubierto una cueva; las seguimos, la entrada estaba oculta por yerbas. Pablo y yo dudábamos, pero las niñas insistieron. Nos asomamos, un frío húmedo nos hizo estremecer, la entrada estaba en penumbra, apenas dados unos pasos la oscuridad nos envolvió y una fuerte corriente de aire nos despeinó. Un lúgubre ¡uhhh, uhhh, uhhh! se escuchó cada vez más intenso; corrimos asustados hasta las bicis y salimos pedaleando con furia, volteando hacia atrás, de vez en vez, para ver si éramos seguidos por ese fantasma que reclamaba nuestra intromisión en su morada.

Esa tarde fuimos a la papelería de don Ramón, un anciano con el que solíamos conversar, habíamos decidido guardar silencio sobre lo ocurrido; sin embargo, acabamos contándole todo. El buen viejo sonreía discretamente, pero al escuchar lo del ¡uhhh, uhhh, uhhh!, soltó la carcajada. Para empezar, dijo, no es una cueva, es una vieja mina abandonada; para continuar ese rumor no es un fantasma, es el viento que al pasar de las galerías a los túneles produce ese sonido. ¿Una mina? preguntó Montse. Claro, ¿les he platicado que fui minero y trabajé ahí? No. En realidad son dos socavones, ustedes hallaron el primero, ese no es peligroso, podrían explorarlo si tomaran las precauciones que yo les diría. Hay otro más arriba, a ese no vayan, cuentan que está embrujado, ocurren cosas extrañas. Necesitarán lámparas de mano, pilas, velas y cerillos para usarse en una emergencia; lleven chamarras, la cabeza protegida con cascos y gises para marcar la ruta; hay ramificaciones, pero todas se unen más adelante. Sería bueno dibujar flechas que apunten hacia la salida, cada veinte o treinta pasos, darán tranquilidad a su regreso y evitarán contratiempos. Hay algo más -añadió- no se separen, tengan paciencia y esperen al más lento; me darán sus números telefónicos y yo les daré el mío, antes de entrar y al salir me avisarán para estar al pendiente, calculen su tiempo, deberán regresar antes del mediodía, por si fuera necesario organizar la operación de rescate.

Llegó la gran fecha, dejamos las bicicletas a la entrada de la mina. Cumplimos las recomendaciones de nuestro amigo, le llamamos antes de entrar, lo noté nervioso, él también lo estaba; nos deseó suerte y mandó su bendición. Todos éramos fervorosos creyentes. Nos encomendamos a Dios y entramos a la oquedad. Montse sugirió aguardar un momento para acostumbrarnos a esa negrura, veníamos de la claridad del sol y estábamos encandilados. Nos fuimos por lóbregos túneles, al principio con miedo, luego nos tranquilizamos, algo que nos impresionó fue el silencio que nos rodeaba, como el viento había dejado de soplar no había ni un murmullo; llegamos a una galería de bóveda alta, dirigimos hacia ella los haces de luz, vimos pequeñas estrellas plateadas brillando como si fueran parte de la bóveda celeste. Iniciamos el regreso, fue un alivio ir descubriendo las flechas que apuntaban hacia la salida, cuando veíamos una lo celebrábamos. Al regreso pasamos a la tlapalería; don Ramón nos recibió feliz y con la paciencia del santo escuchó nuestros comentarios. Después de esa aventura siguieron otras en las que aprendimos otras cuestiones; como llevar una diminuta pala de jardinero para cavar hoyos poco profundos donde depositar nuestros detritos, porque si bien no era común, una indisposición intestinal nos obligó alguna vez a suspender el recorrido.

Llegó el momento, nos sentimos aptos para emprender la gran aventura, explorar la mina peligrosa. El anciano nos vio largamente. ¿Están seguros? ¡Sí! Es arriesgado, piénsenlo; al vernos decididos dio sus últimas recomendaciones. El tiro estuvo mal trazado, desde el principio hubo pequeños y algunos grandes derrumbes, no sólo de la bóveda, también en los costados, si la estructura de madera que refuerza el techo está rota, regresen; si caen piedrecillas o arena, es señal de un próximo derrumbe; espero no sea así, pero si llegara a ocurrir no se queden a esperar el rescate, la operación puede durar semanas o meses, la única oportunidad de sobrevivencia es buscar otra salida, utilicen sólo una lámpara a la vez, prendan una vela y vean hacia dónde se inclina la flama para descubrir la dirección del aire -que debe venir del exterior- es todo lo que les puedo decir y ¡que los bendiga Dios!

Calló el viejo, contra su costumbre se veía triste, como si le ocurriera algo. Respetamos su silencio, todos menos Montse, quien no se guarda nada. ¿Qué pasa, hay algo que le preocupe? ¡Nooo!, contestó aquél, tartamudeando, pero doña necedades insistió. No trate de engañarnos, ¡ah, ya sé, está triste! Qué le pasa, déjenos ayudarle. El domingo próximo será el aniversario luctuoso de mi hermano Agustín. ¿Qué le pasó? Ocurrió hace muchos años, yo tenía dieciocho, él dieciséis, era su primer día de trabajo, había esperado ese momento, estaba feliz, se sentía todo un hombre, después de doce horas de jornada llegó la hora de regresar, una roca se desprendió del contrafuerte -sin previo aviso-, me dislocó el hombro, el dolor era fuerte, imposible cargar el zapapico que llevaba, Agustín se hizo cargo, además de su pala; el resto de la cuadrilla centró su atención y sus cuidados en mí, no nos dimos cuenta, Agustín, por el peso de ambas herramientas se había retrasado. Se escuchó un ruido salido de las entrañas de la tierra, en segundos se produjo el derrumbe, el jefe de la cuadrilla nos contó, faltaba mi hermano, corrí como loco hacia ese montón de piedras y de tierra que había obstruido por completo el paso. Nunca me lo perdoné, la minera organizó el rescate, llegaron brigadas de protección civil, entró maquinaria pesada, cuando por fin liberamos el paso había transcurrido un mes; para entonces, perdida la esperanza de hallarlo vivo, buscaba su cuerpo para darle cristiana sepultura; tiempo después la compañía minera cerró sus puertas, nos liquidó y con mi parte puse este negocio, del que vivo; sin embargo, muchas veces regresé a buscarlo, hasta que mis padres me prohibieron volver a hacerlo, ya era suficiente pena la pérdida de un hijo.

Llegamos a la boca del socavón, ocultamos las bicicletas y dada la peligrosidad de la aventura que íbamos a emprender nos encomendamos a Dios, en los rostros se dibujaban gusto y preocupación por el reto. La primera hora fue de júbilo, para estar más seguros, las marcas que dejábamos en las rocas se sucedían cada diez pasos; nadie hablaba, todos concentrados en la lectura de lo que acontecía alrededor, llegamos a una galería en la que al final se abrían tres pasadizos, deliberábamos la ruta a seguir, vimos que algo brillaba fugazmente, nos acercamos, era un altar dedicado a la virgen donde se encomendaban los mineros al entrar y al salir le daban las gracias por haber regresado a salvo. Las niñas, con la discreción acostumbrada dijeron que se separarían brevemente, habíamos acordado no hacerlo, pero fuimos prudentes. Los gritos de terror nos erizaron la piel, corrimos para ver qué ocurría, Luisi, todavía con la diminuta pala de jardinero en la mano señaló un sitio, nos acercamos a ese bulto blanco que se asomaba entre la tierra removida, era un cráneo humano, traté de controlarme, discutimos qué hacer con él, no sabíamos si volverlo a cubrir o desenterrarlo. Pablo sugirió sacarlo y volverlo a sepultar frente al altar. Coincidimos que tenía razón, si era un alma en pena, a los pies de nuestra señora encontraría la paz. El esqueleto estaba bien conservado, a su costado una pala y un pesado zapapico. Volteamos a vernos. ¿Y si fuera? podría ser, don Ramón dijo que cada hombre carga sólo una herramienta y como él se lesionó, Agustín se hizo cargo de la suya. ¿Qué hacemos, lo sepultamos y le decimos dónde encontrará a su hermano? ¿Crees que nos perdonaría si lo abandonamos, después de años de búsqueda? Es un anciano y no creo que aguante el esfuerzo. Si yo hubiera muerto en este sitio, dijo Luisi, lo último que desearía sería permanecer toda la eternidad en este infierno. Guardábamos en una mochila aquellos restos, cuando Luisi descubrió una cadenita y una medalla de plata, ennegrecida, la levantó, para que no se perdiera la guardamos en una bolsa de plástico. encendimos las veladoras, nos hincamos y santiguamos, rezamos un Padre Nuestro y un Ave María por el muerto y por nosotros. La tierra se cimbró, un rugido que parecía venir de sus entrañas nos estremeció. La bóveda se desplomó cerca de nosotros, tapando por completo la salida, el polvo nos enceguecía y asfixiaba, mojamos los pañuelos y nos cubrimos la cara. Caminamos en sentido contrario para alejarnos de esa nube de tierra. Temblaba yo, temblábamos todos. Recordé el consejo: no esperen el rescate, prendan una vela. Así lo hicimos, una ráfaga de viento apagó la flama, partimos en busca de la salida. Habría transcurrido una hora, el túnel se bifurcaba, un tiro estaba libre, el otro casi cubierto por rocas, sólo había una angosta hendidura pegada a la bóveda, nos dirigíamos hacia el que estaba libre cuando en el otro apareció una parpadeante luz roja -iba de un costado a otro-, como diciéndonos que la siguiéramos. Trepamos por los escombros, nos colamos apretadamente por la estrecha rendija, cerca de ahí la luz roja seguía moviéndose, decidimos seguirla; en aquella negrura distinguíamos una silueta con la cabeza cubierta por ¿un manto? Debe ser Nuestra Señora, dijo Pablo, vino a salvarnos, sigámosla, y así lo hicimos, sorteando encrucijadas, tropezando, cayendo, golpeando nuestros cuerpos contra las paredes o techos más bajos de lo que suponíamos, con codos y rodillas sangrando por los tallones contra las agudas aristas de las rocas. Es la virgen santa, afirmábamos, ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!, rezaba Pablo y nosotros contestábamos: ¡Ruega por nosotros Santa Madre de Dios! Llegamos a una galería alumbrada tenuemente, al fondo entraban los rayos de sol como si fueran una gruesa cortina que bajara desde el cielo. La figura embozada levantó la lámpara y la agitó para decirnos que estábamos a salvo, luego señaló la salida con el descarnado dedo de una mano huesuda; giró, dejando ver fugazmente la oscura profundidad de sus ojos, o mejor fuera decir, de las cuencas donde estuvieron éstos y el cráneo se agitó como diciendo sí, en un ademán que no podía ser sino de felicidad y agradecimiento.

Epílogo.

El viejo minero escuchaba asombrado, entregamos la bolsa con la osamenta, la apretó contra su pecho, lloraba conmovido, nos estremecía su llanto, lo abrazamos, acarició con delicadeza la medalla de plata que le llevábamos; gracias, musitó, tomó un paño, le puso algún ungüento y la frotó hasta que recuperó su brillo. Era la Virgen del Perpetuo Socorro, la patrona de su familia; miren, mostró la que colgaba de su cuello, se la quitó, colocó ambas sobre el mostrador, las vimos, eran idénticas, luego las volteó, en una estaba grabado su nombre: Ramón, en la otra, decía Agustín.

Ciudad de México.