Caminé por la Avenida Rivadavia, una de las más importantes y extensas de Buenos Aires. Me habían contado que sus treinta y cinco kilómetros nacen en Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada y se internan por la zona oeste del Gran Buenos Aires. Recordé que la historia la recuerda también, en sus orígenes, como El Camino Real del Oeste y que la conectaba con Luján hasta la ciudad de Mendoza. Supe que se había llamado Camino de (Facundo) Quiroga luego de que se trasladaran sus restos al llegar a Buenos Aires por ese camino en 1835 y que al año siguiente, el gobernador Juan Manuel de Rosas la bautizó Federación. La que hoy se llama así en honor a Bernardino Rivadavia, quien fue el Primer Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta Avenida pasa por varios barrios y es, sin duda, un espejo que muestra la transformación de una ciudad y de los acontecimientos del país.
En ella mantienen el contraste las zonas comerciales con áreas residenciales, que descubren diferencias sociales según la recorramos. Es la misma por la que transitaban carretas, diligencias y hasta arreos de ganado; en la que en 1858 se instaló el primer servicio de alumbrado público con faroles de vela, luego de aceite y kerosene; la que dos décadas después fue iluminada por faroles a gas y en 1911, las primeras lamparitas eléctricas le dieron el brillo merecido. Hoy la alumbran carteles de neón, al tiempo que los bares y confiterías engalanan su trayecto en conjunto con negocios que venden todo tipo de productos.
No supe la causa, pero necesité conocer por qué la avenida que cruzaba Rivadavia, se llama Acoyte. Busqué un lugar con cierta tranquilidad, entré y le pedí al mozo un café doble. La ansiedad parecía consumirme en un estado nervioso incontrolable y sin explicación lógica. Ingresé al Google y el que todo lo sabe, me enseñó que Acoyte había sido un Combate que ocurrió en 1818 y que había sido un enfrentaminto en el marco de la Guerra Gaucha. 20 gauchos comandados por Bonifacio Ruiz de los Llanos y que formaban parte de las fuerzas del General Martín Güemes, derrotaron a 200 hombres del ejército realista español del General Olañeta.
El Combate tuvo lugar cerca del pequeño pueblo de Acoyte, en el extremo noroeste d e la Provincia de Salta.
Reconocí que la historia de las dos Avenidas, habían ocupado mi tarde en la Ciudad. Cuando el aire con aroma a restos de cafés en las tazas solitarias, sobre mesas callejeras, me indicó que era momento de regresar, la melancolía me abrazó.
Caminé con desconcierto, como compañero intangible y paré junto a la parada del colectivo al que debía subir. Al darme vuelta los ví.
No tuve necesidad de acudir al Google. Mi corazón palpitó fuerte y casi me largo a llorar solamente por verlos; sí, porque eran tres. Quedé pasmada y sentí amor. Se mezclaron los personajes de lo averiguado, para saber por qué se llamaban asi las Avenidas.
El hombre estaba sentado sobre la vereda con un cartel que mostraba tres agujeros por los que pasaba sus dedos y estaba escrito: “Vivimos en la calle”. Un vecino detrás de otro, se paraba para hablar con el hombre; entre las piernas de él, un perrito era acariciado o todos. A su lado, sobre un colchón, otro perro más grande, tapado con una manta impecable, dormía. Debajo de la cobija que una vecina levantó, tenía puesto un cubre, que vestía su cuerpo.
Tardé en reaccionar. Dos muchachos jóvenes y una chica dijeron ser de una ONG. La gente había donado lo suficiente para que los tres, pudieran vivir bajo techo durante un mes. Cuando salí del letargo, me acerqué y les pedí el alias para hacer una donación y también compartirla.
Hice un paralelismo con las distancias pertinentes. Los próceres cuyos nombres me había facilitado don Google y que se recordaban, con sus nombres en calles de Buenos Aires habían luchado por la Libertad de un pueblo. Los tres, a los que todos ayudaban, luchaban por su libertad del día a día.