Pienso que viajar en colectivo, nos tiene reservadas historias de vidas que
sucumben en ausencia de recuerdos, en miradas sin comienzo, en palabras no
dichas. Sí, el colectivo es la caja fuerte de cada pasajero, que se cobija en el
interior de ese cerebro de lata que lo conoce y reconoce, como uno más.
Él está allí, en el asiento de atrás; observa a los que ascienden en cada parada.
Cuando lo vé, siente que un vahido lo saca de la realidad y lo transporta, en un
instante, al pasado. Mirarlo es estar frente a un espejo.
Intuye que son visiones que su mente trata de rescatar de un ayer, que vivió
acelerado como si hubiese cabalgado a travez de un extenso campo y no se
hubiera detenido ni para comer. Creció con el tiempo que arrasó sin que se diera
cuenta, con imágenes que se fundieron a carne viva y con un sello imborrable en
el área de los recuerdos. Se moviliza. Tirita y el llanto intenta poseerlo.
Él está a unos pasos, casi puede tocarlo. Se acalora. Intenta disfrutar de esa
cercanía, de verlo, imaginar que cuando lo vea, sentado en el mismo colectivo que
transporta a ambos, se va a acercar para abrazarlo; quizá no sea sencillo, pero
confía.
Las voces de los pasajeros, lo distraen. A travéz de los cristales semi opacos de la
ventanilla del costado, la calle es un torbellino de prepotencias mezcladas con el
ruido de motos que agreden el camino y en las que sus conductores, exponen sus
vidas sin darse cuenta; tal vez el aire les enfríe los pensamientos.
Él está más cerca. Si se parara y diera unos pasos podría enfrentarlo, decirle todo
lo que practicó decirle durante los años de su ausencia.
Siente que el corazón palpita acelerado. Se presentan, en un instante, las noches
heladas y la mesa vacía; la panza emitiendo el ruido del hambre y la soledad que
golpea la puerta. La soledad de su madre, de su hermanito pequeño. Tirita de
angustia en ese asiento de atrás, que siente lo abraza.
Y después, “Maldito después”, murmura y se atraganta de la bronca. El
tratamiento de ella, de la mujer a la que adoró profundamente. Y aquella juventud
que lo golpeó con saña. “Pero en la vida, todo se puede lograr con la fuerza de la
voluntad”, piensa.
Trabajó y estudió, llegó a superar falencias. Se fue a trabajar a otro país. Está de
regreso y quiere recorrer Buenos Aires en colectivo, los que lo llevaron a todos
lados, los que fueron cómplices de sus adelantos, de alcanzarlo a sus trabajos, a
la Facultad.

Ve que el hombre se corre, está aún más cerca. Los cristales de las ventanas le
muestran que no son lo mismo, que son diferentes. No sabe qué hacer, está
confundido. El plazo está por terminar. Reconocer la identidad es cosa de
instantes porque debe bajar en unos minutos.
Se para y el hombre se acerca. Todo sucede sin que ninguno pueda reaccionar,
quedan frente a frente.
— Soy tu hijo, pero acepto que no sos ni fuiste mi padre. Que Dios y la Virgen te
perdonen, para darte paz. Yo ya lo hice.
El hombre viejo no pudo emitir palabra. La lágrimas corrieron por su rostro.
El colectivo frenó, abrió las puertas, el hombre jóven descendió y sin dar vuelta la
cabeza, se perdió por las calles de Buenos Aires.