Y celebrémosla, estimado lector, conscientes, muy conscientes, de que podrá ser la última de nuestras vidas.

Mientras pensaba cómo dirigirme a ustedes con un mensaje de paz y esperanza, mi alerta de noticias sonó para dar a conocer que CDMX y Estado de México regresan a semáforo rojo hasta el 10 de enero. Del Mazo, López-Gatell y Sheinbaum acaban de anunciar la política sanitaria que, para muchos debieron tomar desde harto tiempo atrás.

Se cierran comercios, centros comerciales, restaurantes y todo giro que implique actividades no esenciales para intentar frenar la tremenda ola de contagios y muertes que nos está azotando. No tardará la oposición, esa, la que siempre se opone a todo, en criticar la medida. A estas alturas, me parece que Gatell tuvo razón al decir hace días que el color del semáforo es intrascendente.

Pareciera que nuestra vida en estos momentos depende absolutamente del destino y de lo que el Universo tenga preparado para nosotros. Estamos tan expuestos, tan desordenados y en muchos casos tan incivilizados que el COVID-19 puede penetrar a nuestros organismos por la fisura menos perceptible, recordándonos que no somos inmortales, aunque llevemos meses intentando retar a las fuerzas naturales con nuestras absurdas conductas.

En Puebla, el gobernador ha llamado al confinamiento voluntario y pide mesura a la población, amén de advertir que en enero se vivirá una crisis sanitaria sin precedentes. En otras palabras, iniciaremos el 2021 asustados, confinados y estancados. El panorama futuro no es alentador.

El próximo jueves, muchos, nos sentaremos a la mesa con nuestros seres queridos para disfrutar de la cena de Nochebuena, cantaremos villancicos y abriremos esos regalos que deseamos recibir con tanto ahínco, pero habrá una gran parte de la población que el 24 estará atendiendo a las víctimas del COVID, familiares en las puertas de los hospitales rogando atención para los suyos, habrá quienes no cenen y para quienes no sea posible ni siquiera llevarse a la boca una botella con agua para mitigar la angustia y la desesperación.

Reconozco que no es alentadora la escena, pero es que ¿acaso, en verdad, no nos hemos dado cuenta?

Mi respeto y aliento a las personas que son doblemente victimizadas, por un lado el COVID y por el otro la disfunción de un sistema que lejos de resolver acrecenta sus debilidades. La polaridad social de México también nos ha mostrado que se vive atiborrando comercios y esperando rebajas, mientras los países del primer mundo nos observan aterrados brindándonos mensajes de compasión. Tristemente se sigue dando más valor al regalo que al abrazo fraterno.

Necesitamos despertar nuestras conciencias, la probabilidad de celebrar las fiestas decembrinas del 2021 se ha reducido enormemente. Estamos cruzando el escabroso camino de una pandemia a la que creemos haber vencido con una vacuna y un cubrebocas. El cubrebocas se relaja y la vacuna aún no llega. Queda mucho camino aún por recorrer.

Será una Navidad diferente, disfrutemos de los nuestros, digámosles cuánto los amamos, intentemos dejar una huella. Agradezcamos haber llegado hasta aquí sorteando la adversidad.

Y si se cree conveniente, abracemos fuertemente a nuestros padres, hijos, parejas y amigos en nombre de todos aquellos que ya no lo pudieron hacer.

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