En enero de 2015 publiqué un texto sobre Rodolfo Rojas Zea y comentaba que, a mi parecer, el periodismo le debía.
Hoy es el momento de reafirmar esa premisa: Rodolfo falleció el pasado sábado 6 de marzo a causa del coronavirus; para el lunes 8, no se había publicado noticia sobre el hecho en ningún medio ligado a internet.
Eso me parece ingrato por parte del periodismo, al que Rojas Zea aportó tanto.
Periodista de oficio, de convicciones y amante de la cultura, a él le molestaba el término y prefería hacerse llamar reportero, pues decía que ese era el verdadero periodista.
Sus primeros años en el medio lo sorprendieron en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, donde fue herido por las balas de los militares en aras de registrar los hechos para el periódico El Día y buscando a su vez apoyar a los estudiantes –finalmente su nota no salió a la luz por la censura gubernamental que se vivía–; venía de cubrir, también para El Día, las revueltas de mayo en Francia.
Entre la metralla, compartió el trabajo con Oriana Falacci, corresponsal de Le Monde y quien también resultó herida cubriendo los hechos sangrientos.
Después reportero de Excelsior, pasa a unomásuno luego de la ruptura de 1976 (orquestada por el gobierno Echeverrista), cuando el grupo de Julio Scherer García (fundador de Proceso) y el de Manuel Becerra Acosta (unomásuno) son expulsados del diario ubicado en Paseo de la Reforma 18. Con ellos se van: Carlos Payán, Eduardo Deschamps, Carlos Marín, Marco Aurelio Carballo, Fernando Benítez, Manuel Mejido, Guillermo Mora Tavares, José Emilio Pacheco, Hero Rodríguez Newman, entre otros.
En una siguiente ruptura, Carlos Payán funda La Jornada en 1984, junto con un grupo de periodistas salidos de unomásuno.
Al principio, Humberto Musacchio se encarga de la sección cultural de unomásuno para luego ceder el lugar a Rojas Zea, quien más adelante pasaría a dirigir la revista tiempolibre y en el diario quedaría Roberto Vallarino.
Fue ahí donde, con unos 24 años de edad y gracias a una recomendación indirecta –de alguien que no me conocía–, llegué a las oficinas de la calle Holbein, en Mixcoac, a solicitar trabajo a Rodolfo.
Me encontré con un hombre incansable que funcionaba de noche realizando las órdenes de trabajo para toda la redacción; el seguimiento de las noticias y la creación de nuevas notas era un trabajo al cual le acompañaba a veces hasta las 7 de la mañana, hora en que me permitía ir a dormir para regresar a eso de las 3 de la tarde, ya con alguna entrevista que me hubiera encargado.
Supongo que a Rodolfo le parecía que tenía algo que él podía pulir, pues sí me di cuenta de que fue al único que tomó durante años como pupilo, aun cuando había varios novatos (Freddy Secundino, Julián Bogarín, Rosario Pinelo, Norma Ortiz, Ernesto Marenco…) y algunos otros egresados del CUEC o de la Carlos Septién (Luis Gastélum, Tzinnia Carranza, Guadalupe Báez, Leticia Gómez-Sánchez…)
Eran madrugadas interminables durante las cuales él recortaba todos los periódicos que llegaban a la redacción; encerraba en círculos con crayón rojo las noticias a las cuales dar seguimiento y después engrapaba las órdenes por géneros: teatro, danza, cine, espectáculos, restaurantes, niños, noche, artes plásticas, museos y galerías, etc. Salíamos ya de mañana y él volvía a eso de las 6 de la tarde, bañado y sin peinar (acostumbraba a secarse el cabello y únicamente desparpajarlo con las manos), era su estilo, al igual que su barba, la cual un día comenzó a teñírsele de blanco.
Mientras recortaba y marcaba los nombres de los reporteros que habrían de cubrir las noticias al día siguiente, hablaba incansable de François Truffaut y Los 400 golpes, de Luis Buñuel, del Halcón Maltés y de ahí se pasaba a los escritores como Norman Mailer o Truman Capote.
Muy apreciado por artistas e intelectuales de la talla de José Luis Cuevas, Mercedes Sosa o Carlos Monsiváis, expresaba su admiración y amor por la bailarina Isabel Beteta; por aquellos años nos invitaba –a ciertos elegidos de la redacción –a su departamento de Paseo de la Reforma 27, en el edificio rosa que se encontraba frente a Excelsior y que fuera sustituido en 2010 por una torre de 24 pisos.
Había mucha plática entre las copas de vino tinto y después se esmeraba en asar unos medallones de carne acompañados de verduras al vapor…
Descanse en paz, maestro Rojas Zea.
F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías
@ALEELIASG






























