En un primer momento parecería que Hungría, pese a su bandera verde, blanco y rojo, sus 9.5 millones de habitantes mayoritariamente magiares, una lengua única en Europa (el húngaro de origen fino-ugrios y ha sobrevivido rodeado de idiomas con raíces indoeuropeas), con una economía en la que todavía se paga con forintos (HUF) y no con euros, difícilmente es relevante para la realidad cotidiana las y los mexicanos.
Sin embargo, y pese a que se le mencione poco a Hungría en los noticieros, Budapest ha sido desde 2010 uno de los epicentros de la política a nivel mundial.
A manera de contexto, hay que recordar que después de la derrota de los modelos políticos colectivistas de tipo fascista y corporativistas, en los años 50’s del Siglo XX, y el colapso de los de inspiración socialistas/comunistas e influencia marxista, en los años 90’s de ese mismo Siglo, parecía que el paradigma democrático-liberal, profundamente vinculado con la economía de mercado, era el estándar al que todos los gobiernos y sociedades debíamos aspirar.
Sin embargo, la llegada del Siglo XXI se encargó de corregirnos, pues comenzaron a surgir y consolidarse una nueva oleada de gobiernos que, si bien coinciden con la democracia liberal en la necesidad de realizar elecciones periódicas para que la ciudadanía elija a sus autoridades, estratégica y explícitamente dejan fuera aspectos eminentemente liberales como la división de poderes, la necesidad de que las autoridades le rindan cuentas y sean vigiladas por la ciudadanía que los elije, que se goce de la estabilidad que ofrece un “estado de derecho” funcional el cual, junto con los sistemas de “pesos y contrapesos” y la existencia de organismos autónomos, limitan la capacidad de los gobiernos para actuar de manera caprichosa y discrecional.
Esta nueva oleada de gobiernos de apariencia democrática, pero sin “reglas del juego” liberales -lo mismo para las inscripciones en las escuelas, el acceso a los servicios de salud, competir en el mercado o votar para las siguientes elecciones- tuvo a su primer representante con proyección internacional en la figura del todavía Primer Ministro de Hungría, Viktor Orban, que ha gobernado su país de manera ininterrumpida desde 2010 y fue quien, en un dato no menor, popularizo el término de “democracias iliberales” (o no-liberales) para referirse a este tipo de gobiernos con cada vez más presencia tanto en Europa como en los Estados Unidos, Asia o América Latina,
Los gobiernos de las “democracias iliberales”, si bien acceden al poder por medios auténticamente democráticos, una vez que toman protesta, se dedican a eliminar las reglas o barreras que norman el ejercicio de gobierno (en consecuencia, se vuelve más discrecional, aumentan las “ocurrencias” y hay menos rendición de cuentas); tergiversan hechos históricos para polarizar a la sociedad, desaparecen las posiciones políticas de “centro”; y, asimismo, colonizan, limitan o desaparecen las instituciones y reglas electorales con las que ellas y ellos pudieron ganar elecciones y convertirse en gobierno, para sustituirlas por otras más restrictivas y dependientes del gobierno.
Resultado de lo anterior, y en un fenómeno que se observa tanto en Hungría, Rusia, Turquía, los Estados Unidos, España o México, el grupo “iliberal” en el Poder se fabrica un blindaje electoral, en el que lo mismo inciden la polarización social, la actuación discrecional del gobierno, su no rendición de cuentas, la existencia de medios y estrategias oficialistas que tergiversan la información, la descalifican o generan “fake news” o la conformación de mega-alianzas electorales -hechas al amparo del Poder y que le garantizan recursos y ejércitos electorales al oficialismo-, así como la falta de instituciones capaces de garantizar elecciones equitativas (con “piso parejo”), que reducen las posibilidades de que lleguen a posiciones de poder ciudadanas o ciudadanos que no estén alineados con el gobierno.
Ante esta realidad internacional, los resultados de las elecciones húngaras del pasado 12 de abril podrían tener un efecto disruptivo mayor, pues más que ser derrotados a Viktor Orban y su Partido les pasaron por encima. Según la Deutsche Welle[1], Péter Magyar -del opositor Partido Tisza- obtuvo una victoria que le daría 141 de los 199 escaños del Parlamento, con lo que podría conformar un gobierno sin tener que depender del actual oficialismo.
Si bien México no es Hungría y el triunfo de la oposición allá no le garantiza absolutamente nada a la muy desaparecida oposición de aquí, hay cosas que vale la pena analizar a fin de entender mejor, y en su justa dimensión, los sucesos políticos nacionales.
¿Un ejemplo? La importancia de considerar que cuando la oposición húngara se unió para hacer un frente común contra Orban, no le hicieron ni cosquillas; sin embargo, los rompimientos al interior del bloque oficialista, sí provocaron un cambio cualitativo y estructural que no sólo modificó la correlación de poderes, sino que generó la expectativa entre la sociedad húngara de la posibilidad de derrota oficialista lo que, a su vez, hizo que la gente se sacudiera la apatía de años y saliera a votar, desbordando con sus votos los mecanismos y controles oficiales, logrando así la a derrota de Orban.
Nada más por no dejar, ¿y en México cómo andan este tipo de cosas?
[1] Noticias DW, “Resultados oficiales confirman mayoría cualificada de Magyar”, 18 de abril 2026. Link: https://www.dw.com/es/resultados-oficiales-confirman-mayoría-cualificada-de-magyar/a-76846468






























