En el necesario reconocimiento de la salud mental, lejos de los estigmas que impiden su visibilización y atención; tenemos otro rubro que cobra especial relevancia en tiempos de pandemia: “el síndrome de Burnout (SB) o también conocido como síndrome de desgaste profesional, síndrome de sobrecarga emocional, síndrome del quemado o síndrome de fatiga en el trabajo, que fue declarado, en el año 2000, por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un factor de riesgo laboral, debido a su capacidad para afectar la calidad de vida, salud mental e incluso hasta poner en riesgo la vida del individuo que lo sufre”.
Con el prolongado confinamiento y las vías alternativas de desempeño laboral a distancia que se establecieron, este síndrome está permeando en múltiples sectores. No se diga en el ámbito hospitalario; “pero el problema va más allá: un individuo con SB posiblemente dará un servicio deficiente a los clientes, será inoperante en sus funciones o tendrá un promedio mayor a lo normal de ausentismo, exponiendo a la organización a pérdidas económicas y fallos en la consecución de metas”.
En diversos espacios alienarse (hacerse ajeno) a la realidad para no involucrarse, genera un ambiente frío que repercute en la interacción de las personas, sobre todo en ambientes de servicio.
“La definición más aceptada es la de C. Maslach, que lo describe como una forma inadecuada de afrontar el estrés crónico, cuyos rasgos principales son el agotamiento emocional, la despersonalización y la disminución del desempeño personal. P. Gil-Monte lo define como: «una respuesta al estrés laboral crónico integrado por actitudes y sentimientos negativos hacia las personas con las que se trabaja y hacia el propio rol profesional, así como por la vivencia de encontrarse agotado».
En el diagnóstico “Se identifican 3 componentes del SB:
- Cansancio o agotamiento emocional: pérdida progresiva de energía, desgaste, fatiga.
- Despersonalización: construcción, por parte del sujeto, de una defensa para protegerse de los sentimientos de impotencia, indefinición y frustración.
- Abandono de la realización personal: el trabajo pierde el valor que tenía para el sujeto.
La clínica del síndrome se esquematizó en cuatro niveles:
Leve: quejas vagas, cansancio, dificultad para levantarse a la mañana; Moderado: cinismo, aislamiento, suspicacia, negativismo; Grave: enlentecimiento, automedicación con psicofármacos, ausentismo, aversión, abuso de alcohol o drogas; Extremo: aislamiento muy marcado, colapso, cuadros psiquiátricos, suicidios”.
Con la identificación del síndrome se puede avanzar sustancialmente en “El tratamiento y su prevención consisten en estrategias que permitan modificar los sentimientos y pensamientos referentes a los 3 componentes del SB, algunas de ellas son: 1. Proceso personal de adaptación de las expectativas a la realidad cotidiana; 2. Equilibrio de áreas vitales: familia, amigos, aficiones, descanso, trabajo; 3. Fomento de una buena atmósfera de equipo: espacios comunes, objetivos comunes; 4. Limitar la agenda laboral; y 5. Formación continua dentro de la jornada laboral.”
Importante es entender y atender este síndrome que en el corto y mediano plazo será uno de los grandes retos en materia de salud mental en el trabajo contemporáneo.
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