Por: Mtra. María Guadalupe Hernández Chávez
Mi vida gira en torno a tres personas; una es mi compañero de vida, las otras dos son para mí la vida misma. A veces, las cosas importantes en la vida empiezan como jugando, como sin querer. Así empezó la relación con el amigo que se convirtió en mi esposo. Un día lluvioso, después de salir de clases de la universidad, nos refugiamos de la lluvia en una cafetería y, sobre una servilleta que hoy luce amarillenta, empezamos sin querer a delinear nuestro futuro. En tono de juego yo le hice escribir que, si algún día se quedaba calvo, no se peinaría estilo quesillo de Oaxaca. Él me hizo prometer que nunca me depilaría las cejas hasta convertirlas en un arco sin chiste. Como no teníamos pareja en ese entonces, prometimos que, si llegábamos a los 35 años y ninguno de los dos estaba casado, nos casaríamos para no quedarnos solterones.
Si nos casáramos, seguimos escribiendo, sólo tendremos dos hijos. El perro se quedó en la columna de: tal vez. Nuestros hijos tendrán las mismas oportunidades, las mismas obligaciones y las mismas responsabilidades. Pondremos reglas. No tomarán clases extra de nada que no quieran. Podrán ir a fiestas y llegar hasta tarde. No seremos sobreprotectores ni celosos. No se llamarán como nosotros. Firmamos el acuerdo. Y así, sin querer, sentamos las bases de lo que tiempo después sería nuestra familia.
No esperamos hasta cumplir 35 años, nos casamos cuando yo tenía 23 y él 25. Nuestra princesa llegó cinco años después. Mi niño adorado dos años después que ella. Y mi perro, que pasó de tal vez a realidad, se integró a la familia hace apenas siete años.
Lo que planeamos sobre nuestros hijos en la realidad cambió radicalmente. ¿Que podrían ir a fiestas y llegar tarde? Ni hablar, tachado de lista. ¿Que no seríamos celosos? habría que haber visto nuestra cara cuando nos presentaron a los primeros prospectos de novios. ¿Que no seríamos sobreprotectores? Lo hemos evitado sólo a costa de una vigilancia casi policiaca sobre mí.
Creo que los demás acuerdos los hemos cumplido más o menos, mentiría si digo que nunca hemos cedido a la presión, a los chantajes o a las caras tristes, pero una cosa es cierta: mi familia no es una democracia. Hay cosas que no son negociables y hay órdenes que no están a discusión. Nuestros hijos saben que pueden confiar en nosotros, pero no somos sus mejores amigos, ese título lo ostentan otras personas muy queridas y entrañables también para nosotros.
Las cosas en mi familia no siempre han sido fáciles. A mi esposo hay veces que no tengo ganas de verlo, hay veces que no quiero ni tocarlo, hay veces que quisiera ahogarlo en un grito y olvidarme de esa imagen suya… sí, ya sé, a los Jaguares les sale mejor la canción. Con mis hijos me pasa lo mismo, a veces, cual tonada de Maná, quisiera borrarlos de un soplido y meterlos en un cajón. Y mi perro, siempre se ha sentido callejero, nunca ha tenido horario para hacer la siesta y no le rinde cuentas a nadie, mucho menos al amanecer. Sin embargo, no cambiaría ni una sola cosa de ninguno de ellos, así como son los amo con todo mi corazón y tengo la certeza de que soy correspondida. Tampoco cambiaría nada de lo que hemos vivido porque nuestra vida ha sido maravillosa, con altas y bajas como la de todo el mundo, pero es una vida que jamás cambiaría por ninguna otra.
Siempre que veo la servilleta me invade la nostalgia. Recuerdo aquel día en que, entre broma y broma, una pareja fue imaginando un futuro que se acercó mucho a la realidad. Si fuera posible, me gustaría regresar el tiempo y agregar otros deseos a la lista, por ejemplo, que nuestros hijos no crezcan para que no se vayan nunca de la casa, que mi perro viva 100 años o que el amor que surgió de esa amistad dure para siempre. Sé que solo esto último podría ser posible, pero en mi corazón, mis hijos siempre serán pequeños y mi perro vivirá para siempre.
Quise escribir esta historia porque pienso que la imaginación puede construir puentes hacia la realidad y porque me hace feliz poder decir que mi familia “no es perfecta más se acerca a lo que yo, simplemente soñé”.
La autora es académica de la Universidad Iberoamericana Puebla.
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