La Real Academia de la Lengua Española (RAE) define como “desasosiego” a la falta de sosiego y ofrece como sinónimos los siguientes: intranquilidad, desazón, ansiedad, inquietud, resquemor, comezón, nerviosismo, inquietación, almorriña. Ciertamente, esta referencia a la RAE podría parecer ociosa, o francamente sangrona, pero, dados los tiempos que se viven en México, es relevante.

Por principio de cuentas, cuando una sociedad no cuenta con leyes y normas claras, estas se modifican constantemente o de manera arbitraria, su aplicación es a conveniencia de las y los poderosos o, aún peor, son ignoradas de manera cotidiana y no hay consecuencias por desobedecerlas, se gana a pulso el adjetivo de “caótica”. Sus miembros no tienen claridad sobre cómo comportarse; ante la duda, hacen lo que su criterio o conveniencia les diga y, como tampoco se sabe cómo va a reaccionar la autoridad, no hay forma de cómo protegerse de su discrecionalidad o caprichos.

Es como si en un partido de fútbol soccer algunas y algunos jugaran con las reglas del rugby, otras y otros con las del “americano” (NFL) y algunas y algunos otros con las del “fut normal”, pero, eso sí, a todas y todos les vale lo que pite el árbitro. No es de sorprender que, en un partido de locos así, no haya interés en patrocinar a los equipos, poner publicidad junto a la cancha o, incluso, falte gente para jugar.

Guardando proporciones, lo mismo que sucede en la locura del partido de fútbol descrita sucede en las economías regionales o nacionales. Sin buenas “reglas del juego” —consistentes a lo largo del tiempo, cuya aplicación sea imparcial, que gocen del respaldo mayoritario de la sociedad, traducido en su obediencia tanto por individuos como por autoridades—, en la economía tampoco habrá tantas ganas de jugar (en este caso, invertir y generar empleos), y quienes se animen a hacerlo demandarán mayores utilidades para compensar el riesgo en el que están incurriendo.

En México, entre el crimen organizado y su estela de violencia y destrucción; la incertidumbre respecto al diseño y las “reglas del juego” del nuevo régimen que, desde la mayoría gubernamental, MORENA y sus aliados construyen; lo extendido y escandaloso de los casos de corrupción de miembros del “oficialismo” y, aún peor, la impunidad que los cobija; la aplicación discrecional de la ley y las dudas que rodean al nuevo Poder Judicial; o la ilustrativa, mediática e interminable telenovela de los sufrimientos del Gobierno Federal para cobrarle impuestos a un solo ciudadano (por más que sea el “tío Richie”), la verdad es que nos queda el saco.

De hecho, lo débil de nuestro “estado de derecho” explica, en gran parte, la caída de -5.8 % en apenas 12 meses del Indicador Mensual de la Formación Bruta de Capital Fijo (IMFBCF), publicado por el INEGI, que mide las inversiones físicas que efectivamente se realizan en el país.
En este entorno, y a pesar de que todos los asesinatos son igualmente condenables, hay algunos que se deben leer en otra clave por su cercanía con el poder. Como sucediera en mayo de 2025 con la ejecución de la secretaria particular —Ximena Guzmán— y uno de los asesores —José Muñoz— de la jefa de Gobierno de la CDMX, Clara Brugada, los asesinatos de María Eugenia Delgado y Sheila Amezcua Delgado, familiares del titular de la SEP a nivel federal, enrarecen la agenda pública y obligan a la reflexión sobre lo endeble que puede ser la paz social de la que goza el país.
Mi solidaridad y condolencias están tanto con la familia (en especial, Miguel) como con el propio Mario Delgado.

Lamento que, como tantas otras familias, estén viviendo un trance indescriptible. Por las pérdidas personales, son crímenes del todo condenables; sin embargo, desde otra perspectiva, son igualmente lamentables, pero por lo frágiles que hacen ver a las instituciones que sostienen al país.

Este segundo mes del año parece ser de “intranquilidad, desazón, ansiedad, inquietud, resquemor, comezón, nerviosismo e inquietación”. O deberían de serlo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here