Salí al jardín a cortar limones para el pescado; un par de ellos, ya maduros, asomaron entre las hojas de un verde brillante.
Cocinaba unos filetes de huachinango a la veracruzana que por fuerza requerirían de un toque de este cotizado cítrico.
Una abeja polinizaba una de las flores mientras recogía el néctar tan preciado para su progenie; la flor, abierta con encanto, la recibió entre sus pétalos, tan largos como blancos.
Piqué finamente media cebolla; corté dos jitomates saladet en cubos muy pequeños y un ajo en cuatro; sofreí la cebolla con el ajo y ya que se encontraba dorada, incorporé el jitomate moviendo en pausas para que los ingredientes y aromas se mezclaran adecuadamente.
Estiré la mano para cortar los dos frutos, que además colgaban juntos de la rama; llamó mi atención en la parte superior, algo que parecía un limón, pero tenía por debajo una especie de coronilla inversa. Me coloqué los lentes pensando que sería un limón sucio o con una hoja seca pegada bajo el fruto.
Por la mañana había lavado los filetes para luego dejarlos macerando en una mezcla de aceite de oliva de primera extracción en frío, dos hojas de laurel, hierbas finas espolvoreadas, un ajo cortado en láminas, una pizca de sal de la laguna de Cuyutlán, en Colima (porque es la única que utilizo dadas sus altas propiedades y su poca cantidad de cloruro de sodio) y el jugo de un limón.
Alcancé el fruto raro hasta tocarlo; tenía la piel gruesa, dura y lisa, como de una granada mediana, pero de color dorado; me fijé que hubiera nacido de la misma rama del limonero y que no colgaba de alguna planta parásita que hubiese dado lugar a esa fruta inapropiada. Efectivamente, había nacido del árbol.
Después incorporé a la mezcla un chile güero grande cortado en rodajas, 10 aceitunas y unas 20 alcaparras; dejé el cocimiento tapado por 10 minutos y posteriormente coloqué los filetes sobre la mezcla; tapé de nuevo, siempre a fuego lento.
Me extrañó que el limonero hubiese dado un fruto totalmente ajeno a su naturaleza, pues en caso de que fuera una granada, no tiene nada qué ver con los cítricos; dudé en cortarla o dejarla así, hasta ver si crecía y maduraba como una verdadera granada.
El guiso ya estaba listo, así que elegí platos extendidos, grandes y blancos; me gustan los blancos porque siento que los colores de los alimentos lucen mejor y con más brillantez que en un plato colorido, lo que, a mi parecer, le da un toque de más exquisitez.
Decidí retirar el fruto del árbol y examinarlo; finalmente, si el limonero había dado uno, seguramente seguiría brindándome algunos más.
Serví un filete en cada plato y a un lado les coloqué la mezcla de ingredientes, no sin antes bañar el pescado con el jugo aromático. A manera de guarnición los acompañé con un poco de arroz blanco y la mitad de un aguacate.
Coloqué la granada en el centro de la mesa; pensaba abrirla al terminar de comer y de cuando en cuando le lanzaba miradas preguntándole cómo es que había llegado a esa rama.
Abrí una botella de Chardonnay, pues me parecía la combinación perfecta para la comida.
Pensé que unas tostadas de chipotle le vendrían bien al pescado y las acerqué.
Conforme saboreaba mi creación, no podía dejar de mirar la granada, así que me levanté por un cuchillo e intenté partirla por la mitad.
Algo sonó en el centro, como un hueso que no permitía atravesar el fruto; tomé las dos mitades y las abrí; una pepita de oro, del tamaño y forma de una nuez de Castilla con cáscara, cayó sobre la mesa golpeando la cubierta de cristal.
F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías
T/ALEELIASG




























