Cuando la discusión de los temas públicos incorpora aspectos técnicos, sale a relucir la ligereza con la que, tanto tirios como troyanos, utilizan términos no comprenden a cabalidad y cuyo contexto y repercusiones desconocen. Por esta razón, y para que las y los amables lectores de esta columna no anden por la vida con cara de “what?” repitiendo los mismos lugares comunes que el resto de la borregada, los #CincoPuntos de esta semana le entran al tema de los aranceles, pero con un enfoque integral y, sobre todo, con referencias y conocimiento de causa.
- ¿Nos beneficia el comercio internacional? Contrario al discurso general, y de manera un tanto contraintuitiva, es falso que el país con la balanza comercial superavitaria “gane” y el de la deficitaria “pierda”, ¡ni que fuera la cáscara de fut de los domingos! En realidad, cuando aumenta el comercio exterior, casi todos terminan por beneficiarse. ¿La razón? El volumen de la actividad económica alcanza niveles que, por sí mismo, el mercado local no lograría. En lo individual, como sucede con todos los cambios en la economía, hay agentes que se ven perjudicados, como los empresarios en industrias no competitivas o los trabajadores que se ven desplazados de los empleos en los que tradicionalmente laboran. Sin embargo, de manera transversal, más comercio se traduce en mayor actividad económica, más empleos, mejor pagados y mayores oportunidades de emprender… siempre y cuando, tanto nacional como regionalmente, se sea competitivo.
- La paz como beneficio adicional del comercio. Más allá del análisis económico, y apelando a la experiencia histórica, el comercio internacional suele suavizar las relaciones entre los diferentes países. Si se revisa la historia europea del Siglo XIX y la primera mitad del XX -en los que el nacionalismo estaba en auge y se cerraban fronteras políticas y comerciales-, estallaron conflictos que involucraron a todo el continente: las guerras napoleónicas (1853-1856), la de Crimea (1853-1856), la franco-prusiana (1871), la 1ª. Guerra Mundial (1914-1918) y la 2da. Guerra Mundial (1939-1945); en cambio, las guerras entre las principales potencias europeas desde 1945, suman CERO. Los conflictos armados del Siglo XX fueron en zonas periféricas, como los Balcanes y Chechenia; y en el XXI, pues sólo el conflicto ruso-ucraniano (que es hechura personal del Sr. Putin que anda de malacopa). En el momento que Alemania y Francia se dieron cuenta de que, para explotar la riqueza mineral e industrial de las regiones de Alsacia y Lorena, resultaba menos gacho intercambiar francos y marcos -ahora ya son puros euros-, en lugar de balazos, se pudo crear la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), se distendió el clima político, los antiguos enemigos se convirtieron en socios, se acabaron los incentivos para ir a la guerra, y se comenzó la construcción de la actual Unión Europea.
- ¿Los aranceles ayudan o perjudican?. Al igual que el resto de las barreras a los flujos financieros, de fuerza de trabajo y de productos entre paises, así sean arancelarias o no arancelarias -buscar pretextos fitosanitarios sin evidencia científica para evitar el intercambio comercial, por dar un ejemplo-, si bien hay actividades que en lo particular pueden beneficiarse en un primer momento, terminan por perjudicar al conjunto de la economía. Por dar el ejemplo obligado, para la industria automotriz -en la que lo importante para México son los 120 mil millones de dólares de la venta de autopartes mexicanas a EE.UU y no tanto los vehículos terminados- el arancel del 25% significa que ensamblar cada coche les va a salir más caro a las armadoras en EE.UU. y, dado que a nadie le gusta perder dinero, es probable que estas le quieran trasladar el aumento al consumidor, aumentando el precio de los coches. Si bien la narrativa trumpista simplifica y dice que, en consecuencia las armadoras establecidas en México y sus empleos se van a ir a EE.UU. Sin embargo, “mover” una planta armadora junto con toda su red de proveedores -mínimo los JIT/JIS- es brutalmente caro y enfrenta muchos costos hundidos, por lo que es muy improbable; adicionalmente, en caso de que alguna armadora se animara, tendría que recuperar sus costos y, nuevamente, encarecería la producción norteamericana, lo que equivale a abrir la puerta a los proveedores asiáticos -que son más precio-eficientes- para que sustituyan a los mexicanos, que es lo contrario de lo que busca Trump.
- México y las barreras no arancelarias. Si quieren pitorrearse de Trump y sus aranceles, mejor aguanten porque en México no cantamos mal las rancheras. Sin ánimo de entrar a polémicas enciclopédicas, es posible decir que a nivel mundial no hay un consenso científico contundente respecto a los efectos adversos del maíz transgénico y, sin embargo, el Gobierno mexicano lo está usando como argumento para prohibir su entrada al país, en claro conflicto con el T-MEC, para tratar de proteger a productores que, si bien son políticamente atractivos, por falta de acceso a extensiones suficientes de tierra, infraestructura de riego, electricidad, financiamiento y el derecho de piso que tienen que pagarle a los cárteles, no son competitivos. Lo peor es que, más allá de los discursos nacionalistas, México es deficitario en producción de maíz y para el ciclo 2024-2025 se importarán 22 millones de toneladas (2do. mayor importador de maíz en el mundo). De esta manera, dado que la producción nacional es insuficiente para satisfacer el consumo, la barrera no arancelaria permitirá a los productores de maíz cobrar más, en perjuicio del resto de las y los mexicanos, que vamos a ser quienes paguemos ese aumento en el precio y padeceremos los eventuales momentos de carestía.
- ¿Y el fentanilo, apá? De los triunfos históricos de México en su relación con los Estados Unidos eran, por un lado, no negociar de uno a uno con ellos y, en su lugar, hacerlo en foros multilaterales -o trinacionales en el caso del TLCAN/T-MEC- para evitar que nos pasaran por encima echándonos la carrocería; el otro, negociar por bloques temáticos: narco y seguridad en uno, comercio en otra, migración en otra, etc. Desafortunadamente, la política exterior sui géneris del expresidente López Obrador, redujo la presencia de México en foros globales, ignoró a Canadá y se olvidó de los bloques temáticos con los EE.UU. y, como resultado, los canadienses compraron la narrativa antimexicana, ya no hicimos bloque con ellos para negociar y, como consecuencia, los de las barras y las estrellas nos están pasando por encima a ambos. Del mismo modo, como desde el principio del sexenio lopezobradorista se aceptó que la Guardia Nacional detuviera migrantes para evitar sanciones comerciales, ahora no podemos pedir que no se mezclen las agendas de aranceles, fentanilo y migración
El presidente Trump es un bully y, para demostrar fuerza, va a pasarle por encima a los países latinoamericanos y norteamericanos, incluido México en ambos, cada vez que pueda. Sin embargo, si somos autocríticos, tendríamos que admitir que se la estamos poniendo fácil: desaprovechamos la presencia global que el país tuvo, aceptamos negociar en el formato que menos nos conviene, le hicimos el feo a Canadá, fuimos los primeros en violar el T-MEC -reformas energéticas, desaparición de organismos autónomos y, más recientemente, el maíz- y dejamos que el crimen organizado se desbordara. ¿Ahora con qué cara le decimos a Trump que respete el T-MEC y que lo de los cárteles no es para tanto? Consummatum est.























