Batir récords está generalmente acompañado de aplausos, celebraciones y euforia, sin embargo, tratándose de la precipitación pluvial, esto se torna más bien alarmante, pues en el pódium de los “mejores” resultados, se ofrecen trofeos tales como el colapso de la infraestructura urbana y estragos sociales con soluciones meramente paliativas.

El pasado 10 de agosto el Zócalo de la Ciudad de México registró su nivel más alto de precipitación pluvial desde 1952, 84.5 milímetros, cuando hace 73 años fue de 67. Esta medida milimétrica se interpreta como la cantidad de agua en un metro cuadrado, donde 1 mm equivale a un litro de agua. Lo preocupante de esto es que 50 de los 84.5 milímetros se formaron en apenas 20 minutos, gran desafío para el drenaje de la capital federal.

En temporada de lluvias, existen los precavidos que confían su sequedad al paraguas que llevan consigo al salir de casa, lo cierto es que ya no solo basta cuidarse del agua que cae sobre uno, sino también de la que estará debajo, pues con un sistema de alcantarillado saturado, aquella ingeniosa persona tendría que actualizar sus métodos y salir más bien con una balsa portátil, el último grito de la moda (o de la necesidad), un vehículo que le ahorre la desgracia de quedarse atrapado ya no en el tráfico vehicular, sino en los ríos que se forman en su lugar.

Así como un asesino frecuenta la escena del crimen después de cometerlo, el agua, que tiene memoria, vuelve a los sitios donde alguna vez hizo de las suyas, donde, en el caso de Tenochtitlan, fue bienvenida sin restricción, sin oponérsele y sin alterar drásticamente su cauce. Hoy, planchas de asfalto corren a lo largo de una cuenca que actúa acorde a su naturaleza, estando a más de 2,000 metros de altura sobre el nivel del mar y sin contar con un sistema de captación, tratamiento y aprovechamiento del agua pluvial. Colapso garantizado.

La ciudad misma reclama el manejo que se le ha dado, con profundo mensaje abre socavones en las avenidas más importantes de la capital federal, una opinión urbana por volver a lo que existe debajo de estas kilométricas vías, cuyo mayor enemigo es el agua. El 13 de agosto conductores notaron la presencia de un hoyo sobre la calzada Zaragoza, a la altura de la alcaldía Iztapalapa, hasta ahí todo “normal”, un bache más, solo que este “bache” mide 4 metros de largo, 2.5 de ancho y 4.5 metros de profundidad; la reparación de este socavón obliga a abrir 14 metros lineales de avenida.

De acuerdo con crónicas de aquel entonces, entre el 21 y 22 de septiembre de 1629 llovió durante 40 horas en la capital de la Nueva España, un acontecimiento que condenó a vivir inundados durante los siguientes 5 años, pues el nivel del agua llegó a los 2 metros en algunas zonas de la ciudad.

El problema real no es que llueva ni cuánto lo haga, es más bien que ante las torrenciales lluvias que azotan a las ciudades, éstas no cuentan con la infraestructura ni los sistemas adecuados para la prevención y mitigación de riesgos. Habría que aprovechar los millones de litros de agua que escurren por nuestras calles y darle la vuelta a lo que hoy paraliza el ritmo cotidiano de la ciudad y sus habitantes.

En la época colonial las deposiciones de las personas eran arrojadas a la vía pública por la falta de drenaje con el sucinto mensaje de “¡aguas!”, hoy, aunque con sistema de drenaje, esta advertencia sigue de pie con múltiples escenarios a emplearse; en esta temporada: ¡aguas! con las aguas…

 

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