Cuando hablamos de la arquitectura que se desarrolló en Puebla en el siglo XX surgen diversas obras que abonan a la particular imagen urbana con la que identificamos a nuestra ciudad. El crecimiento poblacional en la segunda mitad de dicho siglo permitió urbanizar hacia parcelas de la entonces periferia; hoy, esa periferia es más bien el centro de la extensa mancha urbana. El desarrollo económico que durante esos años se experimentó provocó la llegada de personas de otros estados y países, por lo que fomentar proyectos que incentivaran la convivencia y la creación de vínculos sociales era fundamental para el arraigo poblacional y la consolidación de una Puebla tal y como hoy la conocemos.
Fernando Rodríguez Concha (Puebla, 1938), diseñador de proyectos como la Central de Autobuses de Puebla (CAPU), Plaza Dorada y Africam Safari, conversa con este medio acerca de la representatividad de una ciudad a partir de su arquitectura, retos y oportunidades en la docencia académica y la práctica arquitectónica en su muy querida Puebla.
Rodríguez Concha se asume orgullosamente poblano, aunque sus raíces familiares provengan de Guanajuato y Coahuila (madre y padre, respectivamente), Puebla es la ciudad donde se formó, el lugar al que le guarda cariño y donde encontró la vocación que marcaría toda su vida: la arquitectura. Esa inclinación nació durante su infancia, cuando sus padres adquirieron el casco deteriorado de una hacienda y comenzaron a restaurarla. Fascinado por el esfuerzo de los albañiles, por el proceso constructivo y por la satisfacción que da ver la obra concluida descubrió que la arquitectura era también una manera de dar forma a la creatividad que lo acompañaba desde niño.
Aunque en algún momento pensó estudiar ingeniería mecánica, atraído por los talleres y las reparaciones de los autobuses de su padre, la arquitectura terminó siendo el camino que le permitió combinar la técnica con la imaginación. Desde entonces ha sido no solo su profesión, sino también una pasión que nunca ha abandonado.
Su historia no se limita al diseño y la obra: muy pronto se vinculó con la docencia, primero dando clases de dibujo a los dieciocho años, después con materias como Geometría Descriptiva y Física, hasta convertirse en un formador de generaciones de arquitectos. A sus casi noventa años continúa en las aulas, convencido de que la enseñanza es un intercambio de saberes constante donde tanto alumnos como profesores aprenden unos de otros. Reconoce que el gran reto de la academia ha sido siempre el mismo: nutrir los intereses de los estudiantes y ayudarlos a descubrir su verdadera pasión, aun cuando los contextos cambien y aparezcan nuevas herramientas, como ocurrió antes con las computadoras y ahora con la inteligencia artificial.
En su ejercicio profesional, una de las experiencias decisivas fue la sociedad con el ingeniero Antonio Quintana, con quien colaboró más de cuarenta años y desarrolló proyectos que aún son referentes en la ciudad. Aquellos tiempos coincidieron con un periodo de crecimiento de Puebla y el despacho supo ganarse la confianza de clientes y concursos. También fue un momento en que su familia tuvo un papel activo en la arquitectura: su hermano Edmundo, también arquitecto, propuso un zoológico para su tesis, cosa que fue de gran utilidad cuando se desarrolló Africam Safari. Para elegir el terreno de ese proyecto, Rodríguez voló en avioneta junto al capitán Carlos Camacho, con quien también compartiría una estrecha amistad y el gusto por la aviación.
De esa etapa provienen también su participación en obras icónicas como la CAPU y Plaza Dorada, donde buscó reflejar la identidad local mediante elementos como las placitas interiores dedicadas a las materialidades, entre ellas la talavera. Sin embargo, observa con cierta preocupación cómo el interés por expresar lo propio en la arquitectura se ha ido desdibujando bajo el peso de modas y tendencias globales. Cree, no obstante, que no se trata de un caso perdido: la clave está en que la academia fomente la conciencia histórica y cultural, y en que arquitectos y estudiantes se atrevan a mirar de nuevo hacia su propio legado. En este empeño lo acompaña su hija Carmen, también arquitecta y docente, con quien comparte la convicción de que la arquitectura debe ejercerse consciente y comprometidamente con la realidad social en la que se dispone.
Rodríguez no ha limitado su quehacer a lo profesional. Ha dedicado parte de su vida a proyectos comunitarios, como la rehabilitación del Barrio de Santiago, y a obras religiosas en las que además ha dejado huella con su pasión por el arte sacro. Para él, el compromiso con la ciudad es inseparable de la ciudadanía misma: “todos tenemos la responsabilidad de mantener en buenas condiciones nuestro sitio común”.
Hoy, con la serenidad que dan los años, asegura sentirse bien de salud y continúa trabajando en esculturas y representaciones artísticas. Su mensaje a los jóvenes arquitectos es claro y contundente: entregarse con pasión a la profesión, sin medias tintas, identificar aquello que realmente los mueve y luchar por alcanzarlo, porque el compromiso más grande que puede tener una persona en la vida es consigo misma.
Con una carrera profesional aún en curso, un quehacer arquitectónico vigente entre la sociedad y un íntimo cariño por Puebla, Rodríguez Concha culmina la charla reiterando el amor a su familia, a sus hijas a quienes considera “una maravilla”, y al oficio que lo ha acompañado gran parte de su vida. “El arqui Fer”, como cariñosamente lo nombran algunos de sus alumnos, amigos y colegas, nos despide en las puertas de su casa flanqueado por Ainhoa, mascota a la que una de sus nietas prefiere presentar como “Canelita” a una amiga que ostenta el mismo nombre.
IG: jp.arquitextos
Correo: jp.arquitextos@hotmail.com























