Los años pasan y la tragedia sigue recordándose. En punto del medio día, una alarma sísmica revive aquella vez cuando la sorpresa ocurrió realmente, cuando no quedó como mero simulacro. Víctimas fatales, construcciones derrumbadas y una herida colectiva refrescan aquel escenario de hace 40 años, seguido del de hace apenas 8.
El 19 de septiembre de 1985 sucedió lo que hasta la fecha se recuerda entre pesar y temor, un terremoto de magnitud 8,1 en la escala de Richter sacudió desde las costas del pacífico ciudades de Jalisco y Guerrero, desarrollando mayor devastación en la capital federal, donde la muerte dio más rápido con los atrapados entre los escombros que en lo que lo hicieron los rescatistas y voluntarios. Cada que estalla la apabullante alarma que emite el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX) muchos recuerdan aquel día; la devastación como realidad comunitaria.
Llega septiembre y empieza a tenerse presente el día 19, existen quienes organizan planes en caso de alguna eventualidad y otros más completamente escépticos con el tema; la naturaleza se ha encargado de recordarnos que ese día puede no solo suscitarse un simulacro. El 19 de septiembre de 2017, hace 8 años, el movimiento de las placas tectónicas surgió con magnitud de 7,1, para nuestra “buena suerte”, edificios de la ciudad recibieron mejor parados este suceso, la exigente actualización de la normativa de construcción había rendido frutos, o por lo menos, eso parecía.
Los tentáculos de la corrupción se han infiltrado incluso dentro de las cuestiones más delicadas y determinantes de nuestra ciudad, en el caso de la reglamentación de construcción ha representado la vida de miles de personas. Supervisión de obra a medias o “firmones” irresponsablemente concedidos por parte de los DRO´s (Directores Responsables de obra) vuelven de las edificaciones uno de los mejores aliados a la hora de alimentar la tragedia; lo que debería de proteger y resguardar ahora colapsa y aplasta. La seguridad que deben transmitir las edificaciones pierde peso cuando de dinero se trata, pues como algunos profesan, todo tiene un precio, y en el mundo de la construcción, aparentemente, la vida humana no es la excepción.
Tras ser notificados que una escuela en la alcaldía Tlalpan había colapsado aquella fecha de hace 8 años, padres arribaron al Colegio Rébsamen, al llegar la escena no pudo haber sido peor: 26 fallecidos, 19 de ellos estudiantes. Este edificio se construyó en 1983, es decir, sobrevivió al primer terremoto que ha acompañado a la trágica fecha, sin embargo, en 2009 se le añadieron 225 toneladas por una ampliación en la que no se reforzó su estructura; padres de las víctimas aseguran que algunos de los artífices se encuentran tras las rejas y otros más prófugos de la justicia, altos mandos favorecidos por la impunidad.
Poco después de las siete de la tarde del 19 de septiembre pasado, sensores de SASMEX detectaron movimiento en las costas del pacífico, sin embargo, la energía que contenía dicho sismo no fue preocupante como para emitir las alarmas en distintos puntos urbanos. Ahora bien, poco se habla de que igualmente un 19 de septiembre otro desastre natural tomó lugar en nuestro país; hace 70 años, en 1955, la llegada de 3 ciclones hizo de Tampico la Venecia tamaulipeca, cobrando la vida de 12,000 personas.
Caiga cuando caiga, nuestras ciudades y nosotros como ciudadanos debemos estar lo mejor preparados posibles ante la llegada de este inesperado fenómeno, así como asegurar que la labor de funcionarios y constructores se ejerza con la responsabilidad que amerita, pues por escatimar en gastos y llevarse “un extra” puede facilitarse la devastación de una catástrofe natural, dejando una marca que no cicatriza, tal y como las heridas de septiembre.
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