Hay de lluvias a lluvias, inofensivas y necesarias o torrenciales y devastadoras. Las que recientemente sucedieron en cinco estados de nuestro país no solo recuerdan nuestra fragilidad ante los fenómenos naturales, sino que también señalan cómo deben prevenirse y atenderse las desgracias que de estos puedan resultar.

Posibles videntes o atentos a reportes meteorológicos, vecinos de distintas localidades veían con preocupación la lluvia que azotaba su ciudad, intuían que algo grave pasaría. Corrieron la voz, por las calles se gritaban las advertencias, puntos seguros y pasos a seguir, hubo quienes hicieron caso omiso a las recomendaciones y, también, quienes atendieron el popular dicho “más vale decir aquí corrió que aquí quedó”. Quienes ven en lo alto de algún muro de su casa el nivel que alcanzó el agua dicen que la alerta llegó demasiado tarde, que los avisos y las acciones para recibir este fenómeno no se ejecutaron oportunamente.

Municipios como Poza Rica, Huauchinango y Álamo Temapache son de los más afectados por la tormenta, donde diversos ríos, como el Cazones, se desbordaron en parte por la ausencia de un muro de contención previsto desde años atrás. Decenas de fallecidos, otras más de desaparecidos y unas 100,000 viviendas afectadas es el resultado de esta tragedia que paraliza toda cotidianidad y exige una relación más clara entre la ciudad y sus cambios, los gobernantes y sus previsiones y la ciudadanía con sus acciones. Diversos pueblos y comunidades se encuentran hoy completamente incomunicados y sepultados en lodo y escombro, la ayuda del gobierno parece no ser suficiente en sitios como Tzicatlán, donde los pobladores no se quedaron de brazos cruzados y tendieron un puente con troncos y cuerdas en el sitio donde el río arrasó uno de concreto y acero.

Pero en otras comunidades pareciera que el apoyo a los damnificados llega más rápido desde esfuerzos de colectivos civiles que desde organismos del gobierno, donde además el orden local prohíbe la entrada o recepción de cualquier tipo de ayuda. Haciendo uso quizás de la frase que invoca al mismísimo Chapulín Colorado, “y ahora quién podrá salvarnos”, pobladores de Tianguistengo, Hidalgo, marcaron en lo alto de una loma una letra “H”, invocando más bien a un helicóptero financiado por migrantes mexicanos en Estados Unidos, en el cual, tras 19 horas de vuelo, trasladaron a unas 250 personas a comunidades menos afectadas y con disponibilidad de albergues; se calcula que el costo del servicio aéreo asciende los 700,000 pesos, lo que contrasta, a propósito de las recientes notas periodísticas, con el uso y justificación que le dan algunos de nuestros funcionarios públicos a este tipo de aeronaves.

Ver para creer. Muchos servidores de la nación hacen acto de presencia en sitios donde todo parece destruido y desprovisto de las condiciones básicas, hay a quienes se les chulea su “heroico acto” de caminar entre el lodo y la desgracia y otros más a quienes les lanzan reclamos y mentadas hasta para llevar.

Lo cierto es que la tormenta se llevó todo lo que encontró, destruyéndolo por completo o, en algunas ocasiones, moviéndolo de su lugar original. Al norte del estado de Veracruz, en Tuxpan, el restaurante “El Atracadero” encontró su nuevo atracadero a unos 500 kilómetros hacia el sur, parte del establecimiento se desprendió del malecón de su ciudad original y, tras ocho días de naufragar por el Golfo de México, encalló frente a las costas de la ciudad de Coatzacoalcos, a unos cuantos kilómetros de los límites con Tabasco.

Así como el huracán Otis que devastó la ciudad de Acapulco hace un par de años, quienes vivieron para contarlo dicen que el impacto de la tormenta pudo haber sido menor de haberse preparado y avisado con anticipación. La historia se repite, la negligencia de las autoridades no fue la gota que derramó el vaso, sino la gota que desbordó el río.

 

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