Por fuera parecen una quesadilla más. Pero basta verlas extenderse sobre el comal para entender por qué las llaman “machetes”. Con 50 centímetros de largo, estas crujientes y doradas piezas de masa rellena se han convertido en uno de los antojitos más emblemáticos del oriente de la ciudad.
En el corazón del mercado, el aroma a maíz recién cocido y queso fundido guía a los comensales hasta el puesto donde cada machete se prepara al momento.
Por 90 pesos, los clientes pueden elegir entre flor de calabaza, chicharrón, champiñones con quesillo, longaniza, bistec, tinga o el inconfundible huitlacoche.
La masa se aplana con destreza, el relleno se distribuye generosamente y el comal hace su magia hasta lograr ese dorado perfecto que cruje al primer corte.
Detrás del comal está Araceli Valdez, heredera de un oficio que ya suma tres generaciones. Su madre le enseñó el secreto de la preparación; ella, a su vez, compartió el conocimiento con sus hijas.
Hoy, incluso sus nietas —aunque cursan sus propias carreras profesionales— mantienen vivo el interés por aprender la tradición familiar. Aquí no solo se cocina comida: se cocina historia.
Los machetes no solo destacan por su impresionante tamaño, sino por el sabor casero que los acompaña y la herencia que representan. En cada bocado hay maíz, queso… y una tradición que se niega a desaparecer.




























