Escrito por: José Dionicio Vázquez Vázquez
En el origen todos proveníamos de África. Los africanos fueron impelidos a migrar por la naturaleza y ahora, por necesidades generadas desde un sistema socioeconómico desigual. En el origen, los centroamericanos tenían su arraigo en su suelo y ahora se les fuerza a migrar por un sistema desigual, productor de violencia y dolor en todas sus formas, que provoca la migración. Aclaro: puede existir violencia sin migración, pero no migración sin violencia.
De forma general, si se atiende a los orígenes de la violencia y la migración, se puede coincidir en que ambos hechos sociales se producen y reproducen desde cualquier dimensión espacial, temporal e institución social, que impliquen o no su forzamiento, donde incluso uno puede provocar al otro y viceversa.
Desde sus efectos, la migración y la violencia tienen en común el generar cambios sociales: la violencia moviliza socialmente (desplazamientos y cambios de actitud); la migración desplaza personas (cambios de residencia). Físicamente, también comparten el dolor corporal, el sufrimiento como fruto de eventos forzados: dramas, daños, vejaciones, secuelas socioeconómicas, emocionales o muerte, que surgen en sus procesos iniciales. Si quisiéramos sintetizar tales experiencias en una misma idea, notaríamos que los dos hechos sociales se localizan y comparten una misma experiencia en un espacio fronterizo, como lo es el drama del dolor de la caravana de migrantes centroamericanos.
Para los fanáticos de los números, aquí van algunos datos: los centroamericanos devueltos por México suman al 2016 más de 100 mil personas, casi 50% originarios de Guatemala, un 40% de Honduras y el resto de El Salvador, según cifras de la EMIF SUR en su reporte trimestral del 2017. Entre enero y abril de 2017, repatrió a 24 mil 567 personas. De estas, 3 mil 469 eran niños migrantes que devolvieron a sus países, en su mayoría centroamericanos.
Según savethechildren.org (2018): “La pobreza, los conflictos y la discriminación ponen a más de 1200 millones de niños y niñas —más de la mitad de la población infantil en todo el mundo— en peligro de interrumpir el disfrute de su niñez. Un gran número de estos niños y niñas en peligro viven en países donde coexisten dos o tres de estas graves amenazas. De hecho, hay 153 millones de niños y niñas que se encuentran en peligro extremo de no poder disfrutar de su niñez porque viven en países caracterizados por las tres amenazas”. Si a estas amenazas le agregamos el de la migración en tránsito, irregular, indocumentada, circular o como se le guste denominar; los niños son los más vulnerables.
En el caso del albergue “La Sagrada Familia” de Apizaco, Tlaxcala, el número de migrantes no ha cesado desde el año 2010, pues atendieron a casi 16 mil migrantes provenientes de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y México, entre el 2010 y 2012 (Amador, 2013). La atención de alimentación, ropa, aseo y comida es permanente. De ese total, poco más de 500 eran niños.
Ahora, con la caravana que ha salido de esos países y en su tránsito por México, se cuentan al menos aproximadamente 7 mil personas, excluyendo a los que han solicitado asilo. Se han sumado a la caravana organizaciones de dichos países que buscan a sus familiares desaparecidos. A consecuencia de este hecho social, han salido a la luz sesudas y demenciales notas que dan cuenta de lo que debieran hacer el actual y el próximo presidente de México. Lo mismo se habla si detrás del movimiento está el inefable Trump, encubriendo intereses electorales, que él mismo diciendo que hay árabes infiltrados en la caravana, o que hay líderes comprados, fabricados, etcétera.
Los actores que siempre han vigilado a los migrantes centroamericanos y se han ensañado con ellos, se descubren a sí mismos hoy como apoyo humanitario; y aparecen fotos de policías y militares escoltando a la caravana y personal de algunas instituciones atendiendo cuestiones de insolación o de salud. No es casual que los migrantes que han irrumpido en escena desconfíen de los automáticamente recién convertidos, en sus protectores, antaño sus victimarios, que hoy les piden o exigen se regularicen para poder circular sobre el país.
¿Por qué ahora intentan protegerlos y darles consejos? ¿por qué no hicieron los trámites las instituciones encargadas para ello desde siempre? ¿por qué precisamente ahora?
De forma paralela ―parafraseando a Serna al referirse a la “navegación” en las redes, como los mayores lugares donde excretan los internautas―, la gente se ha volcado, ignorancia en mano, también a escupir su racismo aparentemente soterrado en contra de los centroamericanos, y olvidan que cuando menos, alguno de sus familiares ha migrado a los Estados Unidos y ha llorado su partida, documentándose académicamente sus testimonios desgarradores de las travesías y, ahora, de sus retornos.
Quiero especular que en Tlaxcala se descartan ese tipo actitudes racistas o discriminatorias, con base en información allegada hace algunos años, fruto de investigación cualitativa en algunas localidades de Tlaxcala, realizada por un servidor.
La investigación nos acercó tanto a las penurias que padecen los centroamericanos, como a la percepción que tiene la población sobre los migrantes centroamericanos que seguirán pasando y pisando suelo tlaxcalteca. Los hallazgos fueron los siguientes: Los migrantes han padecido robos y extorsiones, hambre, sed y también caídas del tren a su paso por Tabasco y Veracruz.
Los han explotado sexualmente; algunos fueron violados y obligados a “trabajar” para el crimen organizado, y por ello pedían la intervención de las instituciones que defienden los derechos humanos, que sienten que no los han apoyado. Los han golpeado militares y policías, sin hacerles caso en sus denuncias los ministerios públicos y las autoridades locales por donde han pasado.
Por su parte, los habitantes de Tlaxcala opinaron que deben respetarse los derechos humanos de los migrantes, y que no les genera miedo o inseguridad su presencia. Los tlaxcaltecas les han apoyado con dinero, comida, ropa y algunos opinaron estar dispuestos a apoyarles en su proceso de regularización.
Los migrantes deben transitar del dolor hacia la esperanza, y con apoyo de las personas con alta sensibilidad social, se hará menos escabroso su camino de permanentes asechanzas.






