¿Recuerdas cuando aparecieron en escena los primeros cubrebocas caseros?, ¿cuándo había supuestos tratamientos promisorios para este mal?, ¿o cuando limpiabas cada producto que comprabas en el supermercado?; más de un año ha pasado del comienzo de esta terrible pandemia, periodo en el cual el conocimiento se ha desarrollado rápidamente, y algunas de las recomendaciones que eran útiles hace doce meses, pueden dejar de hacer sentido hoy o inclusive mañana.
Al menos así lo demuestra en una interesante cápsula para BBC Brasil, el periodista Andre Biernath, quien habla acerca de las 9 cosas que la ciencia aprendió acerca del covid-19 a lo largo de este año, de las cuales, me pareció que sería interesante retomar algunas.
Cubrebocas
Durante buena parte del primer semestre del 2020, instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS), afirmaban que los cubrebocas solo deberían ser utilizados por el personal del sector salud, así como individuos bajo sospecha o diagnosticados como portadores de covid-19, recomendación que encontraba su fundamento en dos argumentos principales: en primer lugar, existía temor de que el cubrebocas incomodaría el rostro, generando que las personas se llevasen las manos a los ojos, nariz o boca, aumentando el riesgo de infección, pues los dedos podrían estar contaminados con el comúnmente denominado “coronavirus”; en segundo lugar, se pesaba que la búsqueda desesperada de cubrebocas generaría un desabasto, afectando a quienes más necesitaban de estos insumos médicos, como lo eran los profesionales de salud.
Si bien es cierto, el segundo punto aconteció en varios países, la realidad es que el primer punto no tenía mucho sentido, pues en aquella época no existía un estudio que comprobara que las personas llevan con mayor frecuencia sus manos al rostro cuando usan el cubrebocas.
Sin embargo, el escenario señalado con anterioridad, cambió rápidamente a partir de mayo y junio del 2020, cuando los cubrebocas fueron recomendados para toda la población, generándose inclusive, un llamado a utilizar materiales de mejor calidad, pues en primer momento, se recomendó realizar máscaras caseras, con hasta tres capas de tejido, pero con el pasar de los meses, los modelos considerados como profesionales ganaron espacio y se volvieron más populares, situación que está relacionada con la evolución del conocimiento de las formas de diseminación del covid-19.
En el comienzo, los científicos pensaban que este virus pasaba de una persona a otra a través de las denominadas “gotículas de saliva” que salen de la boca cuando hablamos, tosemos o estornudamos; las cuales, al tener un gran tamaño, son pesadas y pronto caen al suelo producto de la fuerza de gravedad. Siguiendo esa lógica, todo mundo pensaba que el contagio dependía de la proximidad.
Pero con el paso del tiempo, los científicos observaron que el covid-19 tiene una segunda forma de transmisión, a través de los aerosoles, mismos que también son partículas de saliva, pero de tamaño muy reducido. Como dichos aerosoles son menos pesados, se quedan en el ambiente durante más tiempo, en una dinámica parecida a la del humo del cigarro, generando que una persona pudiera aspirar ese material, llevando el covid-19 para dentro del propio sistema respiratorio, si es que el sujeto en cuestión careciera de una protección adecuada que consiguiera filtrar dichos aerosoles minúsculos. Es de esta forma que surgió la necesidad de utilizar modelos profesionales de cubrebocas como el PFF2, el cual tiene la capacidad de bloquear y filtar los aerosoles cargados del virus.
Desinfección de superficies y ambientes
Ahora bien, si los cubrebocas ganaron espacio, quien perdió relevancia fue la desinfección de superficies y ambientes. Sin duda alguna, esta fue la obsesión de la pandemia (algunos la seguimos llevando a cabo), situación que se relacionaba con la idea antes explicada de las gotículas mayores, las cuales podían depositarse en la superficie de los objetos; sin embargo, este argumento perdió mucha fuerza conforme se comprendió la relevancia de los aerosoles en la transmisión del coronavirus.
Sin embargo, es importante señalar que al día de hoy, diversas instituciones nacionales e internacionales, consideran el contacto con objetos contaminados como una posible fuente de infección, pero admiten que la probabilidad de que eso acontezca es mínima. Ahora bien, debe quedar claro que la higiene de manos y el ambiente es bienvenida, pues inclusive, puede prevenir otra serie de padecimientos.
La importancia de la circulación del aire
Si los aerosoles con covid-19 pueden quedar en el aire, la mejor estrategia para combatirlos es justamente mantener el ambiente ventilado, es por esta razón que los especialistas pasaron a señalar que los eventos al aire libre son más seguros, y que es esencial mantener ventanas abiertas, teniendo cuidado también con el aire acondicionado, así como los sistemas de circulación de aire de los locales cerrados.
La explicación de lo anterior es muy simple; si el local se encuentra bien ventilado o cuenta con un sistema eficiente de intercambio de aire, los aerosoles infectados terminan siendo diluidos o desechados antes de ser inhalados por otras personas.
Medición de la temperatura
El cuarto descubrimiento, fue en torno a una práctica que acontece incluso en muchos lugares de México, aunque no sirva para prácticamente nada: hablamos de la costumbre de medir la temperatura en la entrada de establecimientos comerciales, situación que es peor de lo que parece, pues en muchos de los casos, es realizada en la muñeca y no en la cabeza, como es indicado, situación que fue propiciada por noticias falsas, mismas que señalaban que dichos aparatos podían afectar nuestro cerebro.
Al efecto, el periodista brasileño señala que son tres los motivos principales que tornaron dicha práctica innecesaria con el pasar de los meses. En primer lugar, la infección por coronavirus tarda algunos días en generar síntomas como la fiebre, generando que en ese mismo tiempo, la persona afectada pueda transmitir el virus para contactos próximos. Por otro lado, ya se ha admitido desde hace meses, que existen otros síntomas posibles de la enfermedad, como diarrea, conjuntivitis, pérdida del olfato y el gusto. Finalmente, existe un número significativo de personas con covid-19 que no presentan síntoma alguno, pudiendo de igual manera transmitir el virus. A partir de dichas observaciones, el uso de termómetros se volvió en innecesario, e inclusive, peligroso, pues es factible que genere una falsa sensación de seguridad, en la que los individuos con temperatura normal piensan que están fuera de peligro.
Las pruebas
Finalmente, otro aprendizaje importante se relaciona con los exámenes de diagnóstico de la enfermedad. En el comienzo, algunos pensaban que sería necesario estudiar a todo un país o región, para encontrar los casos iniciales de covid-19. Sin embargo, con el pasar del tiempo ciencia se percató de que esa estrategia presentaría un gasto enorme de recursos, generando resultados cuestionables. A partir de ese momento, los programas de examinación y rastreo de contactos entraron en escena, principalmente en los países que hasta ahora han presentado buenos resultados en la gestión de la pandemia, como lo es el caso de Nueva Zelanda, en donde la idea en todo momento fue realizar exámenes de manera optimizada: si un individuo daba positivo a la enfermedad, el próximo paso era examinar a las personas con las que tuvo contacto días antes, generando que fuera más sencillo encontrar diagnósticos positivos sin necesidad de envolver a millones y millones de personas, con la finalidad de aislar a los individuos infectados, cortando así las cadenas de transmisión.
Twitter: @JUANFERESPINO






