Desde muy temprana edad, el artista visual Héctor Valencia encontró en el dibujo no solo una forma de expresión, sino un refugio. “A los cinco años me di cuenta de que me sentía muy cómodo dibujando con crayones”, recuerda. Esa afinidad lo acompañó a lo largo de su formación académica, donde las libretas se convirtieron en un espacio constante de exploración creativa, mientras el arte conceptual comenzaba a perfilar su camino.

Con el paso del tiempo, Valencia buscó opciones que le permitieran desarrollarse profesionalmente en este ámbito, encontrando en la licenciatura en Artes Visuales el espacio ideal. Durante sus primeros años, su interés se inclinaba hacia el cómic y las composiciones de corte surrealista, influenciado por autores como Frank Frazetta. Sin embargo, su obra evolucionó de manera orgánica: del dibujo transitó a la gráfica, y posteriormente a la pintura.

Fue en ese proceso donde surgió una inquietud que marcaría un giro en su trayectoria: la necesidad de llevar el arte más allá de los espacios tradicionales. “Yo quería incidir más en el espacio público o la posibilidad de democratizar la expresión artística en las calles… ahí es donde veo el mural como una forma de conectar más con la gente”, explica. Así, Valencia dejó el caballete y la galería para intervenir muros, integrando en su obra temas como el cuidado del medio ambiente y la riqueza cultural.

Curiosamente, su acercamiento al muralismo no ocurrió dentro de las aulas. Fue a través de la práctica y la colaboración que comenzó a formarse en este ámbito. Un amigo, conocido como Casek, lo invitó a participar en proyectos urbanos, donde aprendió técnicas como el uso de aerosoles y la adaptación a distintas superficies. “Fue prueba y error”, señala, destacando el valor del aprendizaje fuera de lo académico.

Uno de sus primeros retos significativos ocurrió en 2019, cuando gestionó un proyecto sobre la contaminación del río Atoyac en la comunidad de Villa Alta, enfrentando diversas dificultades propias del trabajo en espacio público. No obstante, también ha vivido experiencias profundamente significativas, como el mural realizado en el jardín de niños Makuil-Xóchitl, en Guadalupe Tlachco. En este espacio, Valencia logró conectar con la identidad de la comunidad, incorporando elementos de su vestimenta, flora, fauna y símbolos culturales que reflejan el arraigo por sus raíces y lengua.

Su obra ha trascendido fronteras. En 2023 participó en el proyecto “Tarracon iberum opus”, realizado en colaboración con el artista Darío Cobacho. Esta pieza, desarrollada en España, le permitió reflexionar sobre los procesos históricos de conquista y memoria. “Como mexicano, haber tenido la posibilidad de aprender sobre la historia fundacional de España me permitió reflexionar el estigma de la conquista… sin intención de perdonar los sucesos brutales, entendiendo que la historia humana ha estado marcada por estos procesos”, comparte. La obra busca revitalizar la memoria de los pueblos iberos, frecuentemente olvidados en la narrativa histórica.

Otro proyecto relevante fue “Raza Cósmica”, realizado en la galería Monumental Callao, en Perú. Inspirado en el pensamiento de José Vasconcelos, el mural propone una visión de mestizaje como fuerza creadora. En él, Valencia fusiona símbolos como el águila real mexicana y el cóndor andino, acompañados de figuras femeninas que representan la unión entre culturas.

Más allá de la estética, el artista tiene claro el propósito de su trabajo: acercar el arte a quienes no siempre tienen acceso a él. “Lo que busco con mi trabajo, más allá de embellecer los espacios, es hacer que la gente que no tiene posibilidad o tiempo de ir a una exposición o una galería, pueda encontrarse con mi trabajo… que se lleve no solo una impresión por las formas y colores, sino también un mensaje”, afirma.

Finalmente, Héctor Valencia subraya la importancia de abrir camino para nuevas generaciones. Desde su experiencia, insiste en que es posible construir una vida en torno al arte, enviando un mensaje directo a jóvenes interesados en las artes visuales: sí se puede vivir de ello, con disciplina, constancia y convicción.

Así, su trayectoria no solo da cuenta de una evolución artística, sino de un compromiso con el entorno, la memoria y la comunidad, donde cada muro intervenido se convierte en una oportunidad de diálogo colectivo.

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